El catalanismo moderado que nunca existió

Pocos partidos como la Lliga y pocos personajes históricos como Francisco Cambó han disfrutado de mejor prensa en la historia española del siglo XX. El primero se ha divulgado como el movimiento regionalista modélico, el nacionalismo deseable y no rupturista que añoran muchos constitucionalistas. El hecho de que el nombre haya resucitado durante el ‘procés’, esa Lliga Democràtica que busca el nacionalismo con ‘seny’, indica que la imagen persiste en determinadas élites políticas más o menos leídas. Incluso desde la historiografía republicana y socialista, suele presentarse a la Lliga como una especie de ‘derecha civilizada’ y ‘moderada’, el partido centrista de una sociedad desarrollada como la catalana, en contraste con la derecha del resto de España, a la que se tacha en general de reaccionaria y repleta de pulsiones autoritarias.

El catalanismo moderado que nunca existió¿Qué decir de Cambó? Dedicado con preferencia a la política nacional, su figura es más conocida que la del verdadero artífice de la Lliga, Enric Prat de la Riba, que circunscribió su acción a Cataluña. La popularidad de Cambó la amplificaron Antonio Maura y sus seguidores. Los mauristas consideraron al dirigente nacionalista no solo un referente político, sino incluso el hombre llamado a heredar al propio Maura. De ahí que la gran mayoría de los que posteriormente reivindicaron la figura y el legado del estadista conservador también sintieran una invencible simpatía hacia el dirigente de la Lliga. Y si los fracasos políticos del vaporoso proyecto maurista entre 1909 y 1923 no hicieron mella en el culto a quien lo personificó, tampoco los fiascos de Cambó entre 1917 y 1936 impidieron su reivindicación. Las responsabilidades siempre se endilgaron a los denostados políticos del ‘turno’, cuando no directamente a Alfonso XIII.

Cambó era, indudablemente, un hombre astuto y capaz. Su ‘feeling’ con Maura databa del gobierno largo de este último (1907-1909), cuando el dirigente ‘lligaire’ aceptó romper su coalición con los republicanos -la Solidaridad Catalana- a cambio de que el jefe conservador asumiera, con la Ley de Administración Local, la bandera que realmente había llevado a los nacionalistas a esa alianza: una Cataluña autónoma. Maura pensaba que a la Lliga se la podía integrar con una reforma descentralizadora, a cambio de la cual los nacionalistas aceptarían convertirse en la sección catalana del Partido Liberal Conservador. Pero se equivocaba. Al romper la Solidaridad, Cambó no se había moderado. Solo había demostrado que subordinaba la cuestión monarquía/república a la meta fundamental de su movimiento: el Estado catalán.

Quizás ha sido Jesús Pabón en su monumental biografía de Cambó el que más ha contribuido a difundir el equívoco maurista del ‘nacionalismo moderado’, que llega hasta nuestros días y que tanto encandila a nuestra izquierda y a nuestra derecha. Para Pabón, la Lliga solo habría pretendido la autonomía catalana dentro de una reordenación territorial para toda España, con el fin de dinamizar una nación en declive. El ocasional radicalismo discursivo del nacionalismo, e incluso sus reivindicaciones maximalistas, no expresarían las verdaderas intenciones de la mayoría de sus dirigentes. Y si a veces los ‘lligaires’ abundaban en estos discursos, eso sería solo una reacción a la frustrante incomprensión de los políticos de Madrid, incapaces de desprenderse de los prejuicios centralizadores heredados del liberalismo decimonónico. Ese radicalismo sería además instrumental: los nacionalistas apostaban fuerte para lograr, pidiendo lo máximo, al menos una parte. ¿Les suena a ustedes todo esto?

Tales interpretaciones parten de equiparar erróneamente ‘moderación’ a ‘gradualismo’. Cuando el nacionalismo no es mayoritario, cuando está inmerso en la edificación de su comunidad soñada y cuando no puede imponerse al poder público de la nación en la que opera, limita sus objetivos a apropiarse progresivamente de palancas de poder con las que acelerar la ‘construcción nacional’. Pero esta estrategia gradual jamás cancela, como ya reveló Elie Kedourie, la meta irrenunciable, que es el Estado propio.

Cuando la Lliga cristalizó como movimiento político en el tránsito del XIX al XX, sus dirigentes la concibieron como el instrumento que debía crear una conciencia nacional que identificara a los habitantes de Cataluña como miembros de una comunidad definida en términos de un idioma y una cultura propios. Esta toma de conciencia excluía cualquier identificación con España, a la que consideraban un Estado artificial e impuesto a las ‘nacionalidades ibéricas’ por el expansionismo castellano. La Lliga no era liberal, porque supeditaba las libertades individuales que la Constitución de 1876 reconocía a todos los españoles a la comunión con el colectivo político nacionalista. Las fronteras de ese colectivo las delimitaba exclusivamente la Lliga: solo dentro de ellas debían reformularse los ‘derechos de los catalanes’, quedando fuera de esa condición de ‘catalán’ los que se negaran a comprometerse con el proyecto nacionalista.

Estas claves hacen inteligible la reivindicación ‘lligaire’ de un Estado catalán, que implicaba abolir la jurisdicción de las instituciones nacionales en Cataluña, incluidas las que salvaguardaban las libertades civiles frente al poder regional. En adelante, el catalán debía ser, exclusivamente, la lengua oficial. Todos los funcionarios, jueces y magistrados debían haber nacido en Cataluña, y sus tribunales fallarían los pleitos y causas en última instancia. Unas Cortes propias tendrían pleno poder legislativo y fiscal, y sus tropas solo prestarían servicio dentro de la región. Todo ‘gobierno interior’ se reservaba, por tanto, a un Estado ligado al resto de España por una política exterior y aduanera comunes, y esta última porque debía asegurarse a la producción catalana el mercado nacional. El Estado propio era el objeto codiciado por los nacionalistas, que disimulaban en Madrid tras vocablos como ‘descentralización’ y ‘autonomía integral’, y que no pocos historiadores todavía emplean como si la meta de aquellos nacionalistas fuera la autonomía en un Estado como el de la Constitución de 1978.

Si se observa que la Lliga y sus dirigentes eran nacionalistas antes que conservadores, se entiende mejor al Cambó que describo en 1917. El Estado catalán y el Soviet español, dispuesto no sólo a enrolarse en el campo revolucionario, sino a coordinar a ese frente heterogéneo que englobaba también a sindicalistas, republicanos y oficiales junteros. En julio de 1917 lo orientó hacia un levantamiento republicano que se inspiraba en la revolución rusa de febrero/marzo de ese año; y en octubre de 1917 a apoyar un golpe militar que abriera a la Lliga las puertas del poder, a semejanza de lo ocurrido en la Grecia de Venizelos. Cambó logró lo segundo pero, tras su fracaso en las elecciones generales de 1918, no dudó en postular abiertamente una dictadura militar, esperanzado en que su ascendiente sobre los junteros le permitiera avanzar hacia el Estado catalán. Su postura anticiparía el posterior apoyo ‘lligaire’ a Primo de Rivera en 1923.

Roberto Villa García es profesor titular de Historia Política de la Universidad Rey Juan Carlos.

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