El charnego literario

De pequeño viví en Artigues, entre Badalona y Sant Adrià de Besòs. Un día, el dueño de la panadería me recitó aquello de “setze jutges…” y no entendí nada. Mis padres hablaban catalán, pero en la escuela y en la calle dominaba el castellano –mi lengua materna–. El panadero no se burlaba de mí, pero a unos ojos extraños podía ser un charnego párvulo. En el barrio obrero del Gorg de Badalona, no se hablaba de charnegos: tenderos y pescaderas, oficinistas y mecánicos, modistas y peones sólo formaban un conglomerado poroso de catalanes, murcianas, valencianos, aragonesas, extremeños o andaluzas –culturas confluyentes entre las clases trabajadoras–. Los más fuleros ignoraban olímpicamente el centro; por no ir, no frecuentaban ni los entoldados de la fiesta mayor –pescaban en calles engalanadas–. En el más delirante de sus sueños, los trinxes de Guifré i Cervantes jamás se hubiesen planteado asaltar el centro de la urbe, liquidar a los mozos de la oligarquía, y raptar a las niñas de las monjas francesas. En mi barrio, el concepto moral de clase estaba muy arraigado: aquellos hijos de la “purria murciana revolucionaria”, según menestrales catalanistas, mostrarían maneras de charnegos apartados. Cuando el bachillerato, un día que leí un trabajo sobre la Revolución Francesa, el director me dijo: “Lástima que seas un gamberro”. Por proximidad fonética, entendí “charnego”, pero lo ignoré: era un buen estudiante, iba al campo de la Penya, me paseaba por la Rambla, y en el club de natación me relacionaba con todo el mundo –solitario, pero no discriminado: a unos ojos extraños, yo debía ser un charnego tolerado–. Hasta que una bruja de doce años fue y me soltó “castellanufo” y, más adelante, cuando intentaba hablar en catalán, un oficial de la Tinta, donde estaba de prueba, me dijo paternalmente: “Tú no eres catalán, ¿verdad?”. Quedé tocado, no hundido: mi imagen debía parecer la del charnego desorientado. Años después, en la Escola d’Art Dramàtic Adrià Gual, seguí hablando en castellano, aprendí de memoria la Ronda de mort a Sinera, y me casé con una catalana de pura cepa: a los ojos extraños, debía pasar por un charnego integrado. Y así hasta ahora, en que por culpa de la figura del charnego cultural me han querido convertir en un charnego agradecido. Conclusión: hay tantos charnegos como miradas oblicuas, demonizadoras. Pero la figura ideológica del charnego ha servido y sirve para inducir fracturas en las mentalidades por quienes arrugarían la nariz ante los efluvios de un sobaco obrero: el murciano que habría de sustituir al hortera saltataulells que lo menosprecia es una licencia poética vicaria de la mala conciencia de un señorito.

Es sabido que Juan Marsé ha fijado en su obra una tipología que tolera la interpretación tópica del viril, justiciero, insobornable charnego del Carmel contra los pusilánimes, paveros, idealistas pijos de Pedralbes. Menos difundida me parece, y más justa con el rigor de su visión y la conciencia de su arte, la del relato de una sociedad en la que la dictadura fascista, la mezquindad de los poderosos, la corrupción de las instituciones, y la voluntad de supervivencia de los desheredados, impiden la circulación de las ideas y el estallido de las diferencias, la libre actividad de las personas y las organizaciones de clase, por lo que los de arriba y los de abajo toman mitos en préstamo –como el Juanito Marés de las aventis– que no perderán su capa de purpurina hasta que la realidad los decape en 1975. Por otra parte, la figura pública de Marsé está asociada a las manifestaciones de los contrarios a la política lingüística de la Generalitat y a la pretensión de que la cultura del Principado beba únicamente del catalanismo político, versión pujolista. Pero hay otro Marsé, omitido por su reciente biógrafo, que no es el del charnego resentido ni el del Foro Babel, sino el creador de

Vargas, el charnego solidario de El fantasma del cine Roxy. Este andaluz analfabeto y hambriento llega a un barrio de la Barcelona de 1941, es acogido por una joven viuda catalana con una hija y, en agradecimiento, las defiende –como el Shane de Raíces profundas a los Starret– de los matones falangistas –los únicos que lo tratan de “charnego asqueroso”–que quieren destrozarles la papelería, porque venden libros en catalán– Carner, Sagarra, Riba, Salvat-Papasseit, Foix, Maragall… –entre tebeos y novelas del Oeste. El hombre, que no entiende una palabra de catalán, se aplica a aprenderlo tumbado en un jergón, a la luz de una vela, y con la ayuda de las dos mujeres. Mediante la relación de Vargas con una familia catalana represaliada, Marsé fija las etapas de formación y ruptura de lo que pudo ser una verdadera unidad popular: 1941-1960, solidaridad mutua y reconocimiento; 1960-1975: subordinación pacífica del charnego; 1975-1985: apartamiento resignado del charnego. De este proceso nacerá un hijo putativo de Vargas, el Pijoaparte, un charnego apocalíptico víctima de su furia irredenta: se ha cerrado la curva que va de la alianza estratégica de las fuerzas del trabajo y de la cultura del PSUC a la liquidación de la Assemblea de Catalunya y la hegemonía sociovergente, un despliegue democrático de exclusión de las clases populares, charnegas y no, mediante el reparto del poder entre los profesionales del Eixample y el Baix Llobregat. Y ahora que somos llamados a hacer pedagogía independentista entre la nueva inmigración, hay quienes se dirigen en castellano a gente que lleva aquí una vida entera…

Julià de Jòdar, escritor.

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