El cielo puede esperar

Por Andrés Basauri, Soledad Fernández, Pilar Posse, Demetrio Velasco y Marta Zubia (EL CORREO DIGITAL, 28/10/07):

El 27 de abril de 2007, la XXXIX Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal española daba a conocer un ‘mensaje’, con motivo de la «beatificación de 498 mártires del siglo XX, en España», titulado ‘Vosotros sois la luz del mundo’ (Mt 5, 14), en el que se invita a todos los fieles a peregrinar a Roma para celebrar el martirio de «quienes dieron su vida por amor a Jesucristo, en España, durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado Siglo XX». Esta masiva beatificación es, dicen los obispos, «una hora de gracia para la Iglesia que peregrina en España y para toda la sociedad», especialmente necesaria «en estos momentos, en los que, al tiempo que se difunde la mentalidad laicista y la reconciliación parece amenazada en nuestra sociedad».

Al leer detenidamente dicho mensaje, nos ha venido a la memoria el Congreso de Evangelización que la Iglesia española celebró en Madrid, en 1985. Su ‘sector cuarto’ reflexionó sobre «El campo político y social: justicia, derechos humanos, paz » y, de sus conclusiones, que, posteriormente, fueron leídas y aprobadas en la asamblea general del Congreso, queremos hacer presente la sexta que, desde la convicción de que ése era el mensaje que una Iglesia evangelizadora debía comunicar «al hombre de hoy», decía: «Ante el cincuenta aniversario de la Guerra Civil española, la Iglesia, comprometida en la reconciliación de todos los españoles y en la profundización de la democracia, debe potenciar todos los gestos que favorezcan este objetivo y criticar aquéllos que lo dificulten. En este sentido, creemos que no es oportuno llevar adelante el proceso de beatificación de los mártires de la Cruzada» (Congreso de Evangelización y hombre de hoy. Editorial de la Conferencia Episcopal española. Madrid, 1985, p. 421).

¿Qué ha ocurrido en estas dos décadas para que una proposición que pareció razonable y necesaria a todo un Congreso de la Iglesia española pueda convertirse, ahora, en papel mojado por iniciativa de esta jerarquía de la Iglesia católica? Creemos que está en la mente de todos el proceso de carácter involucionista que se ha dado en la Iglesia en este tiempo. En efecto, esta propuesta de beatificación que ahora nos ocupa es una más de las numerosas medidas que parecen posicionar a la Iglesia en actitud beligerante, frente a una forma de concebir la sociedad que ella considera laicista y enemiga de la religión cristiana. No es éste el momento de detenerse en analizar la gravedad de lo que esta posición implica. Nos limitaremos a hacer algunas breves consideraciones sobre la mencionada beatificación, en concreto, pues consideramos que, por sí misma, tiene especial significación y gravedad.

Es verdad que, hoy, en la sociedad española, vivimos un momento en el que la memoria histórica no sólo ha cobrado una inusual vigencia, sino que, además, una ley política ha querido convertirla en el hito necesario para lograr, por fin, la normalización de la vida política española. Como era de esperar, tal medida ha generado una agria polémica entre posiciones ideológicas y políticas, no sólo plurales, sino también, en algunos casos, peligrosamente polarizadas. Para una parte significativa de la sociedad española, esta forma de hacer la memoria histórica reabre, innecesariamente, las heridas cerradas con la transición democrática. Para otra, era imprescindible hacer justicia a las víctimas de un sistema político dictatorial e injusto, en nombre de una sociedad democrática que necesita legitimarse a sí misma consiguiendo este objetivo. Esta polémica viene a sumarse a otras más, originadas por algunas otras leyes gestadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, legitimado democráticamente para ello En este contexto «sombrío, laicista y disolvente de la unidad social», según lo define el mensaje de los obispos, hay que situar la beatificación de los mártires españoles.

Pero, en este contexto, no parece que el papel de la Iglesia sea intervenir con una medida que, aunque los obispos digan que quiere ser exclusivamente religiosa, está tan cargada de ambigüedad y de talante polémico, que tememos que en nada ayudará a la reconciliación de la sociedad española. Creemos que son muchas las razones que avalan este temor. Sorprende que, en la beatificación de un número tan significativo de mártires no haya habido un lugar para otros creyentes y eclesiásticos, que también fueron víctimas inocentes, aunque sus victimarios fueran del bando político legitimado por la propia Iglesia jerárquica. Parece como si la jerarquía de la Iglesia española quisiera mostrar, con este gesto, que sigue beligerante frente a un régimen político que parece dar legitimidad al republicanismo laicista, responsable de dichos martirios. A nuestro juicio, aquí está el error más grave y pernicioso para una adecuada recuperación de la memoria histórica: utilizar a unas víctimas de la Guerra Civil, obviamente inocentes, como tantas otras víctimas, para deslegitimar una forma diferente de hacer memoria histórica. Esta utilización de las víctimas olvida que, en gran medida, fue la complicidad de la propia Iglesia, beligerante junto a uno de los bandos en contienda, la que las convirtió en potenciales víctimas. El documento episcopal les llama «mártires que están por encima de las trágicas circunstancias que los han llevado a la muerte», diferenciándolas, así, de quienes no lo fueron. Pero esto no basta para restar ambigüedad a la posición de una Iglesia que confundió la religión y la política y que tuvo, también, una grave responsabilidad en la génesis de dichas ‘trágicas circunstancias’. Creemos que los obispos no deberían silenciar, como ahora lo hacen, que bautizaron la Guerra Civil española como una «santa cruzada».

No nos parece, pues, que sea ésta la forma ni éste el momento oportuno para llamarlo «una hora de gracia» para la sociedad española ni para la Iglesia, cuando, en lugar de comunión, provoca, en muchos casos, indignación. Estos ‘mártires’, a quienes se quiere beatificar, no podrán llegar a ser los «testigos» creíbles de una Humanidad reconciliada, como deberían serlo. Pero no porque no sean víctimas inocentes de una injusticia y violencia irracionales, de la que sólo la visión beatífica de Dios ha podido redimirles radicalmente, sino porque la Iglesia que los postula para la santidad no sabe o no puede hacerlo, todavía, de forma históricamente suficiente, sacando las consecuencias responsables de esta ‘memoria passionis’. Mientras la Iglesia no sea capaz de hacer memoria cristiana de sus víctimas, con los gestos y palabras adecuadas, es imprescindible que tenga presente el lema que, en su tradición, ha sido siempre fecundo en la peregrinación hacia el reino de Dios: ‘Ya sí, pero todavía no’. ¿El cielo puede esperar!