El capítulo final de Putin

El nuevo mandato presidencial de Vladimir Putin acaba de empezar; sin embargo, cada vez se vislumbra con mayor claridad que probablemente este sea el principio del fin. Ya que las cosas nunca salen bien para las autoridades cuando la población de Rusia se vierte a las calles en masa, de la manera en la que actualmente lo hace.

El año 1917 el emperador ruso Nicolás II tuvo que abdicar debido a protestas callejeras masivas, abdicación que a su vez allanó el camino para la Revolución Bolchevique. En el año 1991, la Unión Soviética, que en aquel entonces aparentaba ser una unidad monolítica irrompible, colapsó en apenas unos pocos meses. Cientos de miles de personas salieron a las calles para hacer frente al golpe de estado de línea dura en contra de la Perestroika de Mikhail Gorbachev.

Ahora le toca el turno a Putin. Moscú muestra ante el mundo el movimiento “Ocupar Abai”, mismo que se inspiró en el movimiento “Ocupar Wall Street” de los Estados Unidos (este movimiento se sitúa en un bulevar cercano a una estatua del poeta kazajo Abai Kunanbaev, cuyo trabajo ha pasado, en tan sólo un mes, de la oscuridad regional en la cual se encontraba a ser uno de los más descargados en Internet en Rusia). Otras ciudades también son testigos de protestas, todas ellas hacen eco del mismo clamor: Putin debe dejar el poder.

Los rusos son famosos por su paciencia y por su lentitud para sublevarse. Y, ¿quién podría echarles la culpa? Si las protestas han resultado ser negativas para los gobiernos rusos a través de los siglos, han terminado siendo aún más desastrosas para quienes las realizan. En el año 1917, la liberación de la monarquía absolutista marcó el inicio de una forma aún más despótica de absolutismo. Después del año 1991, la privatización no regulada de Boris Yeltsin causó penurias a millones de habitantes, y virtualmente encumbró a la oligarquía corrupta en el poder.

Pero, a pesar de estar bien conscientes de su historia, una vez que los rusos se van en contra de la persona que está en la cima, no se detienen hasta que logran echarla. La historia desmiente el mito relacionado a Putin, que pregona que la mayoría del país lo apoya porque ellos desean “estabilidad”, y que las protestas, encabezadas por “títeres del occidente”, están a punto de ser aplacadas.

La población que protesta no se va a sosegar. Y no se asustará frente al nombramiento de Igor Kholmanskikh – un capataz de una fábrica de tanques quien se ofreció a venir a Moscú a defender al régimen de Putin junto con un fornido grupo de sus secuaces, trabajadores de la línea de montaje – como persona encargada de gobernar la vasta región de los Urales. En la actualidad el poder suave tiene las de ganar, y los tanques no pueden acallar al Internet.

Al designar a su nuevo gabinete (actividad que Putin consideró ser de tan importante que por esta razón, no pudo asistir a la cumbre G-8), los orígenes soviéticos de Putin no podrían hacerse más evidentes. Leónidas Brezhnev solía hacer que sus ministros de cultura y de agricultura intercambien puestos, como si por estar ambos puestos unidos por la palabra “cultura” perteneciesen al mismísimo ámbito de especialización. El nuevo gabinete de Putin se reorganiza de manera similar, intercambiándose puestos entre personas incompetentes y no calificadas.

Esto echa por tierra otro mito: que Putin, ahora de vuelta en su cargo, abandonará su vulgar retórica antioccidental y se convertirá en un reformador, entendiendo que solamente una Rusia democrática puede mantener su soberanía e integridad territorial. Y la razón por la que Putin no va a aceptar la reforma es que no la puede aceptar, debido a que, una vez más, se probó como cierta una vieja y desgastada verdad: el poder absoluto corrompe absolutamente. Después de más de una década en el poder, los líderes rusos ya no tienen la capacidad de aspirar a alcanzar mejores políticas. Sus intereses personales, y sus riquezas, dependen demasiado del mantenimiento del status quo.

Por supuesto que Rusia anteriormente vivió este mismo patrón de actuación. Nunca me olvidaré de lo que mi bisabuela Nina decía acerca de la naturaleza corruptora del poder en nuestra propia familia. “Lamentablemente, el Jrushchov del año 1962 no fue el Jrushchov del año 1956”. Mi bisabuelo denunció el culto a la personalidad de Stalin, mas sin embargo posteriormente él también fue idolatrado – por ejemplo, en el grandioso documental Our Nikita Sergeevich (1961) – por su “súper visión” sobre cómo disminuir el imperialismo y “alcanzar los avances del Occidente”.

El auto-elogio de Jrushchov contradice categóricamente a su anterior campaña de “des-Stalinización”, cuyo punto álgido señalaba que Stalin traicionó al comunismo, al hacer todo lo posible por parecerse a la realeza del pasado. Todo lo dicho oficialmente acerca de él era superior y superlativo: “el mejor amigo de los deportistas soviéticos”, “el padre de todos los hijos en la tierra”, etcétera. Ese es el lenguaje ampuloso de la monarquía absolutista.

Más tarde, Yeltsin, al asumir el cargo de líder de Rusia en el año 1990, repudió todos los privilegios de la Nomenklatura (clase privilegiada) como su primera acción en el cargo. En su libro A Confession (Una confesión), escribió: “Mientras [los rusos] sean tan pobres y sombríos, no puedo comer esturión y caviar, no puedo participar en carreras de automóviles, haciendo caso omiso a los semáforos, no puedo tomar súper pastillas importadas, a sabiendas de que un vecino no tiene aspirinas para un niño. Porque me da vergüenza”. Cuando salió del Kremlin en el año 2000, su fortuna secreta, en bienes raíces, yates, caballos y otras propiedades, se estimó en un valor mínimo de $15 millones.

En enero de 2000, el novato presidente Putin concedió un raudal de entrevistas a las cadenas de televisión rusas, en las que presentó argumentos convincentes, alabando al Estado de Derecho y haciendo la promesa de no permanecer en el cargo un día más de sus dos mandatos constitucionales, o de dejarlos si perdía el apoyo popular. Estas son las “reglas del juego de la democracia”, dijo en aquel entonces.

Después de dos mandatos presidenciales, seguidos de una temporada como Primer Ministro y ahora un tercer periodo presidencial, Putin ingresa a su treceavo año en el poder; teniendo a un 40% de la población vehementemente deseosa de sacarlo del poder. Si la historia sirve para vislumbrar lo que pasará, esta cifra porcentual sólo irá en aumento.

Nina L. Khrushcheva is a professor in the Graduate Program of International Affairs at the New School in New York. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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