El centro como epicentro

Las interpretaciones que se hicieron de las elecciones generales de 2008 por personas e instituciones de las que parece razonable decir que no deseaban la victoria del Partido Popular, indican que el PP sorprendió a la izquierda por su capacidad para avanzar y consolidarse como la opción preferida por los electores del centro. Suceso que llenó de estupor a algunos analistas, que creyeron que no era difícil que el PP ganara las siguientes elecciones -como efectivamente sucedió en 2011- porque no era sencillo que el PSOE reconquistara el voto de centro que había perdido ni lo era que conservara el voto radical que había obtenido en aquella ocasión. Un cambio en el ciclo económico, por ejemplo, podía desequilibrar la balanza a favor de los populares.

Su sorpresa provenía de su incapacidad para comprender cómo la «estrategia de la crispación», que según ellos había desarrollado el PP desde 2004, pudo obtener el premio electoral del voto centrista. Julián Santamaría y Henar Criado se preguntaron en la revista Claves lo siguiente: «Pero ¿qué pudo inducir a los votantes moderados del PSOE a cruzar la barrera y votar al PP?… ¿Qué fue lo que pudo impulsar a ese grupo de votantes en posiciones fronterizas con el centro izquierda a dar ese paso?». Las posibles razones eran diversas y complejas, especialmente -afirmaban- porque «el hecho es que los antiguos votantes del PSOE que votaron en 2008 al PP son ideológicamente moderados, situados en posiciones muy próximas al punto central en la escala de la autoubicación ideológica. Lo lógico es que estos votantes se sientan atraídos por partidos con actitudes y ofertas políticas moderadas, por lo que la estrategia de la crispación parece la menos adecuada para seducirlos». Sus dudas encontraron respuesta en el hecho de que «el centro es el espacio abierto a la competición entre PP y PSOE y quienes se sitúan en él afirman con ello su equidistancia respecto a todas las posiciones posibles; o lo que es igual, su relativa indiferencia ante los planteamientos ideológicos de cada partido».

Afirmaban luego que «frente a este tipo de votantes la estrategia de la crispación podía resultar rentable» y ensayaban algunas explicaciones que confirmaban la fortaleza de las posiciones del PP en el electorado centrista en los asuntos relacionados con la cuestión territorial y con la política antiterrorista, que a su juicio había sido decisiva. Obviamente, pensaban, un cambio de postura del PP en estos asuntos causaría un debilitamiento inmediato de su fortaleza electoral en el centro: el votante que había abandonado al PSOE para votar al PP «aun suscribiendo y respaldando las políticas sociales promovidas por el Gobierno, se habría sentido más atraído por la actitud de la oposición ante cuestiones como el Estatuto Catalán y la política antiterrorista».

La Fundación Alternativas elaboró un informe sobre la democracia en España/2008 con este expresivo título: La estrategia de la crispación. Derrota, pero no fracaso, donde indicaba que «la estrategia de la crispación ha tenido un efecto no menor en el proceso electoral, al privar a los socialistas de una parte del voto del centro del que disponían al principio de la legislatura y que, eventualmente, podría haberles dado la mayoría absoluta en los comicios del pasado mes de marzo». Añadía que «el PSOE consiguió repetir la victoria gracias a los apoyos de los votantes nacionalistas y a la movilización de la izquierda. No parece, sin embargo, que haya recuperado la fuga de votos en el centro que se produjo como resultado de las reformas estatutarias. El discurso territorial del PP parece haber calado, provocando algún trasvase de votos desde el PSOE». Por su parte, José María Maravall afirmó que «la crispación rompió al electorado moderado», y que «pese a la extraordinaria crispación que generó su estrategia, (el PP) mostró una considerable fortaleza en el electorado moderado».

Es decir, la izquierda interpretó las elecciones de 2008 como la sorprendente evidencia de que la denominada «crispación» alrededor de cuestiones esenciales de orden territorial y sobre la negociación con ETA había proporcionado voto moderado al PP, y eso fue precisamente lo que permitió impedir la victoria socialista por mayoría absoluta y consolidar una posición desde la que el PP pudo ganar en 2011. Lo que debe hacer que nos preguntemos si lo que crispa a la izquierda es lo que crispa al centro. Y que respondamos que no: crispación es el nombre que la izquierda da a lo que el PP hizo para conquistar el centro.

La reciente conferencia política del PSOE, que ha escenificado un supuesto giro hacia la izquierda, ha sido saludada por algunos como el abandono de un espacio de centro del cual el PP va a beneficiarse necesariamente. A esa interpretación ha acompañado una media sonrisa por la torpeza del socialismo al obrar de ese modo. Sin embargo, a la luz de lo que la izquierda pensó que ocurrió en 2008, la operación emprendida por el socialismo puede tener sentido si se entiende que precisamente en los asuntos que permitieron al PP conquistar el voto de centro en aquella ocasión los populares van a encontrar ahora dificultades serias para repetir su éxito.

El último barómetro del CIS registra datos alarmantes para el Partido Popular. La opinión sobre el presidente del Gobierno y sobre el Gobierno mismo se encuentra en mínimos históricos, y la intención de voto registrada para el PP ha caído desde el 30,5 hasta el 11,4 en menos de dos años y es igualmente la peor de la legislatura, por debajo de la del Partido Socialista. Todos los índices de confianza económica y política han empeorado y el recuerdo de voto en las elecciones del 2011 casi se encuentra igualado entre el PP y el PSOE, pese a la enorme diferencia real que tuvo lugar. Son muchísimos los encuestados que no manifiestan la intención de su voto, y todo puede cambiar mucho todavía. Pero lo que parece claro es que en ese territorio de centro que el PP supo conquistar en 2008 y retener en 2011 se han abierto paso nuevos competidores que están mostrando un rendimiento nada despreciable. Y que lo están haciendo además con un mensaje directamente dirigido a las cuestiones de orden territorial y antiterrorista. Si el PP pierde apoyo en ese espacio electoral -un espacio que ahora se encuentra muy poblado por el lado de la oferta de listas- puede tener sentido que el PSOE trate de recuperar voto radical, en la confianza de que el PP perderá voto moderado. El centro electoral puede convertirse en epicentro de una confrontación decisiva en la que el PSOE no necesita estar para que quien pierda sea el PP, lo que le ahorra la servidumbre de la incoherencia que sufrió en ocasiones anteriores: puede dedicarse a pleno rendimiento a acreditarse como la mejor lista en las generales para todo tipo de radicales, sin tener que aparentar además que compite por el centro, porque ya hay otros que hacen esa función, puesto que el espacio electoral popular se ha fragmentado. Si el PP cayera en la tentación de «arrendar» escaños nacionalistas para suplir un hipotético debilitamiento propio -especialmente si se percibiera como decisión preelectoral- sólo ahondaría aún más su desfallecimiento centrista, reafirmaría a sus competidores en ese territorio y aumentaría las posibilidades socialistas de formar Gobierno.

Miguel Ángel Quintanilla Navarro es director de publicaciones de la Fundación Faes.

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