El carro de manzanas

Recuerdo cuando murió Bernard Shaw: noviembre de 1950. Yo entonces era alumno del Colegio Estudio y los profesores (o más bien las profesoras) organizaron con este motivo un homenaje al gran dramaturgo anglo-irlandés. Los alumnos de los cursos más avanzados investigaron sobre él y nos dieron pequeñas conferencias sobre aspectos de su biografía y de su obra. Oí muchas anécdotas divertidas, porque Shaw era ingenioso, impertinente y aficionado a sorprender y escandalizar. Gracias a tal eulogía me familiaricé con el personaje, cuyo talento y excentricidades me llamaron mucho la atención y me movieron a leer sus más famosas obras de teatro, ensayos y también alguna biografía sobre él. Hoy, me temo, está un poco olvidado, aunque el cine renovó la popularidad de algunas de sus obras más divertidas, como Pigmalión, que fue convertida en musical y luego llevada al cine con el título My fair lady. También fue llevada al cine César y Cleopatra, comedia histórica llena de ironía e ingenio.

Sin embargo, estoy seguro de que la mayor parte de los que se han deleitado con estas películas no saben quién fue Bernard Shaw. Y menos saben aún que, además de dramaturgo y brillante ensayista, fue un político muy relevante en la Inglaterra de fines del XIX y uno de los precursores del laborismo. Fue, junto con Sidney y Beatrice Webb, el miembro más famoso del grupo fabiano, un cenáculo de intelectuales que defendían la viabilidad del socialismo sin necesidad de la revolución violenta que preconizó Marx. Había por entonces en Inglaterra varias organizaciones socialistas embrionarias, pero los fabianos eran muy superiores intelectualmente y fueron ellos los que apadrinaron con éxito al partido laborista. Shaw fue un elemento clave, porque sus escritos y su creciente notoriedad como hombre de letras (recibió el Nobel de Literatura en 1925) contribuyeron a hacer aceptable el socialismo entre las clases medias y los intelectuales. Es típico de Shaw que, cuando quiso explicar por qué se unió a los fabianos, escribiera que fue por «el impagable hábito que contrajimos de reírnos de nosotros mismos [que nos permitía también] mofarnos de nuestros oponentes en lugar de denunciarlos como enemigos de la raza humana». El humor figuraba entre sus armas más aceradas.

También yo tenía a Shaw algo olvidado hasta que la operación de acoso y derribo a la Monarquía a cargo del Gobierno español, y en especial de su vicepresidente segundo, me trajo a la memoria una obra de nuestro autor titulada como el presente artículo y subtitulada Una extravaganza política. En ella el primer ministro británico, exasperado porque el rey dice en público cosas que no le agradan, quiere imponerle una cláusula constitucional que le impida expresarse sin el control del Gobierno. Para obligarle a ceder, le amenaza con una crisis política que podría poner en peligro la continuidad de la corona. Ante tal amenaza, el rey anuncia que prefiere abdicar a ceder, lo cual parece de perlas al premier. Pero el rey entonces aclara que, para no aburrirse, y ya que de política entiende algo, piensa dedicarse a ella y presentarse a las próximas elecciones. Ante tal perspectiva, el premier, demudado, retira su amenaza y pide al rey, por favor, que olvide el asunto, que no eche todo a rodar y que sigan las cosas como estaban; se teme muy mucho el primer ministro que el rey le ganaría las elecciones.

Me malicio yo que a nuestro culto vicepresidente no le es muy familiar esta extravaganza y que probablemente, en Juego de tronos, que sí le es familiar, no se recoge un episodio parecido. Pero lo que sin duda conoce son las encuestas de opinión y en estas la popularidad del Rey está muy por encima de la suya, y de la de cualquier miembro del Gobierno, de modo que Felipe VI pudiera resultar un rival muy peligroso en la eventualidad de que, cansado del acoso machacón del líder podemita, decidiera liarse la manta a la cabeza, abdicar, y concurrir a unas elecciones. De pasada señalaré que «tumbar el carro de manzanas» (to upset de applecart) equivale en inglés al español «echarlo todo a rodar»: de ahí el título de la obra de Shaw. En definitiva, y a tenor de las encuestas, bien pudiera ocurrir que, para su sorpresa, el acosador cayera en su propia trampa.

Puede quizá objetarse que, al fin y al cabo, todo esto son elucubraciones de la mente calenturienta de Shaw (y de la mía) y que un caso como el de El carro de manzanas no se ha dado nunca. Pero sí se ha dado. Tras el derrumbe del comunismo, tan caro al vicepresidente, en la Europa del Este, en Bulgaria, el heredero de la casa real, que se llama Simeón II (casado, por cierto, con una española y establecido largo tiempo en España), decidió entrar en política y presentarse a las elecciones. Inicialmente, propuso una alianza electoral al entonces primer ministro, el conservador Ivan Kostov, para tratar de lograr conjuntamente una mayoría absoluta en las elecciones de 2001. Este se negó. Simeón entonces organizó un partido a su medida, derrotó a Kostov y quedó a un escaño de la mayoría absoluta. De modo que no estaría de más que alguien en España fuera poniendo sus barbas y sus coletas a remojo o ajustando mejor a su talla las varas de la camisa.

La monarquía es una institución muy vieja y muy atávica, pero ha sabido adaptarse bien a los nuevos tiempos. El origen del parlamentarismo está muy ligado a la monarquía inglesa y en la Europa de hoy, países de larga tradición socialista, como Suecia, Noruega y Dinamarca, tienen monarquías bien establecidas. Es natural: al irradiar estabilidad, la monarquía alivia el miedo de las clases altas y medias, y facilita la aplicación de políticas de izquierda. ¿Se percata de ello nuestro politólogo vicepresidente?

Uno de los problemas de la democracia en todo el mundo es la inestabilidad de los electorados en momentos de crisis económica. Recordemos que Hitler, Fujimori, Hugo Chávez y tantos otros déspotas fueron elegidos democráticamente. Achaca Iglesias al Rey el no haber sido elegido: esa es precisamente una de las mayores virtudes de la institución monárquica, que su titular no debe a nadie su posición y por lo tanto puede actuar independientemente con arreglo a su conciencia, no a los avatares de la política diaria. Otro grave problema de la democracia es que los políticos de turno tienen un horizonte corto: las próximas elecciones. Son pocos los presidentes que emprenden políticas de largo alcance; ellos buscan resultados a plazo fijo. Sucede así en España con la educación, que está pidiendo a gritos una verdadera reforma desde hace muchos años, sin que ningún ministro esté dispuesto a arrostrar la enemistad de tantos intereses creados por una medida cuyos frutos tardarán años en percibirse. Lo mismo ocurre en muchos otros campos como, señaladamente, la ley electoral. Hay pendientes muchas reformas vitalmente necesarias pero que quedan pospuestas sine die. Una autoridad que cuenta estar en el puesto por muchos años tendrá el largo plazo mucho más presente y no se dejará llevar por cuestiones coyunturales. Un monarca constitucional no puede desarrollar programas políticos, pero puede apoyarlos y defenderlos eficazmente.

Parecidos a estos son los razonamientos de Bernard Shaw en el prefacio a El carro de manzanas. Se lamenta de haber recibido muchas críticas acusándole de haber abandonado sus principios democráticos y socialistas. Su respuesta es que la democracia es muy complicada y plantea serios problemas. Una institución que, al igual que la sociedad, no ha sido elegida pero tiene una duración indefinida, puede interpretar mejor los intereses y los sentimientos del ciudadano medio, y prestar más atención al largo plazo. Se convierte en algo así como una quilla o un timón, que no mueve la nave, pero la orienta y le da estabilidad, sobre todo en tiempos de tormenta. Tampoco hace falta que el monarca sea un genio. En el Reino Unido, una saga de individuos mediocres, pero fieles representantes de una institución ancestral, a la vez elitista y mesocrática, han encarnado las mejores virtudes del pueblo británico y han ofrecido un punto de referencia en tiempos de aflicción. Además, aunque un monarca está en cierto modo atado de pies y manos porque carece de poder ejecutivo, frente a los políticos que le hostigan buscando notoriedad fácil siempre le quedará, como dice Shaw, un as en la manga: ser más iconoclasta que sus adversarios y estar dispuesto siempre a volcar el carro de manzanas.

Gabriel Tortella es economista e historiador, autor de libros como Capitalismo y revolución (Gadir, 2017), y miembro del Colegio Libre de Eméritos.

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