El Castillo de Montjüic

Montjüic es una montaña de 183 metros de altitud, situada frente al puerto de Barcelona y poblada desde la época ibérica. Corona la montaña un castillo militar –heredero de un faro medieval y una torre de vigilancia–, diseñado en 1751 por el ingeniero militar Juan Martín Cermeño que siguió el modelo del mariscal francés e ingeniero experto en fortificaciones Sébastien Le Pestre de Vauban. La pendiente de la montaña que mira al mar está ocupada por un cementerio que da nombre al lugar –Montjuïc: monte de los judíos– y la que mira a la ciudad se ajardinó con motivo de la Exposición Universal de 1929. Se accede a la montaña a través de una avenida que arranca con dos torres venecianas y unos pabellones de aire renacentista que conducen a la Fuente Mágica de Carlos Buigas y al Palacio Nacional de Pedro Cendoya, Enric Català y Pere Domènech Roura. Montjuïc ha devenido una miranda del puerto y la ciudad. También, el emplazamiento del Teatro Griego, el Pueblo Español, la Fundación Miró, el Museo Nacional de Arte de Cataluña, CaixaForum, el Jardín Botánico o el Estadio Olímpico. En la montaña –decía– sobresale un elemento de gran valor: el castillo militar. Un castillo, protagonista de nuestra Historia, notario de la consolidación de la sociedad indolora en España.

El castillo de Montjuïc ha pasado por un período militar y, ahora, inicia otro civil. Militarmente hablando, ahí está la Guerra de la Independencia, durante la cual fue ocupado por unas tropas francesas que lo transformarían en prisión de los conspiradores contra la invasión, o el papel que jugó en la represión de los movimientos revolucionarios del XIX, o el drama que se vivió en su interior en la época de la Guerra Civil al ser el lugar de la represalia entre ambos bandos. Todo ello hizo que el castillo fuera percibido –según los intereses– como amenaza o protección. Arraigada la democracia y superada la Guerra Civil –a pesar de una Memoria Histórica que, ejemplo de mala fe sartreana, impulsa la recuperación frentista de la Historia de España–, el castillo inicia su período civil. Una orden ministerial del 27 de abril del 2007, que modifica la cesión del castillo de Montjuïc a la ciudad de Barcelona —la primera cesión data de 1960—, consuma el uso civil de la instalación militar. El castillo, como señala el Ayuntamiento, devino entonces un «equipamiento municipal».

¿Los usos concretos del nuevo castillo? Me remito a la nota del Ayuntamiento de Barcelona: «El 15 de junio del 2008, se quiso recuperar para usos civiles, sociales y culturales con una gran fiesta popular. Hubo una “invasión” de unas 40.000 personas, que ocuparon todos los espacios del castillo y lo conquistaron junto con los trabucaires, gigantes, dulzainas, pirámides humanas, grupos de danza, una exposición, conciertos y talleres que fueron de ayuda para conocer gran parte de los rincones de esta edificación». La neolengua del Ayuntamiento de Barcelona («invasión» y «conquista» pacíficas de la «edificación») se tradujo en la retirada inmediata de los cañones de la plaza de armas, en el desmantelamiento del Museo Militar y en el proyecto de creación de un Centro por la Paz. Como no podía ser de otra manera en Cataluña, se «restituyó» la senyera que Lluís Companys izó en 1936. El actual presidente de la Generalitat aprovechó la coyuntura –¿desafío?, ¿electoralismo?, ¿lo uno y lo otro?– para llamar a los catalanes –suma y sigue– a «encarar un futuro en el que Cataluña pueda conseguir sus grandes objetivos nacionales».

La reconversión del castillo, así como el desmantelamiento del Museo Militar que se completa con el proyecto de un Centro por la Paz, supone un paso más en la consolidación de la sociedad indolora en España. ¿Por qué se reconvierte el castillo y se desmantela el Museo Militar? Se advierte la motivación política habida cuenta de que, para el nacionalismo catalán, el castillo ha sido percibido, previa relectura de la historia, como un instrumento de la represión española contra Cataluña. Un cronista de los años 30 del siglo pasado se refería al castillo como «la vieja fortaleza de las negras leyendas desde donde se habían combatido las libertades alentadas por el pueblo catalán». En este ambiente, no sorprende que el movimiento catalanista planteara sus alternativas: hubo quien propuso derruirlo y construir un templo en su lugar, quien pensó que podría alojar la sede del Parlamento de Cataluña, quien lanzó la idea —todo un precedente— de convertirlo en un «museo contra la guerra». Así seguimos. En cualquier caso, una vez cedido el castillo al Ayuntamiento, el desmantelamiento del Museo Militar obedece a una concepción indolora –gaseosa, flácida, emotiva, sentimental– de la sociedad según la cual el hecho militar es nocivo por naturaleza y el Museo Militar es un canto al belicismo. Grave error. Sin la intervención militar no existiría la paz –sí la sumisión y el zoologismo pacifistas– y el Museo Militar, lejos de ser un canto al belicismo, es un testigo de la historia del ser humano. Y, con frecuencia, el antídoto contra una guerra que, a veces, resulta inevitable para defender la libertad y la vida digna.

Con el desmantelamiento del Museo Militar de Montjuïc –en cualquier caso, el castillo constituye en sí un excepcional Museo Militar con su glacis, planta trapezoidal, muralla, escarpa y contraescarpa, foso, puente fijo y levadizo, túnel con arco, plaza de armas, baluartes, hornabeque y cortinas–, Barcelona pierde una instalación singular donde se han expuesto más de siete mil piezas que harían las delicias —colección Marés, pistolas de Ripoll, trabucos catalanes— de cualquier Museo Militar del mundo En su lugar, Barcelona contará con un Centro por la Paz y un Instituto Catalán Internacional por la Paz que –la sociedad indolora y el nacionalismo se dan la mano– impulsará la «abolición de la guerra como método para solucionar conflictos» y «dará a Cataluña un rol activo como agente de paz en el mundo».

Juan Martín Cermeño, el ingeniero que diseñó el castillo de Montjuïc, dejó dicho en su Discurso sobre el proyecto de Montjuich de Barcelona y tanteo de su coste (1751) que «la principal defensa de la plaza de Barcelona es sin disputa alguna este fuerte y hallándose situado en la cumbre de un monte que domina toda la ciudad, de la pérdida de aquél se seguía inmediatamente la pérdida de ésta». Traducción adaptada a nuestro presente: la ingenuidad –la irresponsabilidad– pacifista, epítome de la sociedad indolora, nos desarma frente a los peligros que amenazan la seguridad y la libertad. Por eso –para protegerse–, hay que mantener la conciencia despierta. Por eso –para defenderse–, hay que desvelar la ilusión de un mundo sin conflicto y asentarse en el más acá de una realidad en la que no siempre resulta fácil reconciliar pacíficamente a los seres humanos. Por eso –para protegerse y defenderse– los castillos tenían unos baluartes que ahora se echan en falta.

Miquel Porta Perales, escritor.

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