El caso Ollero

Andrés Ollero es un profesor de Filosofía del Derecho con multitud de publicaciones, tiene una amplia trayectoria política en el PP y sostiene tesis que se enclavan dentro del pensamiento conservador: está contra el aborto y el matrimonio gay, y defiende la objeción de conciencia para aquellos creyentes que no quieran cumplir con normas legales que atenten contra sus convicciones religiosas. Y respalda los acuerdos del Gobierno español con el Vaticano, y por tanto mantiene una cierta consideración de la Iglesia española por el Estado a tenor de la tradición histórica de España con el catolicismo y la aportación que supone que este ha proporcionado a la sociedad española, donde una gran mayoría se identifica con esa religión. Además es miembro desde hace muchos años de una institución como el Opus Dei. Todo ello le lleva a ser considerado un representante intelectual y político de la derecha española que defiende la unidad del Estado. Y desde esa perspectiva no se admite desde los sectores de izquierda y nacionalistas catalanes y vascos que presida el Tribunal Constitucional aunque sea miembro del mismo desde 2012 elegido por el Congreso de los Diputados. Nunca ha escondido sus ideas y sus posiciones políticas, y en varias ocasiones ha tenido oportunidad de expresarlo en un voto particular en las sentencias que ha promulgado el Tribunal Constitucional.

Ollero, si seguimos su trayectoria, se ha limitado a defender sus convicciones con los argumentos que ha creído oportuno, pero de ello no se deduce que pretenda imponer sus ideas si estas no son aceptadas. Probablemente sus propuestas no cuenten ya en la sociedad española con el consiguiente respaldo social, pero ello no empece para que tenga derecho a la defensa de sus ideas políticas y religiosas, ya que ellas entran en el paradigma de lo que envolvemos en la cultura occidental europea. Solo si se parte de la idea sartriana de que cuando uno decide lo hace por toda la humanidad y de la convicción de Carl Schmitt de que la política es siempre una dialéctica entre amigo/enemigo puede entenderse el rechazo a que presida el Tribunal Constitucional. Para la izquierda Ollero es un «enemigo» al que hay que impedir que tenga una representatividad institucional porque su figura es un símbolo reaccionario contra lo que hay que luchar, ya que iría contra una sociedad abierta y laica. Y en la lucha política parece necesario eliminar aquello que impida las propuestas que defendemos. La política se convierte así en la continuidad de una guerra por otros medios donde la convivencia de propuestas contrarias se mantiene solo para evitar males mayores y se pretende utilizar las mayorías para impedir que los «enemigos» impongan sus tesis y los nuestros desarrollen las suyas. Ese es el equilibrio de la democracia que avanza y retrocede en distintas coyunturas cuando no estalla en luchas irreparables como a veces ha ocurrido en la historia. Es una manera de interpretar la democracia como formando parte de bandos que se parapetan en trincheras irreductibles donde el diálogo político solo es un teatro en el cual resultan imposibles los vasos comunicantes. Esto queda solo para un número reducido que generalmente son marginados. Cuando Sartre acusaba a Camus de que sus libros eran aceptados por la burguesía y por tanto contribuían al sostenimiento de los gobiernos conservadores, este le contestó: «Si la derecha tuviera la verdad, estoy con la derecha».

Vivimos en ese paradigma donde es negativo dar ventaja al supuesto contrincante cuando se dirimen propuestas contradictorias, porque no se cree en la neutralidad. Sin embargo, en la vida cotidiana el mestizaje ideológico y social se da con mucha frecuencia, las gentes del común puede defender unas veces unas propuestas y otras las contrarias. Hay un sentimiento generalizado de que nadie tiene la verdad absoluta y que es bueno que nadie la tenga. Los representantes políticos e intelectuales son los que mayoritariamente defienden las ideas irreductibles como si estas fueran el fuego permanente que no pueden consensuarse, pero los movimientos sociales en muchos casos superan ese guerracivilismo y se advienen a convivir con las contradicciones ideológicas.

He convivido con Ollero en el Congreso de los Diputados durante cuatro legislaturas (1986-2000) desde el grupo socialista, debatiendo en ocasiones sus propuestas políticas, y he colaborado como vicepresidente en la Fundación Ciudadanía y Valores que él fundó en 2006, y mantengo posiciones políticas en las antípodas de las suyas como militante del PSOE, pero siempre le he visto aceptar la relación de fuerzas mayoritarias. Es decir, es un demócrata que mantiene sus convicciones, pero en ningún caso rige un pensamiento totalitario, a no ser que se entienda que toda convicción lleva a la dictadura. ¿Es posible admitir en nuestro espacio político e institucional personas que defiendan propuestas contrarias a las nuestras no solo por apaños entre organizaciones, sino por convicción de que representan líneas ideológicas que están incardinadas en la sociedad? Es, en las actuales circunstancias, una utopía sin espacio posible.

Javier Paniagua, exdiputado del PSOE.

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