El caso del neutrino insolente

El mundo científico se ha conmocionado con la noticia de que una partícula subatómica, un neutrino, ha superado la velocidad de la luz, es decir: ha corrido más que su propia sombra. Curiosamente, en su momento resultó muy difícil aceptar que la velocidad de la luz era una constante de la realidad de este mundo, una barrera infranqueable para cualquier móvil que transporte información. La velocidad de la luz como límite no es una consecuencia de la teoría de la relatividad, es una de sus dos hipótesis fundamentales, una columna sobre la que se levanta parte de la física del siglo XX.

Antes de que Einstein publicara su famoso artículo en 1905 ya había científicos que coqueteaban con la idea. Hendrik Antoon Lorentz o Henri Poincaré son dos buenos ejemplos que no llegaron a aventurar una hipótesis tan extraña a la intuición humana. Pero hoy, más de un siglo después, con la teoría especial de la relatividad confirmada experimentalmente una y mil veces, con la teoría encajando como piezas de un fino engranaje con el resto de las teorías de la física, con miles de aplicaciones funcionando en nuestra vida cotidiana, con una estructura matemática impecable soportando todo el edificio, ahora resulta que un modesto neutrino insinúa que hay que volver a empezar. Lo que entonces era casi imposible de aceptar es hoy casi imposible de rechazar. Porque la comunidad científica es escéptica, muy escéptica. Casi todos los físicos que conozco (entre los que me incluyo) han prometido «cortarse la tiza» si el resultado se confirma (la expresión es del físico del CERN Álvaro de Rújula).

No es la primera vez que se habla de velocidades superlumínicas aunque la teoría de la relatividad nunca ha estado en cuestión. Los neutrinos siempre se habían portado bien y muchas son las carreras cronometradas entre el Sol y nuestro planeta. ¿A qué se debe su actual insolencia? Pueden pasar tres cosas: 1) el error es un craso error por lo que nada cambia (por ejemplo, los neutrinos que disparan el cronómetro a la salida no son los mismos que los que lo detienen a la llegada); 2) no se trata de un error craso, sino de la omisión de un fenómeno hasta ahora desconocido (ganamos nuevo conocimiento pero no se requiere la reformulación de la teoría de la relatividad); o 3) no hay error y la teoría de la relatividad, tal como hoy la conocemos, se desmorona por lo que hay que inventar una nueva (que con toda probabilidad incluirá a la vieja para una vigencia más restringida). Esta tercera posibilidad crea un vacío que da vértigo, pero los físicos no llorarán por ello, sino que se pondrán a trabajar.

Observar: buscar diferencias entre las coincidencias. Comprender: buscar coincidencias entre las diferencias. Para observar repetiremos el experimento con otras personas en otros lugares. Luego, para comprender veremos en qué otras circunstancias vuelve a superarse la velocidad de la luz. Y así, de observación en comprensión y de comprensión en observación hasta alcanzar una comprensión libre de toda contradicción: la nueva teoría está servida.

Todos los físicos son escépticos, pero ni a uno solo le va a parecer mal concentrar esfuerzos para confirmar o desmentir la incoherencia. La teoría de la relatividad, como cualquier otra teoría científica, no se da por definitiva ni después de un billón de confirmaciones experimentales, sin embargo se da como superada con una sola refutación experimental. Qué injusto parecería algo así fuera de la ciencia. Muchas creencias son compatibles con una realidad empeñada en exhibir lo contrario una y otra vez. A veces incluso se presume de que la excepción no solo no compromete la ley, sino que la confirma (¡!). En ciencia no vale hacer la vista gorda porque la ley vigente ha fallado por muy poco o porque por una vez que falla… Viajar más rápido que la luz, aunque sea solo un milímetro por milenio, equivale nada menos que a viajar físicamente al pasado, una incongruencia lógica. Aunque a más de uno le gustaría, no se puede cambiar la historia. Si falla, falla. La ciencia no está blindada contra la realidad del mundo. Si aparece una contradicción entre lo que se cree y lo que se mira, o se cambia la manera de mirar o se cambia la manera de creer. La ciencia no puede ser incoherente. La ciencia de más solera, la escuela más prestigiosa, el científico más venerable, la teoría más contrastada, los logros más espectaculares, nada es suficiente para ignorar una sola contradicción experimental como la del modestísimo neutrino. En ello reside sin duda la grandeza de la ciencia.

Digamos que el experimento del CERN es un buen ejemplo del criterio enunciado por Karl Popper: una teoría es científica si es falsable, es decir, si podemos concebir un hecho experimental que la desmienta. Decir, por ejemplo, mañana lloverá o no lloverá es una proposición 100% verdadera, pero no es científica porque está blindada contra todo lo que pueda ocurrir. La teoría de la relatividad es genuinamente científica porque un episodio como el del neutrino siempre ha sido imaginable. Lo que queda por saber ahora es si, además de falsable, resulta que también es falsa.

Jorge Wagensberg, director científico de la Fundació La Caixa.

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