El centro decide las elecciones en España

Por Belén Barreiro, politóloga (EL PAÍS, 06/12/07):

De las nueve elecciones generales celebradas en España, cuatro las han ganado partidos de centro o de derecha, mientras que la izquierda, representada por el PSOE, se ha hecho con la victoria en las cinco ocasiones restantes. Teniendo en cuenta que las encuestas demuestran sistemáticamente que en nuestro país hay bastantes más ciudadanos de izquierda que de derecha, no deja de llamar la atención el triunfo de los centristas y de los conservadores en casi la mitad de las convocatorias.

Las principales razones que explican el relativo equilibrio en las victorias electorales son, por un lado, la división de la izquierda en dos partidos (PSOE e IU) y, por otro, la mayor tendencia de los ciudadanos progresistas a no votar al PSOE, eligiendo, entre otras opciones, la abstención. Así, mientras que las victorias del PP están sujetas a que la izquierda no se movilice en exceso, los triunfos del PSOE no dependen de lo que se haga en el campo ajeno.

En un artículo de opinión publicado recientemente en este diario (11-11-2007), César Molinas llama la atención sobre las condiciones que deben cumplirse para que el PSOE gane las próximas elecciones en España: un voto a IU lo suficientemente bajo y una participación lo suficientemente alta. Mediante el análisis agregado de los resultados de las elecciones, cuyos datos se obtienen, como bien señala el autor, en la página web del Ministerio del Interior, se especifican en este interesante artículo los parámetros que podrían conducir a la derrota socialista: un voto a IU que supere el 4% y una participación por debajo del 71%.

Coincido con estas observaciones, cuyos fundamentos -especialmente la dependencia entre el voto al PSOE y la abstención- ya habían sido tratados en varios estudios de sociología política a partir de la explotación de las encuestas postelectorales del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

En su artículo, Molinas va más allá de este hallazgo y concluye que no son los votantes centristas los que deciden las elecciones en España, sino la izquierda que oscila entre el PSOE, IU y la abstención, calificada de izquierda volátil. La tesis se basa en las variaciones de voto entre elección y elección. Sin embargo, estas variaciones no permiten extraer conclusión alguna sobre la ideología de los electores, lo mismo que tampoco dejan conocer otras de sus características, como su edad, su clase social, sus actitudes religiosas, u otros atributos. Los flujos de voto entre elección y elección son ciegos con respecto a los perfiles políticos y sociales de los ciudadanos.

Esta observación va más allá de una discrepancia puramente metodológica: el problema no está en el método, sino en la pretensión de extraer una conclusión política de cierta trascendencia -las elecciones no se juegan en el centro- sin tener información alguna sobre la ideología de los que cambian de voto o de los que entran y salen del electorado. Esta información sólo puede obtenerse analizando la posición ideológica de los ciudadanos: para ello, se debe recurrir a las encuestas, el método que nos permite complementar los análisis agregados de los resultados electorales.

Según Molinas, los 600.000 votos que el PP gana en 2000 y que pierde en 2004 son el grupo de votantes centristas que hay en España. Por su lado, la izquierda volátil contendría a los dos millones de electores que perdieron los partidos de izquierda, el PSOE e IU, en 2000 y que habrían sido recuperados en 2004.

Varias observaciones son pertinentes. En primer lugar, el centro no puede cuantificarse sin más por lo que el PP gane o pierda. Sabemos, por las encuestas, que en España hay aproximadamente un 20% de centristas declarados, muchos más de los que Molinas estima. Estos ciudadanos son clave para determinar las victorias electorales. Los datos poselectorales del CIS revelan que el partido que gana las elecciones en nuestro país es, sistemáticamente, el más votado en el centro político (la posición 5 de la escala ideológica de 1 a 10). Ningún triunfo, ni del PP ni del PSOE, se ha producido sin haber ganado en el centro.

En segundo lugar, aproximadamente otro 20% del electorado, tanto en España como en otras democracias, no declara su ideología. La peculiaridad de estos ciudadanos, tanto aquí como fuera, es su tendencia a ponerse del lado del partido que gobierna. Salvo en las elecciones de 1996, en las que el PSOE gana el pulso al PP entre los que no tienen ideología pese a irse a la oposición, las demás victorias electorales de los dos partidos se han producido con el respaldo de estas personas. Por tanto, con la excepción señalada, el partido que llega al Gobierno en España es aquel que gana el pulso electoral tanto en el centro como entre los ciudadanos sin ideología, que, sumados, representan el 40% del electorado.

En tercer lugar, pese a que en nuestro país la media ideológica de los que no votan esté escorada a la izquierda, la bolsa de abstencionistas también se nutre de centristas y sobre todo de individuos sin ideología declarada. De hecho, son precisamente estos últimos los que más se abstienen, más de lo que lo hacen los ciudadanos de la izquierda (posiciones 3 y 4 de la escala ideológica). Otra cuestión es que el PSOE, a diferencia del PP, haya tenido históricamente ciertas dificultades para mantener a su electorado ideológicamente más próximo. Mientras que los populares logran el apoyo de casi todos los ciudadanos que se sitúan en la derecha, el PSOE no logra que la izquierda cierre filas. Las elecciones de 2000 representaron, en este sentido, el momento más dramático: únicamente el 48% de los que se decían de izquierdas (posiciones 3 y 4) votaron al PSOE. En las elecciones de 2004, sin embargo, la atracción del voto de izquierda fue casi tan alta como en las elecciones de 1986: el 68% votó socialista. Este porcentaje sigue estando, en cualquier caso, por debajo de la capacidad de atracción del PP, que logra que le vote el 80% de la derecha.

Esta diferencia en la capacidad de los dos partidos para atraer a los suyos se debe también a la heterogeneidad de los que se declaran de izquierda. En este grupo ideológico se encuentran bastantes votantes nacionalistas, que optan por partidos que defienden sus ideas en otro eje de competición, como es el eje territorial, pero también ciudadanos que, situándose en posiciones próximas a las del PSOE, simplemente se definen como liberales. Dado el pasado franquista de España, cabe pensar que haya ciudadanos que se sitúan en la izquierda por recelar de la derecha sin sentirse necesariamente socialistas.

En suma, las condiciones de la victoria electoral del PSOE son, para bien o para mal, más complejas de lo que se da a entender en el artículo de Molinas. El PSOE, como otros partidos socialdemócratas, se nutre de individuos ideológicamente diversos. Entre sus votantes, fieles o potenciales, se encuentran socialistas o socialdemócratas convencidos, pero también personas con perfiles ideológicos indefinidos, y ciudadanos que simplemente apuestan por la serenidad y la templanza. En el diseño de sus estrategias, el dilema para el PSOE consiste precisamente, como si de un juego de malabaristas se tratase, en hallar equilibrios.

Y a este electorado tan diverso al que el PSOE debe apelar, no sólo le une el rechazo a un PP que ha optado en los últimos tiempos por rehuir de la moderación, acercando más sus posiciones a la derecha norteamericana que a la británica, sino también la apuesta por un país eficiente que no renuncie a mejorar los servicios públicos y las políticas de bienestar. La balanza se inclinará del lado del PSOE si, en este final de legislatura, los ciudadanos moderados quedan convencidos de que la tensión en el clima político responde a una estrategia de la derecha, que es deliberada, como bien ha mostrado el Informe sobre la democracia en España (2007) de la Fundación Alternativas. Pero también si se les persuade de que las políticas emprendidas en estos últimos años son las que promueven el progreso de España.