El chiste del elefante y la cuestión catalana

En Cataluña se cuenta el siguiente chiste: si a un alemán, un inglés, un francés, un italiano y un catalán se les encargara un ensayo sobre el elefante, ¿cómo titularía cada uno de ellos su trabajo? Les avanzo la respuesta: el título del alemán sería Fundamentos epistemológicos del estudio de los mamíferos ungulados; el del inglés, Teoría y práctica del mamífero proboscídeo; el del francés, El grado cero del lenguaje del elefante; el del italiano, La estética del elefante; y el del catalán, El elefante y la cuestión nacional catalana. Una broma, pero menos. Y es que el chiste, si de algo peca, suele ser de exceso de realismo. Por eso, el doctor Freud, en El chiste y su relación con el inconsciente, indicó que la burla o la ocurrencia son la expresión verbal de, por ejemplo, una frustración u obsesión latente.

El chiste del elefante —esa obsesión identitaria del nacionalismo catalán, ese distinguirse de lo español por sistema y a cualquier precio, ese valorar la existencia en función de la llamada cuestión nacional catalana— sirve para descifrar el porqué del Estatuto, para entender la reacción frente a la sentencia restrictiva del Tribunal Constitucional, para conjeturar cuál puede ser la política nacionalista catalana en el futuro inmediato. A la letra y la música me remito: «El autogobierno de Cataluña se fundamenta en la Constitución, así como en los derechos históricos del pueblo catalán que, en el marco de aquella, dan origen en este Estatuto al reconocimiento de una posición singular de la Generalitat». Suma y sigue: «El pueblo de Cataluña ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno», «el Parlamento de Cataluña ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación» y el Estatuto se acoge al «ejercicio del derecho inalienable de Cataluña al autogobierno». La apelación a los derechos históricos del pueblo catalán, la reivindicación de la vocación secular de autogobierno, el reconocimiento de la posición singular de la Generalitat, así como la definición nacional de una Cataluña que poseería el inalienable derecho al autogobierno, todo ello pone en evidencia la obsesión identitaria que impregna el texto estatutario.

Esa obsesión por la excepcionalidad, esa pulsión preconstitucional que afirma la diferencia, se concreta en un texto que aúna lo simbólico y lo prosaico. Lo simbólico: la bandera, la fiesta, el himno o la lengua nacionales. Lo prosaico: la bilateralidad, las competencias, la financiación o la Justicia. El detalle que retener: aquí, lo prosaico es también simbólico. En la Cataluña nacionalista de cada día todo se vincula —el chiste del elefante— con la llamada cuestión nacional catalana. Si Cataluña debe relacionarse de tú a tú con España, si debe tener competencias exclusivas en determinadas materias, si debe negociar la financiación directamente con el Estado, si todo ello debe ser así, es porque Cataluña es —otra vez el ser que distingue y separa— una nación y, en consecuencia, tiene derecho a reclamar lo que le pertenece. ¿Qué reacción ante la sentencia restrictiva del Tribunal Constitucional? La lógica nacionalista del elefante —multiplicada por tres— resurge cuando se habla de la ruptura del pacto político firmado entre Cataluña y España, cuando se aduce que la sentencia está falta de legitimidad al corregir la voluntad emanada de las instituciones y el pueblo catalán, cuando se afirma la existencia de un choque de legitimidades entre Cataluña y España. Nada de ello es de recibo: no se ha roto ningún pacto político entre Cataluña y España, porque tal pacto —solo posible entre entidades soberanas— no existe; la sentencia es legítima, porque el Tribunal Constitucional es el legislador negativo que excluye aquellas leyes o artículos que rompen las reglas constitucionales del juego, dándose el caso, por lo demás, de que nadie ni nada está por encima de la Constitución y Cataluña no tiene poder constituyente; no existe un choque de legitimidades entre Cataluña y España, sino un conflicto entre la política y el político por un lado y el derecho por otro. Todo eso tanto da, porque el nacionalismo catalán —por convicción o interés, según imponga la coyuntura— necesita alimentar permanentemente el conflicto llegando, incluso, a la insumisión. ¿Alguien se imagina algo parecido en las democracias occidentales? ¿Alguien se imagina que el Estado —la Generalitat de Cataluña es Estado en Cataluña— se niegue a sí mismo amotinándose contra sí mismo?

¿Qué puede ocurrir en Cataluña a corto o medio plazo? Mucho populismo y mucho tacticismo. El populismo —uso y abuso de la palabra, invención de la verdad, movilización a la carta, fustigación sistemática de un supuesto enemigo exterior, cuestionamiento de las instituciones estatales— de un nacionalismo que habla de un Estado español que no admite la pluralidad, de una Cataluña maltratada que no puede decidir su futuro, de un pueblo humillado que no puede escoger su destino. El tacticismo de unos partidos nacionalistas que necesitan marcar perfil soberanista —lean independentista— para autoafirmarse y agitar la conciencia y sentimientos de militantes y simpatizantes previamente recalentados. El detalle que remarcar: este tacticismo altamente ideologizado conviene con otro de carácter prosaico, preocupado por la política de las cosas —la crisis, la sanidad o la educación—, que va dirigido a los ciudadanos no enojados —la mayoría— por la relación Cataluña-España. En todo ello hay mucho teatro. Hay mucho movimiento, mucho grito, mucho ruido y mucho farol. Mucho histrionismo, si se quiere. De acuerdo. Pero hay algo más. Reaparece el chiste del elefante en su versión banal. Y es que el populismo y el tacticismo nacionalistas pretenden convertir la llamada realidad nacional catalana en un referente ordinario que podría dar su fruto. Así, se normaliza la nación rotulando —bajo amenaza de multa, por cierto— bares y restaurantes en catalán, o traduciendo —también bajo amenaza de multa— películas al catalán, o limitando la información meteorológica al ámbito geográfico propio. Así —el fruto del cual hablábamos— se elogia una economía de la secesión que haría de Cataluña —cosa falsa— la cuarta potencia económica de la Unión Europea. El objetivo: el nacionalismo catalán —paso a paso— va en busca y captura de una mayoría social independentista antes de convocar un referéndum de autodeterminación. El nacionalismo catalán administra el tiempo consciente de que la impaciencia —ahí están los referendos de Quebec o el Plan Ibarretxe— conduce al fracaso.

La relajación de fronteras, la dilución identitaria, la interdependencia propia de la globalización, ¿resolverán o disolverán la llamada cuestión nacional catalana? Un imposible, si tenemos en cuenta que el nacionalismo catalán necesita una cuestión nacional catalana no resuelta para continuar existiendo.

¿Qué futuro? O se rompe la hegemonía discursiva y política nacionalista —ese Partido Único Catalán, de derecha e izquierda, instalado en las instituciones— en beneficio de una colaboración leal en el marco del proyecto constitucional común de la España liberal-democrática, o Cataluña seguirá dando pasos adelante en el proceso de desvinculación —afectiva primero y política después— de España. ¿Cómo reconducir la situación? La conllevancia, dicen. Pero los prejuicios identitarios e ideológicos raramente se desactivan, las fantasías difícilmente de desvanecen y los intereses pocas veces desaparecen. Parafraseando al filósofo francés Alain, no se puede razonar con quien defiende ciegamente sus verdades. Quizá habría que preguntar al español qué título pondría a su ensayo sobre el elefante. Vayan pensando.

Miquel Porta Perales, crítico y escritor.

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