El centro avanza

El expresidente José María Aznar suele recordar el reproche que le hacía Adolfo Suárez: «Tú me echaste de la política». A lo que aquel respondía: «Es que tú te pusiste en medio..».. El CDS ocupaba el centro político desde 1982 hasta que el joven Partido Popular de principios de los años 90 lo desplazó con una estética de modernidad y un programa reformista, centrado e independiente, liberado de las hipotecas morales que hasta entonces habían lastrado a la derecha conservadora de Manuel Fraga. El PP de Aznar se convirtió en un partido ganador cuando alcanzó así las paredes del electorado del PSOE, haciendo incursiones en su interior gracias a un planteamiento moderado que proyectaba una sociedad más libre y abierta frente a la decadencia del felipismo.

El centro avanzaExactamente en los mismos términos podría hablarse de las victorias de Isabel Díaz Ayuso en Madrid o de la del último domingo de Juanma Moreno en Andalucía, en ambos casos a costa de devorar a sus socios de Ciudadanos y penetrar en el macizo de un PSOE al que se percibe como radicalizado e ineficaz. Andalucía marcará tendencia a nivel nacional, pero sobre todo la marcará también en cada uno de los espacios políticos porque los resultados implican que la convicción ciudadana ha devuelto a la competencia electoral la lógica centrípeta con la que fue concebida (las elecciones se ganan en el centro) y la ha sacado de la centrífuga, que implica desplazar la contienda hacia los extremos más ideologizados y que es la propia de la polarización y el vaciamiento de la centralidad que aprovecha Pedro Sánchez, y que fue la que propició el frentismo de la Segunda República.

Ciudadanos no va a recuperarse de la derrota en Andalucía, por mucho que se refunde o cambie de marca. Desaparecerá, como el CDS, y con él un instrumento útil para el «diálogo y la concordia», como reivindicaba aquí este lunes Andrés Trapiello, nuestro Mariano de Cavia. En realidad, el proyecto inició un inevitable languidecimiento víctima de su propio éxito, cuando la ambición de Albert Rivera le llevó a participar de la dinámica de bloques antagónicos para competir por el liderazgo de la derecha, olvidando la función social que le atribuían los ciudadanos, que era precisamente la de neutralizarla: la de ejercer de moderador de la vida pública en nombre de los valores transversales del consenso y evitar así que las mayorías tengan que completarse con particularismos, nacionalismos o, como es el caso ahora, populismos, extremismos viscerales y radicalismos.

Las prioridades han cambiado para los ciudadanos, preocupados por la inflación y la recesión inminente, y las capas más dinámicas, influyentes y emprendedoras de la sociedad, que es donde reside el centro que volverá a decidir las elecciones, empiezan a inclinarse a ver como presidenciable valor refugio a Alberto Núñez Feijóo. Pero en el largo año y medio que queda por delante hasta las generales, consolidar el respaldo de esos sectores de antiguos votantes de Cs, los más pragmáticos y exigentes, será para el líder gallego un reto perentorio para que la proporción de fuerzas asegure una estabilidad.

Y para lograrlo no será suficiente con presentar la alternativa más decente al sanchismo, será indispensable buscar de la sociedad un mandato para aplicar un proyecto liberal verdaderamente transformador y profundo, que recupere la racionalidad democrática en nuestra cultura política frente al infantilismo moralista, frívolo y sectario; que haga hincapié en una ética civil y en la necesidad de una regeneración de las instituciones que son la garantía de la libertad; y que incluya una reforma educativa orientada al valor añadido, el esfuerzo y la responsabilidad.

Que Juanma Moreno haya escondido las siglas durante su campaña es la mejor prueba de que la marca no está totalmente recuperada de la erosión de la corrupción. Y el partido sigue desnortado en Cataluña y sobre Cataluña, territorio fundamental para la gobernabilidad, la cohesión y, sobre todo, para clarificar su idea del país. Para resolver estos problemas, o para mantener una voz más influyente en Europa, el PP puede recurrir a los activos mejor valorados de Ciudadanos.

La lógica que ha salido de las elecciones de Andalucía coloca a Vox ante una encrucijada. Probablemente haya tocado techo y eso sitúa en otros términos su capacidad de influencia en el debate público. El voto útil procedente del PSOE que ha alimentado las urnas de Juanma Moreno evidencia que la propia pujanza de un partido de derecha dura contribuye paradójicamente a identificar entre el electorado de centro izquierda al PP como una formación moderada, joven y renovada. Y ese crecimiento que hace de Feijóo un potencial ganador atraerá también a seguidores de Santi Abascal, que enraíza no obstante su espacio propio y es muy posible que continúe en porcentajes relevantes.

La intervención llena de patetismo de Mónica Oltra para anunciar su dimisión dos días después del 19-J simboliza el obituario de una forma de hacer política del populismo de izquierdas. Sus estertores continuarán durante las protestas de la cumbre de la OTAN y mientras Sánchez los mantenga en el Gobierno. Quien seguirá seguro es Yolanda Díaz, que se pretende más racional y recogerá los restos de ese naufragio, pero que ahora mismo, tropiezo tras tropiezo y sin una organización que la sostenga, es una completa incógnita que parece abocada al reducto que en su día ocupó Izquierda Unida. La mayoría del bloque de izquierdas con el nacionalismo será así mucho más difícil.

La gran cuestión es Sánchez. ¿Se ajustará a la lógica de la centralidad y los grandes pactos o se mantendrá asociado al extremismo de izquierdas? Pues intentará hacer, como siempre, lo que más le convenga. Para visibilizarse como hombre de Estado tendrá varias oportunidades extraordinarias que no cabe menospreciar y con las que no cuenta Feijóo: la cumbre de la OTAN, el reparto de los fondos europeos -aunque hasta ahora están siendo un fiasco-, el momento de expulsar del Consejo de Ministros a los miembros más asilvestrados de Podemos, la Presidencia de la UE coincidiendo con el final de la legislatura...

Pero de momento, su primera reacción al revolcón electoral ha sido la de activar todos los resortes para atrincherarse en el poder. Manual de resistencia. La recuperación de la relación de interés mutuo con ERC con la vista puesta en los próximos presupuestos, el asalto a una empresa estratégica como Indra, también al INE por echar agua en el vino de su propaganda económica, las iniciativas acordadas ayer para diluir el descontento social a costa de engordar aún más el déficit público, su propio victimismo señalando a la prensa crítica...

Mención aparte para la contrarreforma que permita al Consejo General del Poder Judicial nombrar sólo a los magistrados del Tribunal Constitucional y así provocar a toda prisa un vuelco ideológico para los próximos nueve años en el mayor contrapoder del Estado. Los votos para sacarla adelante tendrán que salir de Podemos, ERC o Bildu, que se cobrarán un altísimo precio en forma de plazas en la corte de garantías o de reformas que afecten a la cohesión del Estado, sin que nada garantice además que el Consejo sea capaz de ponerse de acuerdo en los tiempos que exige Moncloa.

Maniobras todas ellas muy reveladoras de la debilidad y la vocación con la que se mira Sánchez, que no es otra cosa que un ideólogo de sí mismo experto en sobrevivir en las situaciones más extremas. Pero los márgenes de acción se estrechan: por su propia falta de credibilidad, por las hipotecas a las que le obligan los socios y la trayectoria que definen la naturaleza de su proyecto y, ahora también, por las condiciones de duro ajuste fiscal que más pronto que tarde nos impondrá Europa.

Joaquín Manso, director de El Mundo.

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