El centenario olvidado de Verdeguer

Una de las pruebas o expresiones más irrefutables de la crisis de una sociedad es su desacierto en la elección de los personajes y episodios de la historia de su pueblo que merecen ser recordados. La pietas filial, tan encarecida por los romanos en su concepción de la identidad patria, estaba aún si cabe más peraltada en su ideal de convivencia y fundamentos de la comunidad. De ordinario, la España actual se encuentra en los antípodas de la idea y el pensamiento de los antiguos habitantes del Lacio, tal vez el pueblo que haya llevado con más dignidad el aplastante peso de la púrpura.

Muchos son, en efecto, los motivos para conmemorar con mínima relevancia el centenario del nacimiento en Valencia de un sacerdote ejemplar y un historiador de honda huella en la profunda renovación de la imagen del siglo XIX llevada a cabo en los decenios centrales de la centuria pasada. Testigo de un siglo de vida española, D. Federico Suárez Verdeguer (19172005) participó en la guerra civil en el bando republicano. Ingresado en el Opus Dei y siendo ya desde 1947 catedrático de Hª Moderna y Contemporánea del Alma Mater compostelana, se trasladó un sexenio más tarde a la flamante Universidad de Navarra para ejercer la docencia, compatibilizada con una intensa actividad sacerdotal. Años después, al verificarse el matrimonio entre D. Juan Carlos y Dª Sofía se le designó capellán de La Zarzuela. Durante más de un veintenio –Capellán Real en 1975– en el desempeño de dicha tarea sacerdotal no haría ninguna manifestación pública de sus trabajos y días; y ello pese a haber tenido desde sus tiempos iruñeses relación amigable con algunos de los periodistas más famosos del país, estudiantes o profesores destacados de la mítica Facultad pamplonesa de Ciencias de la Comunicación, creada por uno de los pocos, muy pocos liberales españoles de la segunda mitad del siglo XX, Antonio Fontán, con la ayuda directa e inapreciable del también sevillano Ángel Benito Jaén.

Las tareas pastorales desplegadas en el Palacio de La Zarzuela por D. Federico Suárez las compatibilizó con las derivadas de director del Departamento de Hª Moderna y Comtemporánea de la Universidad de Navarra –única existente en dicho territorio foral hasta la implantación de otra Alma Mater pública–. La Dra. Berasaluce, su inestimable colaboradora, afrontó con el mejor ánimo y competencia la dura e indispensable labor editorial de un Departamento que puso en pie la, en conjunto, mejor producción bibliográfica y documental que todavía existe en punto al conocimiento y estudio de la crisis del Antiguo Régimen español. Naturalmente y de su lado, monografías y textos de primer orden y superlativa categoría historiográfica, aparecidos con anterioridad en editoriales privadas o institucionales, cimentaron el sólido prestigio intelectual de quien fuese el fundador y cabeza de la denominada en ciertos ambientes «Escuela Histórica de Navarra».

El sacerdote y catedrático valenciano consagró igualmente parte de su insomne trabajo y permanente comercio con las imprentas a dar a la luz varios y muy salientes libros de espiritualidad, escritos con la sencillez y nitidez de las que su febril pluma semejaba poseer el secreto.

De la obra de una personalidad tan laboriosa y de fecunda presencia en varios frentes culturales ¿qué queda hodierno? De su prolongada tarea como capellán de los Reyes Eméritos el escalpelo del articulista se halla, obviamente, por entero acemado para intentar cualquier análisis. Más libre y dispuesto se encuentra, claro es, para aventurar la impresión o juicio que, en su opinión, provocaría en el ánimo del admirable sacerdote protagonista de estas líneas la situación moral de la España del presente. Varios de los índices más elocuentes en ese terreno –divorcios, abortos, tabidez muy extendida entre sus elites…– no dejarían, a buen seguro, de suscitarle una sensación pesarosa. Tales hechos y otros del mismo género se sitúan, rectamente, en los antípodas de su axiología y carácter.

Por el contrario, y de manera un tanto inesperada, su legado historiográfico se ofrece en la actualidad roborante, sobre todo, en la faceta que una lectura presentista resalta con singular vigor. El estudio de las transiciones –per se, de tanta entidad como el de las revoluciones, a los ojos de las nuevas hornadas de contemporaneístas vinculadas al oficio de Clío– halla en su dilatada producción bibliográfica una trascendencia, ratificada en nuestros días por los investigadores imantados por tal temática en su proyección española. Sin adentrarnos ahora ni en profundidades ni matices no obstante su imponderable relieve, su tesis al respecto enlaza con la tan conocida por las últimas generaciones hispanas del triunfo de la continuidad sobre la ruptura en el tránsito del régimen absolutista al liberal. Una grande, casi gigantesca figura vino a ser el deus ex machina de tan asombroso acontecimiento. El lucense D. Luis López Ballesteros, ministro de Hacienda durante la «década ominosa», en completo uso de la confianza de alguien tan insuperablemente receloso por naturaleza y vida como Fernando VII, enhebró, de forma lúcida y todavía sorprendente, los numerosos, incontables hilos con los que él y un grupo selecto y audaz de colaboradores tejieron la operación que condujera al trono a Isabel II.

Pergeñada en algún extremo, intuida en ciertos puntos, la tesis de F. Suárez Verdeguer ha sido ratificada en sus claves esenciales. D. José Mª Serrano Sanz es un reputado docente de una de las disciplinas cultivadas de forma más acribiosa en la descoyuntada Universidad española del presente: Economía Aplicada. Mediante monografías de diversa complexión ha estudiado la, a las veces, novelesca trayectoria de varias biografías de la élite aragonesa de las primeras décadas del Ochocientos. Parte de biografías tan sumamente pintorescas y azarosas confluyeron en las postrimerías del reinado fernandino en el influyente círculo político y cortesano de López Ballesteros. Bajo la égida del gran hacendista, todos se acomodaron al importante papel asignado por el modelo de transición sin ruptura diseñado por aquel, con increíble dosis de pragmatismo y audacia. Resultado: ni el Ejército regular, ni la aristocracia, ni la alta burguesía industrial –barcelonesa, fundamentalmente– y mercantil, ni la misma Iglesia jerárquica, con la salvedad de algunos relevantes prelados, apoyaron de forma clara y eficaz a la causa carlista.

Todavía in fieri, el relevante estudio de Serrano Sanz, una vez publicado, vendrá a ser, en el terreno historiográfico, el mejor homenaje y, harto probablemente, el que más le hubiera gustado recibir en vida a D. Federico Suárez Verdeguer.

José Manuel Cuenca Toribio, de la Real Academia de Doctores de España.

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