El ciempiés

Por Fernando Savater (EL CORREO DIGITAL, 21/01/07):

Dice Lichtenberg en uno de sus agudos aforismos que el ciempiés debe su nombre a la pereza de contar hasta catorce (que por lo visto es el número real de patas que tiene el bichejo). O sea, que por no tomarnos el trabajo de observar con cierto detenimiento al insecto tal como es, lo despachamos atribuyéndole una sobreabundancia de extremidades que no corresponde a la realidad. Por lo que oigo y leo, a bastantes les pasa con el Pacto Antiterrorista como a los demás con el ciempiés: que lo critican, lo infravaloran e incluso lo descartan por anticuado pero sin dar nunca la impresión de haberse tomado la molestia de contarle las patitas.

Recordemos para empezar que ese ‘papelito’ (como lo ha llamado la vicepresidenta de forma displicente) fue una de las mejores iniciativas que ha tenido Rodríguez Zapatero en su trayectoria política, considerando en conjunto su etapa en la oposición y después al frente del Gobierno. Como últimamente no atraviesa el presidente el mejor de los momentos, parece imprudente degradar a mero ‘papelito’ su acierto menos discutible. En su reciente comparecencia parlamentaria, Zapatero ha propuesto revisar el Pacto y corregirlo de tal modo que ya no esté firmado sólo por el PP y el PSOE, sino que acoja en su seno generoso a todos los partidos políticos democráticos, sindicatos, movimientos sociales, etcétera, hasta llegar -según Zapatero- a la cantidad absoluta de cuarenta y cuatro millones de españoles (cifra que también incluiría, si yo no cuento mal, a quienes apoyan hoy a partidos ilegalizados). O sea que va a realizarse un milagro, algo así como la multiplicación de los panes y los peces pero en política antiterrorista. Laus Deo!

Dejando a salvo la buena intención presidencial, en la que casi siempre me empeño en creer, siento una cierta inquietud al pensar en las posibles modificaciones que puede sufrir el texto acordado a finales de 2000. Porque los argumentos que se dan para tales cambios no son demasiado concluyentes. Sobre todo es el preámbulo lo que recibe mayores descalificaciones: algunos aseguran nada menos que va dirigido contra los nacionalistas del PNV y EA, por lo cual estos ofendidos ciudadanos no pueden de ninguna de las maneras firmarlo, ni ayer ni hoy ni mañana. Pero cuando uno le cuenta las patas al ciempiés, resulta que las cosas no son como se nos dice. En ese prólogo no se ataca a ninguna formación democrática ni sus ideales, sino una determinada estrategia política seguida por PNV y EA cuando dejaron el Pacto de Ajuria Enea por el de Lizarra para «de acuerdo con ETA y EH, poner un precio político al abandono de la violencia. Ese precio consistía en la imposición de la autodeterminación para llegar a la independencia del País Vasco». Que lo así denunciado ocurrió no es una valoración sino un hecho histórico. Y no es arbitrario afirmar que se trataba de la mayor de las concesiones al terrorismo, pues habría marginado a la mitad no nacionalista de los ciudadanos vascos. Fue un grave error, por no llamarlo más exactamente ‘fechoría’. Hoy lo admiten ya así incluso algunos de los más altos cargos del PNV y deberían comprenderlo el resto de las fuerzas políticas, de modo que no está claro por qué va a ser imposible que firmen el ‘papelito’. Si ya nadie está en Lizarra ¿qué de malo tiene renunciar a Lizarra? A no ser que alguien siga todavía en Lizarra pero ahora lo llame ‘plan Ibarretxe’. En cualquier caso, para hacer más actual el documento, podría ser recomendable suprimir la mención histórica a Lizarra pero sin renunciar a lo importante: que no se puede imponer la autodeterminación -el derecho a decidir de los vascos segregados- como el precio al final del terrorismo.

Y aún menos podríamos abandonar esta descripción estupenda del proyecto de ETA (nada ‘irracional’ por cierto, contra lo que creen los despistados), que también figura en el famoso preámbulo y que me sigue pareciendo de lo más esclarecedor sobre el tema, dicho con el mínimo de palabras: «La estrategia de ETA no puede ser más evidente: tratan de generalizar el miedo para conseguir que los ciudadanos y las instituciones desistan de sus principios, ideas y derechos y así alcanzar sus objetivos que, por minoritarios, excluyentes y xenófobos, no lograrían abrirse camino jamás con las reglas de la democracia». ¿Ven como sí que se puede hablar claro en documentos oficiales cuando se tiene la voluntad de hacerlo? Que alguien me diga qué palabra sobra o falta en el párrafo citado.

Los diez puntos siguientes son igualmente precisos, contundentes y ejemplares en su veracidad. Siguen unos pocos ejemplos: «El único déficit democrático que sufre la sociedad vasca, el verdadero conflicto, es que aquéllos que no creen en la democracia ejercen la violencia terrorista para imponer sus objetivos a la mayoría» (punto 2º); «el pueblo vasco ha desarrollado su capacidad de autogobierno en el marco de la Constitución y del Estatuto de Gernika. ( ) Cualquier discrepancia política existente entre vascos puede y debe plantearse en ese marco institucional» (punto 3º); «los delitos de las organizaciones terroristas son particularmente graves y reprobables porque pretenden subvertir el orden democrático y extender el temor entre todos los ciudadanos. Nuestro sistema penal ofrece una respuesta jurídica adecuada para reprimir esos delitos. No obstante, si nuevas formas delictivas o actitudes y comportamientos que constituyeran objetivamente colaboración o incitación al terrorismo exigiesen reformas legales, nos comprometemos a impulsarlas en el marco del mutuo acuerdo» (punto 5º); etcétera. Insisto, léanse el Pacto Antiterrorista, cuenten las patas del ciempiés y compárenlo con la caricatura del ‘papelito’ anticuado y necesitado de múltiples enmiendas que se nos quiere presentar. ¿Ojalá hoy los políticos hablaran en materia terrorista con la claridad, la lucidez y la energía que utilizan en ese documento! Si alguien quiere cambiarlo, por favor que nos diga con precisión cuál es el punto que no le gusta y por qué.

Pero lo mejor viene al final, como en las novelas policíacas. Y es que este Pacto nunca estuvo limitado en exclusiva al PP y al PSOE, ni excluyó a nadie, sino todo lo contrario: explícitamente, recabó el apoyo de todas las fuerzas democráticas: «Queremos, finalmente, convocar a las demás fuerzas democráticas a compartir estos principios y esta política, convencidos como estamos de que son un cauce adecuado para expresar su voluntad de colaboración en el objetivo de erradicar la lacra del terrorismo». De modo que ahí lo tienen, bien clarito: el llamado al apoyo de los 44 millones de españoles, sin dejar fuera a nadie. Los que no quieran unirse a esta expresión de sensatez y coraje político que nos den sus razones, despacio y bien claro. Pero que no nos pretendan convencer de que el animalito tiene cien o mil patas, porque hemos tenido la paciencia de contárselas y nos gustan las catorce.