El capitalismo financiero anglosajón

Debe quedar claro que el gran culpable de la crisis económica mundial que hemos vivido y seguiremos viviendo es el mundo financiero americano seguido de cerca por el británico. Son ellos (la City y Wall Street) los que manipularon, distorsionaron y abusaron de un sistema que había sido especialmente eficaz durante los últimos quince años. Sus instituciones bancarias y financieras y también sus organismos y agencias de regulación supervisión, calificación y auditoría se olvidaron irresponsablemente de las reglas y principios más básicos de su función en la sociedad. Permitieron, por acción y omisión, una monumental borrachera económica en la que la razonabilidad y los sentimientos morales se anegaron.

¿Cómo controlar los procesos de crecimiento económico para que no degeneren en burbujas incontrolables alimentadas siempre por la codicia y la corrupción? Esa es la pregunta básica que debemos hacernos en estos momentos y debe ser difícil responderla porque en la historia de la humanidad todos los procesos de crecimiento han concluido de una forma similar. La teoría de la inevitabilidad de los ciclos (que tiene su origen en la referencia bíblica a la época de vacas gordas y vacas flacas) parece inexorable pero a la vista de los enormes riegos asumidos resulta obligado una revisión profunda de la misma. Habrá que convertir la pregunta antes formulada en la asignatura pendiente más decisiva.Hemos estado, y podemos volver a estar, al borde de una catástrofe dramática a escala global.
Sorprende por todo ello la escasa reacción del sistema americano ante una crisis que ha generado un gravísimo daño social en términos de paro y pobreza. Nadie, absolutamente nadie, parece sentirse concernido y aún menos culpable. Todo parece haber quedado resuelto e incluso purificado con el encarcelamiento del Sr. Madof y el despido con compensaciones económicas abrumadoras de algunos pocos ejecutivos financieros que en su mayoría habían sido responsables directos de la quiebra de sus organizaciones. La desaparición de Lehman Brothers, que no era ciertamente la única institución culpable, no fue, en sentido estricto, un ejercicio de depuración de responsabilidades ni de ejemplificación de malas conductas. Fue algo similar a lo que sucedió con la arbitraria liquidación de Arthur Andersen por el tema Enron. Les «tocó la china», como pudo tocarles a otros.

Esa falta de reacción y de asunción de culpas, sigue pesando negativamente en el proceso de normalización del mundo financiero americano en el que, como era inevitable, se han abierto debates muy complejos y delicados que, por la cuenta que nos tiene, deberemos seguir desde Europa con toda atención y con el mayor cuidado. América manda mucho en todos los sentidos pero lo hace muy especialmente en el ámbito financiero que es donde se juegan las batallas decisivas por el poder global auténtico. La protección de la posición y la influencia del dólar es, por ello, uno de los temas básicos de la seguridad nacional en los EE.UU. y los mercados financieros se han convertido, en consecuencia, en instrumentos a vigilar con especial sensibilidad. En estos momentos el gobierno americano sigue ocupando la mayoría del sector financiero en un país, que ha visto debilitarse, hasta límites cercanos a su desaparición, a una banca de inversión antes poderosísima que miraba con superioridad a una banca comercial que, a su vez, está necesitada de una modernización profunda. Las cosas no pueden continuar así y no lo van a hacer. El proceso de una reforma ya está en marcha y en los próximos meses conoceremos la propuesta que se va a formular en el Senado americano por el Comité de Banca que preside el senador Chris Dodd, un buen amigo de España.
Los temas en consideración pueden resumirse telegráficamente así:

– Aunque existe una propuesta bien articulada para crear un nuevo organismo que absorbería una gran parte de los poderes de la Reserva Federal, lo más probable es que se mantenga el sistema actual reforzando la capacidad de acción y sobre todo la independencia de esta institución y, así mismo, la de su presidente Ben Bernanke que ha sido renovado en su cargo y a quien se considera como la persona que evitó la catástrofe mundial. Es posible, sin embargo, que el Congreso se reserve poderes de supervisión.
– Las normas contables tendrán que tener como objetivo la reducción de unas ocultaciones injustificables. No se aceptará, en concreto, la exclusión de la contabilidad de operaciones de alto riesgo ni otras ingenierías ni manipulaciones ni ocultaciones contables malsanas que desde hace tiempo se generan con demasiada facilidad en el mundo anglosajón, antes y después del caso Enron. España sería aquí un buen ejemplo a seguir.
– Las compensaciones económicas tendrán que ir recuperando niveles razonables. Bernanke ha dicho en este sentido que los banqueros deberían contenerse al decidir «lo que se pagan a ellos mismos teniendo en cuenta lo que el gobierno y los contribuyentes tuvimos que hacer para proteger el sistema». La clave estará en relacionarlos con una productividad real y consistente, es decir, a largo plazo y, también, en evitar otras dinámicas perversas, en especial los bonos trimestrales, que han favorecido hasta ahora un crecimiento geométrico imparable. No está descartada, desde luego, la posibilidad de establecer impuestos especiales. Son estos temas en dónde el mundo financiero americano y aún más el británico mantienen diferencias profundas con los gobiernos respectivos y es un área en la que veremos intentos de excesos regulatorios y cambios de política frecuentes.
– Se volverá a cuestionar la conveniencia de separar la banca comercial y la inversión y se establecerán exigencias de capital y controles especiales que aseguren la sostenibilidad del sistema a escala global. Como ha dicho también Bernanke, el «too big to fail» (demasiado grandes para caer), es el gran problema que afronta esta nación.
– El Gobierno americano ha impulsado desde el G-20 la necesidad de hacer más transparentes los paraísos fiscales y monetarios y ha llegado a acuerdos en este sentido con el gobierno suizo y su banca. La banca americana y la inglesa tendrán que colaborar a fondo en este tema y se establecerán límites y responsabilidades concretas.
Pero la clave no está sólo en los temas anteriores. Lo decisivo va a ser que un sector básico de la economía americana (que ha evitado su colapso absoluto gracias a una aportación pública de 141 mil millones de dólares, ya devuelta en gran parte) recupere algo tan simple y tan difícil como la credibilidad y ese objetivo va a requerir un profundo rearme ético porque algunos de los comportamientos y actitudes básicas que originaron la crisis aún perviven en cuanto a grado de codicia y de irresponsabilidad social. La especulación forma parte sin duda del mundo financiero pero el afán especulativo no puede ser el único valor ni el único motor del sistema.

Una última reflexión: las nuevas reglas de juego, nos guste o no, serán establecidas por los responsables de la crisis. Son los que tienen fuerza política para ello, los que dominan los mercados financieros claves y los que controlan los medios de comunicación decisivos. Europa continental, Japón y China tendrán que utilizar toda su capacidad de influencia para lograr que lo hagan con grandeza de miras y con sentido global auténtico. Esa es la única forma inteligente que tiene el mundo anglosajón para asumir su responsabilidad.

Antonio Garrigues Walker, jurista.