El catalán independentista

Está este hombre, el “hombre sensual medio” (Huxley) con la barretina pero no la que se colocó Salvador Dalí. Como Cagarrache bajo un periódico durmiendo enfrente del ABC, oyendo los consejos de su ángel de la guarda (Camilo José Cela, “nuevas escenas matritenses”).

En una gris existencia, más que eso grisísima, tenemos a ese catalán independentista, que quiso ser ingeniero aeronáutico, barcelonísimo, que buscaba a una mujer para casarse que fuera –a ser posible– guapísima; él, que quería ser importante, consejero delegado de una textil o conseller, sigue trabajando en una panadería.

Va corriendo por las calles en una mañana cualquiera y, de repente, oye el canto de sirenas por un altavoz, o un radiocasete, que habla de una región independiente, libre, El Dorado que buscaba Lope de Aguirre, el gran teatro de Oklahoma del final de la América de Frank Kafka. Oye lo que ya oyó al final del bachillerato, y que ahora vuelve a oír: son mensajes ya conocidos pero, ocurre que, de pronto, y en los días siguientes, se recrudecerán, atronando en todas partes.

De repente, algo le hace sonreír: es el aviso de que hay una Cataluña que no es la que tiene que vivir todos los días, sino algo maravilloso, mágico, una de las tierras búdicas. Es el paraíso terrenal y para ello, hay que salir de la España de abajo, variopinta y grande, que se extiende hacia el sur, prepotente y de repente extraña.

Eso él no lo comprende muy bien pero le entra en el corazón muy hondo: hay otros mundos pero están en este (Paul Eluard), de manera que llevando la vida que lleva, no demasiado gloriosa pero con un buen ajuste con la vida según la jerga de la psiquiatría (Aldous Huxley) algo puede ocurrir que sea sustantivo, colosal, y que se encierra en la palabra independencia.

Nuestro hombrecillo no lo entiende muy bien pero esa independencia sí le atrae y le puede sacar como en la película Milagro en Milán, y llevar hacia algo completamente nuevo: dinero, libertad de las cadenas del hombre del traje gris de Gregory Peck.

Es sabido que por lo menos un instante estamos en el paraíso (Borges). Todo parece, de pronto, que se desvanece: potentísima ha sido la experiencia de esa independencia versus libertad que ha vivido nuestro hombre.

Los mandarines que tejen y destejen sus coaliciones, sus tripartitos parecen sosegar el amargor de la decepción de nuestros panadero cuando el procés se diluye momentáneamente, pero no alivian la decepción pues es mayor la potencia misma que tiene soñar con una vida mejor, lo cual le sucede al individuo humano desde épocas paleolíticas.

Nuestro panadero volverá a sentir que hay otra tierra, otra Cataluña. El fervor, de una tierra prometida, entra en los tuétanos del alma.

Javier del Amo es poeta y novelista.

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