El ‘cheesecake’ ya no es lo que era

Por Pedro J. Ramírez. Director de El Mundo (EL MUNDO, 05/11/06):

Bueno, ya ven que la sugerencia de hace dos domingos de volver a investir a Companys presidente de la Generalitat, remedando la práctica secular de los gerundenses de resolver todas las crisis mediante la entrega del bastón de mando a San Narciso, no era tan descabellada. El desenlace del Catalunya Show ha estado a la altura de su desarrollo y ninguna de las combinaciones que se manejan garantiza mejor que mi fórmula simbólica ni el prestigio de los gobernantes ni el bienestar de los gobernados.

Pero para que nadie diga que veo con gafas oscuras todo lo que llega últimamente de la Barcelona estatutaria hoy quiero empezar con dos merecidas alabanzas: una muy obvia a la hazaña memorable de estos Ciutadans que, con fuego en el corazón y alas en los talones, han desafiado todas las leyes de la gravedad del mercado electoral y han logrado romper el statu quo sin más financiación que la de sus modestos bolsillos ni más atención mediática que las de este periódico y una insumisa cadena de radio; la otra, mucho menos previsible, a la brillante e ingeniosa cobertura periodística que La Vanguardia -un diario que no nos distingue en absoluto con su simpatía- ha dedicado a la campaña de los demás partidos.

En un ecosistema tan mezquino como el de la prensa española -tal vez debería decir estatal para no alarmar a nadie-, en el que sólo se glosan las virtudes de los afines y la distancia no parece servir sino para amplificar estereotipos y reproches, es todo un lujo permitirse la libertad de reconocer el mérito ajeno sin esperar nada a cambio. Pues bien: nuestro colega neonacionalista ha desplegado un alarde de imaginación e innovación en los formatos de lo que podríamos llamar periodismo electoral que le han elevado sobre la rutina y mediocridad ambiental. Las atractivas entrevistas de Xavier Sala con los candidatos o de Joana Bonet con sus cónyuges y experimentos tales como poner a los cabezas de lista a seleccionar en forma de portada las noticias del día, desembocaron en la jornada de reflexión en una estupenda producción fotográfica de Pedro Madueño, consistente en sentar a los cinco de la fama sobre una viga supuestamente colgada en el vacío.

La imagen estaba inspirada en la famosa instantánea publicada en septiembre de 1932 en el New York Herald Tribune por el fotógrafo Charles Clyde Ebbets con el título Lunch atop a skycraper. Once tan desenfadados como imprudentes operarios compartían piscolabis y tabaco en las obras del rascacielos de la RCA, con las posaderas clavadas en el estrecho puente de hierro y los pies flotando en el vacío, sobre el cielo en construcción del Manhattan del New Deal. La Vanguardia reproducía este impactante documento acerca de la capacidad humana de conquistar nuevas fronteras y desdeñar el riesgo que ello implica, acompañándolo de algunas referencias sobre la trayectoria de Ebbets, tan interesantes como incompletas.

Se explicaba, por ejemplo, que el audaz artista trabajaba como director fotográfico del vecino Rockefeller Center, pero se omitía que cobraba a razón de un dólar y medio la hora y que por tan magro estipendio él mismo se jugó la vida tomando esa y otras imágenes de la serie desde otra viga flotando en el abismo. Se subrayaba que la foto se convirtió muy rápidamente en un icono de la América que trataba de salir de la Gran Depresión, pero se corría un tupido velo sobre la bien notoria circunstancia de que fue sólo hace tres años -sí, sí, en octubre de 2003- cuando oficialmente quedó reconocida la autoría de Ebbets, después de que su familia lograra acreditarla documentalmente ante el Archivo Bettman que la tenía catalogada como obra anónima. Y, sobre todo, se relataba que, después de su experiencia neoyorquina, Ebbets se fue a vivir a Florida donde se especializó en retratar indios semínolas y paisajes lacustres, pero se escamoteaba al lector la muy significativa circunstancia de que en algún momento, antes o después de ese traslado, «se le atribuye -cito una sinopsis de su biografía disponible en internet- haber creado la primera cheesecake photograph».

¿Y qué importancia tiene, se preguntará el lector ingenuo, que este tipo tan osado se ganara también la vida fotografiando en su estudio pasteles de queso para reposterías y restaurantes? Bueno, ejem… Es que las cheesecake photographs no son exactamente eso, aunque varias generaciones de norteamericanos las hayan considerado más apetitosas que el mejor de los pasteles. Se trata, por decirlo pronto y mal, de fotos eróticas de chicas semidesnudas que «están como un queso» y que el artista produce, ilumina y retoca pensando en los calendarios para camioneros, posters para habitaciones de colegio mayor universitario o decoración de bar de copas para corazones solitarios. Todo un género que tiene sus antecedentes en los pícaros daguerrotipos sepias del Art Decó, entronca con la cultura de las pin up como Betty Grable o la propia Marilyn de la primera época y alcanza sus cimas de excelencia en revistas como Playboy o Penthouse.

Sin incurrir en la vulgaridad de la pornografía, una buena cheesecake photograph tiene que hacer volar la imaginación, sugiriendo aun más de lo que muestra y convirtiendo en objetos de deseo a chicas que, cuando se quitan el maquillaje y se vuelven a poner los vaqueros, tampoco son tan diferentes de la vecina de la esquina. Ésa es la aportación del fotógrafo con talento que, ayudado por iluminadores y estilistas, por la aerografía y otras técnicas de retocado, nos empuja a dar el enorme salto de la fantasía que media entre el ser y el parecer, hasta que resulta casi imposible acreditar si la modelo ha llegado a existir alguna vez o es el fruto de la paleta hipersensualista del ilustrador peruano Alberto Vargas -¡ah, las chicas de Vargas!- o alguno de sus émulos.

De ahí la relevancia de esta omisión, pues mi tesis es que aunque formalmente hayan imitado la composición de Lunch atop a skyscraper, en lo que Madueño y su equipo de verdad han emulado a Ebbets es en la producción de una muy bien concebida cheesecake photograph, destinada a estimular los sueños de los votantes y a agigantar el sex appeal político de sus cinco protagonistas muy por encima de su dimensión real.

Bastaba verlos allí, con sus manos en el regazo, sobre sus escaños de acero, aparentemente colgados por una grúa, supuestamente flotando entre los bellos arcos de hormigón del viaducto del AVE en Sant Joan Despí, para percibir en ellos a cinco prometeos del siglo XXI, portadores de la llama de la sabiduría y el progreso. Luego resultaba que tan sólo eran Piqué, Carod, Mas, Montilla y Saura.

El único error que cometió La Vanguardia fue incluir en la misma edición de la jornada electoral imágenes del llamado making of que en gran medida desmitificaban la foto para la Historia que acababa de presentar. Cualquier observador atento podía darse cuenta, gracias a esas otras instantáneas sobre el cómo se hizo, que en realidad la grúa no era sino un elemento de atrezo, que la presunta viga era un banco de dos patas firmemente apoyadas en la base del viaducto y que las piernas de los cinco prometeos nunca estuvieron más de 70 u 80 centímetros separadas del suelo.

El reportaje incluía en concreto una demoledora foto tomada desde atrás en la que el vértigo de la suspensión en el aire quedaba sustituido por una pueril apariencia de teatrito de marionetas. Para colmo a los cinco prometeos se les veía, en otra imagen, llegando al recinto, departiendo con el director del periódico y recibiendo indicaciones de lo que tenían que hacer. ¿Qué necesidad había de estos elementos de distanciación brechtiana, de esta destrucción de la magia y misterio de la cuarta pared, de este recordatorio en páginas interiores de que lo que el lector acababa de contemplar en la portada era mera impostura teatral?

Lo último que se le hubiera ocurrido a Ebbets habría sido enviar al Herald no sólo la foto de los 11 pajaritos en el alambre sino también tres o cuatro más en las que se le viera a él explicándoles cómo se tenían que sentar y dónde debían colocar la fiambrera del almuerzo. Y, desde luego, si junto con las fotos más sexys de las modelos, hubieran circulado otras con las chicas en ropa de calle aprendiendo de un estilista en qué posición debían colocar las piernas sobre el fondo de satén, tal vez habrían salido ganando los futuros historiadores de la industria del erotismo, pero no desde luego los consumidores de aquel cheesecake, inspirador de tantos aromas, efluvios y abstracciones.

Por si no hubieran tenido ya suficiente información con el making of del tripartito -lo peor de aquel episodio de la corona de espinas es que se veía a un ganso retratando a otro ganso en el lance de consumar una gansada, o sea que era puro teatro dentro del teatro- o el making of del Estatut, a los electores se les pinchó esa misma mañana el último globo que podía haberles levantado el ánimo participativo. Hasta la foto de La Vanguardia era sólo una broma, una ingeniosa inocentada de diseño con un par de meses de antelación sobre el calendario cristiano.

No digo que se convirtiera, pues, en un tiro por la culata -que le quiten lo bailao al director, en términos de notoriedad periodística- pero sí que el contraste entre la grandeza de esa imagen vista por delante y su ridiculez contemplada por detrás es el mejor símbolo de una Cataluña oficial de tan apabullante fachada como lamentable trastienda. Y, claro, como todo el mundo votaría a esos heraldos del futuro afrontando desde su puente de mando colectivo todos los riesgos e incertidumbres de la modernidad, pero en cambio nadie se movilizaría por esos calienta sillones simétricos, sólo empeñados en el apaño de su propia perpetuación, pues al final la ciudadanía hizo el promedio y casi la mitad se quedó en su casa o votó en blanco.

Ese caldo de la desafección de la calle bañó el miércoles por igual al menos a cuatro de esos cinco prometeos. Aunque, como de costumbre, si hubiera que dar por buenas sus conformistas palabras, en Cataluña no habría habido ningún perdedor, lo realmente notable de estas elecciones es que por muchas vueltas que se les den a los resultados, no hay manera de encontrar un genuino ganador que salga respaldado para heredar el solvente liderazgo de Pujol, tras el intervalo de tres años de maragalladas. Es cierto que CiU ha sido con creces el partido más votado, pero es la primera vez desde 1980 que alguien ostenta esa condición sin alcanzar el millón de sufragios. Sus datos son mucho más pobres no sólo de lo esperado, sino probablemente de lo merecido tras el smoking party de La Moncloa. Pero si ni siquiera teniendo a Montilla enfrente y con una Esquerra lastrada por sus dislates, Artur Mas ha sido capaz de llegar ni a esos 50 escaños que supondrían un tercio del Parlament ni al 32% de los votos emitidos -cosas que habría logrado simplemente con volver a llevar a las urnas a cuantos le apoyaron hace cuatro años-, todo indica que su tirón personal ha tocado techo y que, si Zapatero no le entroniza esta vez, ya no llegará nunca a la cima. Tendría gracia que su coronación en Barcelona se decidiera en Madrid y que el PSC fuera obligado a regalar el poder a su máximo adversario de igual manera que le regaló el Estatut.

Pensar, por otra parte, en la reedición del desprestigiado tripartito, cuando tanto su presunto president (Montilla) como su presunto conseller primer (Carod) han sido los cabezas de lista que han experimentado mayores retrocesos, sólo puede proporcionar alguna satisfacción a quienes hemos venido diciendo que la conducta de los poderes fácticos de Cataluña les hacía merecedores de algún tipo de calamidad así. Reconozco que los dedos ya se me hacen huéspedes sólo de imaginar cuántas crónicas gloriosas nos quedarían por escribir a cuenta del descuadre entre la monumentalidad del cargo que ocuparan gigantes como Macià o Tarradellas -sedimentada ya en el imaginario colectivo catalán-, y la raquítica impostura de este cordobés balbuceante en su lengua adoptiva, sin haber llegado a dominar nunca la materna. No me negarán que habrá una doble ración de justicia poética si el nacionalismo catalán tiene que tragar con Pepe Montilla como Molt Honorable President de la Generalitat y a éste a su vez le toca padecer el diario desbordamiento -en el fondo y en la forma- de la exuberancia de Carod. Si a todo un Maragall le montó sin avisar la excursión a Perpiñán, ¡qué no podrá hacerle al bachiller de Iznájar!

Montilla ya sabe desde ayer que si no comparte el poder con Carod no habrá tripartito porque Mas ha entrado en la subasta y la única manera de impedir que decida ERC -en la moderada Cataluña, los más radicales vuelven a tener la sartén por el mango- es cambiar de opinión y poner al PSC a disposición de CiU.

Lo único seguro en cualquiera de estas combinaciones en las que tan sólo Joan Saura podría sacar pecho con algún motivo es que, mientras los demás disputan el partido, Piqué no tendrá más remedio que quedarse de espectador colgado de la viga. Su insistencia lindera con el masoquismo por sentarse a la mesa con quienes le declaraban apestado ante notario era acreedora tal vez de la recompensa de la utilidad, pero el caso es que no la ha obtenido. Es decir, que ha renunciado a combatir frontalmente al sistema nacionalista con la encomiable esperanza de contribuir a suavizarlo desde dentro y se ha quedado al mismo tiempo sin la gloria de quien da testimonio de su fe y sin el rédito de quien capitaliza el pragmatismo. Se mire por el lado que se mire, su fracaso no ha sido mayor que el de los otros prometeos, pero sí lo ha sido la dimensión de su oportunidad perdida.

Visto lo visto, es obvio que desde el momento en que se puso en marcha el reloj del nuevo Estatut el PP tenía que haber promovido una plataforma transideológica de defensa de la España constitucional que aparcara todo lo demás y se presentara a las elecciones como oposición frontal al nacionalismo. Eso hubiera permitido incorporar a sus listas a los principales candidatos de Ciutadans y dotar al PP de un espíritu mucho más genuinamente centrista que el que se atribuyen quienes se limitan a quedarse a mitad de camino entre el acierto y el error. Piqué estaba convencido de que el Estatut naufragaría en Barcelona o en Madrid y luego le faltaron reflejos para plantear una batalla que tampoco le salía del corazón.

Sólo encomendándose a San Corbiniano podrá ahora el PP superar la parálisis política a la que le está abocando la falta de claridad de ideas en relación al conjunto de las reformas autonómicas. Entre tanto esa invocación surte algún efecto, sólo me atrevo a alegar que, habida cuenta de la patente diferencia en la intensidad de los factores que componen las respectivas identidades, lo coherente con haber pactado el Estatuto de Andalucía en los términos posibilistas en los que lo ha hecho Arenas, habría sido permitir a Piqué haber hecho otro tanto con el catalán -que es lo que de verdad le apetecía-, ganándose así un lugar para siempre en la confortable viga de la corrección política del Estado plurinacional impulsado por Zapatero.

La gran paradoja -y ahí está la clave de la oportunidad perdida- es que el electorado catalán acaba de demostrar, por segunda vez en pocos meses, lo poco motivado y representado que se siente por esa corrección política que, en definitiva, distorsiona y manipula sus verdaderos lazos de autoidentificación y pertenencia. Ya verán lo que ocurre cuando les pregunten a los andaluces. Es cierto que combatir un mito es mucho menos cómodo que fingir aceptarlo y que fuera de la casa de los tópicos que dominan la vida pública hace mucho más frío que dentro, pero la calle va en la dirección inversa -tiene razón Zaplana- y está anhelando que alguien se ponga a la cabeza de la manifestación con un mensaje unificador.

Si la reforma del Estatut hubiera respondido a una verdadera demanda social, los recintos de los mítines se habrían desbordado, la ciudadanía habría entrado en ebullición y la participación habría subido. Que la desafección del electorado respecto del sistema nacionalista coincida, precisamente, con la conquista de tantos nuevos resortes de poder por parte de la élite política local demuestra, en cambio, que, aunque nos quede pastel para rato, ese cheesecake ya no es lo que era. Por eso celebro tanto que, según los cánones del cuento del vestido del emperador, ahora resulte que, en términos de cumplimiento de expectativas, el único de los candidatos que a día de hoy aparezca bien trajeado sea, precisamente, el que se hizo las fotos en pelota: ese Albert Rivera al que tantas lectoras -y no pocos lectores- no han dejado de aplicar desde entonces la mirada equivalente a las pulsiones machistas que suscitaban las chicas retratadas por Charly Ebbets.