El centro o la vida

Dentro de pocos meses hará cien años del día en que William Butler Yeats, angustiado por los horrores de la Primera Guerra Mundial y la guerra de la Independencia irlandesa, escribió un poema en el que auguraba aún peores tragedias. Se titulaba La segunda venida, y sus primeros ocho versos planean sobre nosotros desde entonces:

“Girando y girando en el creciente círculo
El halcón no puede oír al halconero;
Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
La mera anarquía se desata sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre se desata, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad”

El centro o la vidaTreinta años después, su pronóstico de que esa “segunda venida” del Apocalipsis no era la de Cristo, sino la de “la tosca bestia” que es capaz de engendrar la condición humana, ya se había encarnado en el nazismo y el estalinismo. Entonces, en 1948, un joven historiador que firmaba Arthur M. Schlesinger Jr. publicó un libro seminal, inspirado en el poema de Yeats. Se titulaba The Vital Center y tenía por subtítulo “The Politics of Freedom”.

La tesis de El Centro Vital era que la llamada “izquierda” norteamericana, formada por intelectuales y sindicalistas, debía abandonar hasta esa misma denominación, para dar la espalda al comunismo y converger con los sectores más avanzados de la derecha democrática y el mundo empresarial para promover, de forma radical, “las políticas de la libertad”.

Era algo equivalente a lo que había visto impulsar, en Francia, al veterano líder socialista Leon Blum, cuando Schlesinger formó parte de la legación americana que impulsó el Plan Marshall: la confluencia de lo que él llamaba la “izquierda no comunista” con la “derecha no fascista”.

Muy influido por pensadores como Hannah Arendt, Koestler, Orwell y, muy especialmente, el teólogo Reinhold Niebuhr, a quien trató cuando intentaba movilizar a la sociedad norteamericana contra el nazismo, Schlesinger desarrolló el concepto del centro político como algo mucho más profundo y consistente que la mera equidistancia de los extremos. Eso quedaba, según él, para “los políticos cobardes”, a quienes acusaba de esperar, pasivamente, el momento de “ser aplastados”. Detestaba el conformismo. Y eso que no conocía a uno que ustedes y yo hemos padecido.

Niebuhr había inculcado en Schlesinger la reflexión de Pascal de que “el hombre no es ni un ángel, ni una bestia; y su desgracia es que quien podría comportarse como un ángel, se comporta como una bestia”. Esta especie de mezcla de “realismo cristiano” y pesimismo existencial le convertían en promotor de la necesidad de vacunar a la humanidad frente a todas las derivas totalitarias. Anticipando lo que sería el eslogan de UCD, sin que sus promotores repararan nunca en ello, su receta de 1948 era que “en el centro está la esperanza”.

Frente a los mitos del superhombre y las utopías colectivistas; Schlesinger propugnaba “un nuevo radicalismo para restaurar el centro, para reunir al individuo y la comunidad en una unión fructífera”. Según él, la esencia de ese centrismo democrático reside en la actitud ante los conflictos: “Los problemas siempre nos atormentarán porque todos los problemas importantes son insolubles. Por eso son importantes. El bien proviene de la permanente lucha por intentar solucionarlos, no de la vana esperanza en su solución”.

Y, a modo de conclusión, añade: “Los totalitarios contemplan la tolerancia del conflicto como nuestra debilidad central. Así puede parecerlo en una era de ansiedad. Pero nosotros sabemos que, básicamente, es nuestra fuerza central. El nuevo radicalismo adquiere su fuerza de la aceptación del conflicto. Una aceptación combinada con la determinación de crear un marco social en el que el conflicto genere creatividad y no exceso de ansiedad. El centro es vital. El centro debe mantenerse”.

Desde su publicación, The Vital Centre fue percibido como una obra clave en el rearme moral del liberalismo frente al autoritarismo de las dictaduras de derechas y los cantos de sirena del socialismo, con o sin rostro humano. El libro se reeditó primero en 1970, cuando Schlesinger ya era el historiador oficial de Camelot, tras haber asesorado a JFK y Robert Kennedy hasta sus respectivos asesinatos, y después, en 1998, cuando Clinton lo tomó como referencia.

Otro tanto puede decirse, a un nivel más abstracto y en el plano de las señales de alarma, del poema de Yeats. Lo de “los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad” ha vuelto a ser citado una y otra vez, con motivo de los debates sobre el Brexit o la llegada de Trump a la Casa Blanca. También podría aplicarse a la política española reciente, tanto en relación con la dinámica cainita suscitada por Podemos como al golpe separatista en Cataluña.

¿Qué son los movimientos populistas del siglo XXI, sino una copia embrionaria de los totalitarismos del XX, amplificada por las nuevas tecnologías y, a la vez, constreñida por los límites morales que impone la globalización? Todo el mundo está observando, pero la tentación de escuchar a los profetas de las ideas falsas que proponen soluciones drásticas -siempre basadas en agredir a alguien- para problemas complejos, bulle, como si estuviéramos a oscuras, en el lado más innoble de la condición humana. La olla a presión estallará si una nueva crisis económica reproduce las condiciones para que el hombre se vuelva lobo para el hombre.

Esta misma semana vemos cómo irrumpe, catapultado hacia la presidencia del mayor país de América Latina, un individuo como Bolsonaro que sostiene que si tuviera un hijo gay, preferiría que muriera en un accidente, antes que verle con “un tío con bigote”; que dijo de una diputada que “no merece ser violada porque es demasiado fea”; y que, cuando votó a favor de la destitución de Dilma Rousseff, lo hizo “en honor” del coronel responsable de que la torturaran, durante la dictadura militar.

Mucho más cerca de nosotros, vemos que un individuo como Torra permanece al frente de la Generalidad de Cataluña, después de que el Tribunal Superior de Justicia haya dictaminado que debería ser encausado, si su presunto “delito de odio”, al tildar a los hispano parlantes de “bestias con forma humana”, no hubiera prescrito. Y vemos cómo un parlamento autonómico incurre en el esperpento de “reprobar” al Jefe del Estado, nada menos que por haber apelado hace un año al obligatorio cumplimiento de la ley.

Un día sí y otro también, escuchamos a Pablo Iglesias, aprovechar su condición de socio preferente del actual Gobierno, para atizar el maniqueismo, ubicando en la “extrema derecha” a un moderado como Casado y un centrista como Rivera. El propio Sánchez ha entrado en ese juego, culpándoles de la emergencia de Vox, mientras se frota las manos por la división del voto conservador.

Es difícil tener la cabeza fría, cuando se acaba de llenar a rebosar un recinto como el de Vista Alegre y se siente el estímulo de una parte del teatrillo mediático. Pero para personas como Santiago Abascal y mi admirado Ortega Lara, que se sentían cómodas en el PP de Aznar y fueron expulsadas por la culpable inanidad del marianismo, se abre el dilema de reinsertar a Vox como una corriente conservadora, dentro de un gran partido de centroderecha, que ha vuelto con Casado a sus esencias, o cumplir el guión que anhela la izquierda, evolucionando hacia las posiciones antieuropeas y xenófobas del lepenismo francés. Está bien que midan sus fuerzas en las elecciones europeas, pero hacerlo en unas generales, sería desperdiciar gran parte de sus votos.

No se trata, en todo caso, sino de una pieza más en el retablo. La cuestión clave de cara a los próximos años es si, dentro de un mundo cada vez más a la deriva, la cabra hispánica va a volver a tirar al monte de los extremismos, donde sólo le espera el despeñadero, o va a encontrar refugio en el albergue del consenso que alojó, hace 40 años, los mejores momentos de la transición. Ese albergue es la casa radiante en el centro de la colina que da cobijo a todos aquellos dispuestos al pacto y la transversalidad. La inventó Adolfo Suárez y, en los asuntos de Estado, pasaron por ella González y Aznar. Allí habitaba también el abortado “pacto de El Abrazo”.

Sánchez ha encontrado ahora su precario poder en otro sitio. Al borde mismo del acantilado. Las políticas que han culminado en el proyecto de Presupuestos más de izquierdas de la democracia, van en la dirección opuesta. Sus pactos con Iglesias y los separatistas generan división, estimulan los resentimientos, abren la brecha entre las dos Españas y auguran una nueva crisis económica, cuando aún no hemos superado la anterior. Si lo anunciado entra en vigor, la ralentización del crecimiento y el bloqueo de la creación de empleo quedarán, en una medida u otra, garantizadas.

Bendita sea Bruselas, si impide que el desmadre en el gasto público llegue demasiado lejos y se traduzca en otra escalada del déficit. Su tutela y el propio ciclo electoral, convierten este periodo en un paréntesis de riesgo acotado que, en el peor de todos los escenarios, supondrá año y medio de inmersión. Si es así, habrá que ponerse la escafandra, a la espera de volver a salir a flote.

Pero en las próximas elecciones generales, con la subsiguiente formación de un gobierno estable, con un mandato claro, nos jugaremos la vida. Porque, volviendo al poema de Yeats, “todo se deshará”, en el caso de que “el centro no pueda sostenerse”.

Todos los días vivimos episodios que alimentan el pesimismo. Pero, a veces, brilla la esperanza. Cuantos escuchamos el jueves en Tenerife a Patricia Ramírez, la madre del niño Gabriel, alegar, al recibir el Premio a la Concordia, otorgado por nuestros hermanos del Diario de Avisos, que “los malos son pocos, pero hacen mucho ruido”, tenemos, desde entonces, la sensación de que el antídoto a la visión sombría del poeta, también está en la condición humana.

Porque, mientras habiten entre nosotros almas nobles como la suya, personas capaces de transmitir la luz entre las peores tinieblas, la “ceremonia de la inocencia” podrá no ser “ahogada”. Por eso, EL ESPAÑOL intentará contribuir a que “el halcón pueda oír al halconero”. O, lo que es lo mismo, a que todos aprendamos a no repetir los errores del pasado.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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