El Churchill de Dunkerque

Él no sale en la película; pero sus palabras sí. Son las que, de hecho -cuando los supervivientes leen en los periódicos el discurso del 4 de junio de 1940 en Westminster-, dan sentido a todo el sufrimiento y heroísmo que hemos visto comprimido en dos horas de trepidante cine bélico. Tendría sentido, incluso, que dentro de unos meses, cuando el film de Christopher Nolan acapare gran parte de las estatuillas, se otorgara a Churchill un Oscar especial a la mejor inspiración póstuma de un guion cinematográfico, pues es evidente que el director de Dunkerque ha leído y subrayado hasta la saciedad el capítulo cuatro del Libro Segundo de sus Memorias de la Segunda Guerra Mundial. ¿Si la academia sueca le otorgó el Nobel de Literatura por el mismo relato, por qué no podría hacer algo equivalente la de Hollywood?

Fue tras la dramática evacuación del Cuerpo Expedicionario británico de Dunkerque, cuando Churchill se dirigió al país con el más legendario de sus mensajes: “Combatiremos en Francia, combatiremos en los mares y los océanos, combatiremos cada vez con mayor confianza y fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Combatiremos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles; combatiremos en las montañas; no nos rendiremos jamás”. Como han reconocido hasta sus peores detractores, desde ese momento “las palabras entraron en combate”, al servicio de la causa aliada.

Aunque Churchill precisó que “las guerras no se ganan con evacuaciones”, la gesta de la retirada de Dunkerque hizo posible el “we shall never surrender”. En primer lugar, porque sin la recuperación de las tropas bloqueadas por los nazis en Francia, la resistencia era imposible. En segundo lugar, porque el ejemplo de la “Armada mosquito”, el brío de los patrones de aquellos cuatro centenares de embarcaciones de recreo que cruzaron el Canal al rescate de sus compatriotas –tan bien reflejado en la película a través del personaje del señor Dawson-, se convirtió en símbolo de la determinación de un pueblo.

La magia de Churchill consistió en imbuir el espíritu de esa parte en el cuerpo total de la Nación. Fue en ese momento, en el que la democracia estuvo al borde de la extinción en Europa, cuando, según el gran filósofo, Isaiah Berlin, el premier británico “impuso su voluntad y su imaginación sobre la de sus compatriotas, mitificándolos hasta el punto de que, al final, ellos se aproximaron a su ideal, comenzaron a verse como él los veía y los cobardes se transformaron en valientes”.

En esas Memorias de la Segunda Guerra Mundial, cuya edición española tuve el honor de prologar hace quince años, él reparte el mérito de la resistencia entre todos los componentes del Gobierno de unidad nacional que encabezaba: “Es posible que a las generaciones futuras les parezca digno de mención el hecho de que la cuestión suprema de si debíamos seguir luchando solos, nunca figurara en el orden del día. Estos hombres, pertenecientes a todos los partidos del Estado, lo daban por supuesto”.

Pero la desclasificación a finales del siglo pasado de las actas de aquellos consejos de ministros celebrados en los subterráneos de la Sala de Guerra próxima a Downing Street, demostró que eso no ocurrió así. Mientras Francia se desmoronaba ante el avance de los blindados alemanes, los apaciguadores de Múnich intentaron reproducir su política pactista en aquella encrucijada de la primavera de 1940, aun cuando los hechos bélicos de los nazis ya les habían desautorizado dramáticamente.

El abanderado del entreguismo no fue esta vez el ex primer ministro Nigel Chamberlain, que permanecía en el gabinete enfermo y angustiado por el mal lugar que le otorgaría la Historia, sino el ministro de Asuntos Exteriores Lord Halifax. Según consta en los documentos correspondientes a las reuniones del domingo 26 y lunes 27 de mayo, el titular del Foreign Office planteó formalmente buscar una paz separada con Alemania, a través de la mediación de Mussolini. Las fechas son clave porque la evacuación de Dunkerque, bautizada como Operación Dinamo, no comenzó hasta la noche del propio día 26 y no concluyó sino una semana después, cuando el 2 de junio salió el último barco del continente, culminando la prodigiosa recuperación de 338.000 combatientes.

En ese contexto, sombrío a más no poder, Halifax planteó formalmente a Churchill, delante de algunos de sus colegas, si “estaría dispuesto a discutir” un armisticio, con la prosódica salvedad de que “los asuntos vitales para la independencia de este país no se verían afectados”. Ante lo que era una maniobra envolvente, urdida en connivencia con la embajada italiana, Churchill respondió con una reacción en tromba, al convocar al pleno del consejo de ministros el martes 28 para anunciar que no estaba dispuesto a entablar “ni directa ni indirectamente” ningún tipo de negociación con los nazis, “no importa lo que suceda en Dunkerque”.

A continuación se dirigió al Parlamento para advertir que lo que estaba en juego al otro lado del Canal era el futuro de la civilización occidental: “Nada de lo que suceda en esta batalla puede exonerarnos, en modo alguno, de defender la causa mundial con la que nos hemos comprometido”. Como queda fielmente reflejado en la película, a través del alto mando naval que interpreta Kenneth Branagh, Churchill contaba con rescatar a unos 35.000 soldados del continente. Su firmeza inamovible y la destreza de la Operación Dinamo le proporcionaron esa recompensa multiplicada por diez, mediante lo que él mismo bautizó como el “milagro de Dunkerque”.

Si Churchill hubiera flaqueado en esos días de finales de mayo de 1940, Gran Bretaña habría sido finlandizada por los nazis, los aislacionistas se hubieran impuesto en la política norteamericana y Hitler hubiera podido concentrar todas sus fuerzas en someter a la Unión Soviética, mientras la democracia parlamentaria se convertía en una reliquia inoperante en Europa. Ninguno de los habitantes de las dictaduras del sur del continente habríamos tenido durante la segunda mitad del siglo XX referencias cercanas de liberalismo político y económico sobre las que apalancar nuestras ilusiones de progreso y libertad.

Era un escenario de crepúsculo de los dioses, en el que estremece recordar la consigna a los británicos que Churchill tenía preparada para el caso de que se consumara la invasión alemana de su amada isla: “Siempre podrás llevarte a uno de ellos por delante”. No es de extrañar que en esas Memorias laureadas evocara “aquella época en la que era igual de bueno vivir que morir”.

Probablemente sin esa política de “victoria a cualquier precio” que emana del espíritu de la Operación Dinamo hubiera sido imposible convertir a los alegres y confiados ingleses que acababan de acoger con alivio la “paz para nuestro tiempo”, proclamada por Chamberlain al regreso de Múnich, en los tornillos de una eficiente máquina de guerra. Como muestra la película de forma tan gráfica como metafórica, Dunkerque supuso “el cambio de la marea”, el punto de inflexión que permitió empezar a transformar la derrota en victoria.

Sin la recuperación de aquellos 338.000 soldados de Dunkerque, Inglaterra no habría podido mantener el pulso con los nazis en los diversos teatros de la Segunda Guerra Mundial durante el interminable año y medio que transcurrió hasta el providencial domingo 7 de diciembre de 1941 en que Churchill se enteró por la BBC del ataque japonés contra Pearl Harbor. Una llamada personal de Roosvelt le confirmó lo ocurrido.

A la mañana siguiente, el primer ministro británico entregaba en persona una carta al embajador japonés, declarando la guerra a su país. Concluía con el más ceremonioso de los lenguajes: “Tengo el honor de ser, con alta consideración, Señor, su obediente servidor. Winston S. Churchill”. La mordacidad incorregible que afloraba cada vez que tomaba la palabra en público o cogía la pluma, le empujó a añadir en sus Memorias una sardónica acotación a este pasaje: “A algunas personas no les gustó que empleara un estilo tan ceremonial. Pero después de todo, cuando tienes que matar a alguien, no cuesta nada ser educado”.

Churchill no podía ocultar su júbilo al constatar cómo la agresión japonesa iba a eliminar todos los obstáculos para que Roosvelt entrara en la guerra y los hechos comenzaran a ajustarse por fin el guion esbozado en el mismo discurso del 4 de junio de 1940. “El Nuevo Mundo con todo su poder y su fuerza” daba al fin “un paso al frente para acudir a rescatar al Viejo”. Desde ese momento tuvo claro que “los dos grandes pueblos de habla inglesa” impondrían su voluntad, su nivel de desarrollo y su capacidad demográfica e industrial a los totalitarismos coaligados contra ellos. Cuenta Churchill que, tras declarar la guerra a Japón, aquella noche durmió “el sueño de los salvados y los agradecidos”.

Su ecuación ganadora se completaba sumando a “ese jeroglífico, dentro de un misterio, encerrado en un enigma” que era para él la Rusia soviética. Tal vez por eso, tras el positivo balance de su primer encuentro con Stalin en las afueras de Moscú, ya en la fase decisiva de la guerra, va más lejos en su nivel de autosatisfacción y recuerda que durmió “larga y sonoramente”.

En su descomunal y variopinta biografía, Churchill lo hizo todo con ruido. Hasta el extremo de que esos ronquidos, alimentados por su adicción al Oporto y al champagne Pol Roger, de los que tanto se vanagloriaba, bien pueden representar lo mucho que irritó y molestó a gran parte de sus contemporáneos. Pero la tremenda amenaza que fue capaz de afrontar en los días de Dunkerque y de conjurar en los cuatro años posteriores, vino a demostrar a todos ellos que una de las más valiosas cualidades de un perro guardián es ser capaz de hacer, tanto de día como de noche, cuanto ruido sea necesario.

Más de tres cuartos de siglo después de los hechos, la estupenda película Dunkerque viene a recordarnos cómo ese ruido fastidioso de un político cascarrabias y aguafiestas, empeñado en gruñir contracorriente, puede convertirse, de repente, por mor de los acontecimientos y con el respaldo de un pueblo acorralado, dispuesto a aferrarse a la defensa de sus valores, en el desafiante rugido de un león, tenaz hasta la victoria. Si así lo veía ya hace quince años, imagínense ahora, cuando en EL ESPAÑOL hemos asumido ese noble y fiero símbolo como nuestro.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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