El catalán como arma de exclusión

No suelo asustar a nadie. Ni mi debilidad física ni mis maneras apacibles ni mi voz titubeante intimidan a mis interlocutores. Pero una vez -sólo una vez en mi vida- una mujer me miró con la cara desfigurada de miedo. Me hallaba en Holanda cursando un año de investigación en el Instituto Neerlandés de Estudios Avanzados. El idioma oficial del centro es el inglés, y en Holanda, como sabrá bien quien haya viajado allí, todo el mundo se dirige a los forasteros en este idioma. Yo quería aprender holandés aprovechando mi estancia para mostrar mi respeto por la cultura nacional. Mi forma habitual de aprender idiomas es leyendo poesía. Tal vez sea excéntrico, pero tiene ciertas ventajas. Por tener ritmo y rima, los poemas son relativamente fáciles de aprender. Además, resulta que cada nación tiene sus poemas icónicos que todo el mundo aprende de chiquitín y que constituyen una especie de herencia común. Citar, por ejemplo, el Denkend aan HollandPensando en Holanda, un gran recuerdo del poeta decimonónico Hendrik Marsman desde su exilio en Suecia- es unirse al pueblo holandés, como en España lo sería el caso de un extranjero que supiera citar El cantar de mío Cid o la frase inicial de El Quijote.

El catalán como arma de exclusiónTodos apreciamos el esfuerzo que demuestra un extranjero para penetrar en nuestra cultura nacional. Una desventaja de la vía poética hacia el dominio de un idioma es que te deja con un vocabulario a veces muy distinto del de la calle. Aquel maldito día en Holanda, yo había dedicado la mañana entera al estudio de unos versos de la poetisa flamenca Jo Govaerts. Al acabar, entré en una tienda de la aldea de Wassenaar, donde en aquel entonces se situaba el instituto. En contra de lo habitual en el interior de cualquier centro holandés, donde suele reinar el orden, la tienda estaba bastante mal arreglada. La dueña me pidió perdón por el caos. Y lo único que se me ocurrió contestarle fue un verso de Govaerts que acababa de leer: “Had ik een huis ik verzamelde rommel en kweekte castanjes en het gang“, que quiere decir: “Si tuviera una casa acumularía basura y guisaría castaños en el corredero”. No sorprende -ya lo sé- que la señora me mirara asustada.

Así que comprendo perfectamente el deseo del nuevo presidente de la Generalitat catalana, Quim Torra, de que los castellanoparlantes aprendan catalán. Aunque las formas para imponerlo y su calificación de “bestias” a quienes no comparten su sensibilidad me son aborrecibles. Cuando escribía mi historia de Barcelona, leí un montón de textos catalanes, por lo cual sé escribir el idioma más o menos correctamente, aunque por desgracia nunca tuve la oportunidad de pasar tiempo en un ambiente catalanoparlante y lograr hablarlo con soltura. Si viviera en Cataluña tiempo suficiente, no tardaría en añadir la catalana a las culturas lingüísticas a las cuales siento el orgullo de pertenecer. Hablar catalán en Cataluña es una cortesía que debe el visitante a sus vecinos y anfitriones. Para un español, sería una satisfacción saber más de un idioma español. Para todos nosotros -incluso los que sólo hablamos castellano- debe ser una satisfacción ensalzar ante el mudo entero el pluralismo lingüístico que es una de las glorias de la nación española. Tenemos el valor de nutrir entre nosotros tres grandes tradiciones literarias -castellana, gallega y catalana- y un idioma, el euskera, que, si somos sinceros, no tiene muchas obras de gran valor literario pero merece respeto por su antigüedad y su perseverancia. Intentar suprimir idiomas minoritarios fue un error histórico cometido por gobiernos que se permitían engañar con las mismas doctrinas erróneamente surgidas del nacionalismo decimonónico que ahora influyen a Quim Torra y sus amigos, quienes creen que un habla uniforme es imprescindible para una comunidad política.

Ya sabemos que tales doctrinas eran falsas y que algunos de los estados más duraderos y exitosos de la Historia han mantenido una gran variedad de idiomas. Y debemos celebrar todos nuestros idiomas como constituyentes de la grandeza de España. Como la Santísima Trinidad, compartimos una unidad diversa. Para la gran mayoría de castellanoparlantes, resulta casi imposible lograr hablar los otros idiomas españoles, pero no es difícil leer ni entender gallego y catalán si se hablan claramente y se escucha con atención. Hablar español no impide aprender otros idiomas españoles. Mientras tanto, para los que hablan catalán, gallego o euskera como lengua materna, la ventaja de tener a su disposición el castellano como idioma común, de alcance mundial y de enorme riqueza literaria, es un don precioso, que hay que apreciarse y explotarse.

A los castellanoparlantes en Cataluña que se resisten aprender catalán les reprocharía por empobrecerse culturalmente a sí mismos, y, tal vez, por falta de sensibilidad. Pero, junto al pluralismo cultural, otro motivo para sentir el orgullo de ser español es pertenecer a un país libre donde no se impone ninguna ideología, ni ningún sentimiento, ni ninguna religión, ni ningún gusto, ni ninguna costumbre, ni ningún idioma.

Conocí de niño a una señora inglesa que llevaba 30 años en Madrid sin lograr dominar el idioma y que solía pedir «ternura» en los restaurantes, ya que la ternera era su plato preferido. Ningún camarero se atrevió a corregirle y mantenían una actitud respetuosa ante la falta de capacidad lingüística de la señora. Era buenísima persona, pero no se interesaba por el idioma castellano. Apreciamos a los ingleses y suecos jubilados que se mudan a España sin insistir en que se conviertan en españoles. Con quienes sólo saben pedir el menú, intentamos charlar en un idioma común o, sencillamente, les damos la bienvenida sonriendo en silencio. No es preciso dominar un idioma concreto para ser aceptado. Aunque, por supuesto, para ser ciudadano el habla cuenta. Pero un extranjero puede pasar una vida entera en España y seguir honradamente siendo extranjero. Si a los que vienen de fuera no les exigimos el uso del español en España, tampoco cabe exigirles el catalán a los que acuden a Cataluña.

Desgraciadamente, a Quim Torra y a los demás autoritarios catalanistas no les interesan ni la justicia ni la libertad ni el pluralismo: ni la justicia de reconocer el derecho de autoexclusión de los que no quieren pertenecer a la comunidad que habitan, ni la libertad de conceder el uso de su propio idioma y su propia identidad de las personas, ni el pluralismo de abrazar a una población de habla diversa. Perseguir a los que no hablan ni quieren hablar catalán no es moralmente superior a los franquistas que perseguían a los que no quisieron hablar español. Calificarles de “bestias” y otros insultos menospreciantes es, por lo menos, etnocéntrico, uno de los ingredientes definidores de fascismo. Si queremos vivir en paz, hay que escuchar atentamente a todos nuestros idiomas e intentar comprender a todos los conciudadanos.

En Estados Unidos, donde vivo y trabajo, llevamos siglos de persecución los que usamos el español: en los foros oficiales, tribunales y centros de educación. Hoy en día, va disminuyendo la discriminación, pero sigue vigente en ciertas zonas. Como sabe todo el mundo, el presidente Trump anuló varios medios oficiales que practicaban el bilingüismo. A mí, mientras daba un curso en el estado de Colorado hace un tiempo, un sedicente liberal me dijo que estaba “a favor de la inmigración”, siempre y cuando quien llegara al país hablara “el idioma nacional”. “Supongo -le contesté- que usted no se refiere al ute ni al comanche, pero ya que este Estado lleva el nombre de Colorado, como prueba de su origen español, ¿cree que todos deben hablar español?”. Mi interlocutor terminó reconociendo que la tolerancia hacia las lenguas minoritarias es la única política permisible y que la práctica del pluralismo enriquecía la cultura sin socavar la unidad política.

En Estados Unidos, estamos aprendiendo la virtud de la diversidad de lenguas. En España, ni a nivel nacional ni en Cataluña.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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