El carrusel de la UE

En su primer discurso sobre el estado de la Unión Europea, la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen, abordó con amplitud y precisión el momento actual: alabó los logros recientes de Europa e identificó los objetivos del bloque para los años venideros. Le prestó especial atención al Pacto Verde Europeo y a la Agenda Digital, y propugnó la compleción de la Unión Bancaria, así como la integración de los mercados de capital. En tiempos normales, una presentación sólida si no particularmente inspiradora. Pero estos no son tiempos normales.

No cabe duda, las políticas y acciones que Von der Leyen desgranó en su presentación son importantes. Importantísimas, incluso. Pero en la situación actual, ninguna política, por sí sola, reforzará los cimientos de la UE. Ningún programa altisonante, ningún aumento presupuestario, ningún acuerdo interinstitucional asegurarán su proyección a futuro. Ninguna emisión de deuda conjunta, cualquiera sea su volumen, garantizará su supervivencia. Para perdurar y prosperar, Europa necesita una visión que a la altura de los desafíos que enfrenta, que establezca un sentido de propósito compartido entre los ciudadanos y que movilice el apoyo popular.

Los actores políticos de la UE llevan mucho tiempo promoviendo un concepto hueco, o al menos asimétrico de ciudadanía europea que marca acento en los derechos y orilla responsabilidades y cargas, mostrando qué hace la UE, pero no para qué existe. Y muchos dirigentes rechazan de plano cualquier discusión sobre el tema. Creen que la respuesta es obvia: que Europa es inevitable y que los europeos están indisolublemente ligados en una comunidad de destino.

Pero son muchos los ciudadanos ajenos a este planteamiento. Y si no se les da una respuesta convincente, lo único inevitable será el agostamiento de la UE.

Voces que cuentan, voces potentes, han se han alzado y se alzan demandando involucrar activamente a la ciudadanía europea. Por ejemplo, como parte de la complicada negociación que llevó a que se la confirmara como presidenta de la Comisión en 2019, Von der Leyen propuso la idea de una Conferencia sobre el Futuro de Europa: una plataforma para involucrar al común en un debate amplio sobre lo que debería ser la UE y cómo alcanzarlo.

Por el momento, por la pandemia de COVID‑19 y, seamos claros, por falta de voluntad política, esta iniciativa no ha pasado de muletilla de discurso. Y, realistamente, no es fácil augurarle final distinto de otros en su día muy publicitados intentos de sustanciación ciudadana, por ejemplo las decepcionantes Consultas a la Ciudadanía Europea de 2018: debates que dan de qué hablar a la prensa, informe, un comunicado. Una nueva crisis centrará la atención de los responsables políticos de la UE y agua de borrajas. El único efecto duradero será la resignación e incluso el resentimiento de ciudadanos ilusionados con el proceso y la confusión y escepticismo con el proyecto de otros muchos: pasto para populismos de toda laya.

Así, en el discurso de Von der Leyen, la Conferencia sobre el Futuro de Europa quedó relegada a una mención de refilón al hablar de la organización de las competencias sanitarias dentro de la UE después de la pandemia. Por su parte, el Consejo Europeo ya ha rechazado la posibilidad de que la Conferencia pueda generar cambios en los tratados. Y es que, cuanto más se refuerce el vínculo de los ciudadanos con Europa menos imprescindible resultará la intermediación de los gobiernos de los Estados miembro. Y esa función genera importantes réditos políticos nacionales. Esta composición de lugar es la que late en el cerrojazo a la existencia de una imposición europea, que establecería la directa responsabilidad de la UE ante la ciudadanía.

Lo mismo vale para el proyecto europeo más en general: si los ciudadanos no se sienten dueños de la UE y no perciben que sus destinos están atados a los de sus conciudadanos europeos, sólo darán apoyo pasivo al proyecto. Y el apoyo pasivo no llevará a la UE o a sus estados miembros al futuro de prosperidad y significancia al que unidos podemos y debemos aspirar.

Es absurdo que en 2020, once años después de la crisis de la eurozona, la presidenta de la Comisión Europea siga pidiendo en su discurso sobre el estado de la Unión que se complete la unión bancaria. Su declaración sobre las migraciones (a las que consideró un «reto europeo» para el que podemos hallar una solución «si todos estamos dispuestos a hacer concesiones») debería haberse hecho y apoyado en 2015, en el clímax de la crisis migratoria. Hasta su comentario sobre Bielorrusia sonó vacío, en vista de la imposibilidad de acordar sanciones de la UE contra el régimen del presidente Aleksandr Lukashenko. Y así seguimos. El carrusel gira y gira.

Es hora de parar ell carrusel. Y bajarnos. Para que una Europa unida se proyecte en el mundo del Siglo XXI como tal, habremos de cambiar los tratados. Eso sólo será posible con el apoyo activo de europeos que sienten que son parte de un mismo futuro, una historia que sólo termina bien si nos incluye a todos. La polarización y la fragmentación que caracterizan el clima político actual no son excusas para demorar avances, sino razones para actuar.

En esto la pandemia de COVID‑19 puede ayudar, no sólo porque ha puesto de manifiesto hasta qué punto nuestros destinos están ligados, sino también porque ha alterado la forma en que habitamos el mundo y lo conceptualizamos. En un tiempo de incertidumbre, la UE tiene una excepcional coyuntura para construir una configuración que refleje una visión segura, fuerte y viable para Europa.

Ana Palacio, a former minister of foreign affairs of Spain and former senior vice president and general counsel of the World Bank Group, is a visiting lecturer at Georgetown University.

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