El circo de las divisas en Venezuela

En una tierra muy, muy lejana, un excéntrico rey clavó en la puerta de su palacio un edicto que decía: “De ahora en adelante aquí se venden billetes de $20 por un dólar”.

En cuestión de minutos, sus súbditos clamaban por esos billetes tan baratos. Así que el rey publicó un segundo edicto: “Los billetes de $20 solo podrán usarse para comprar cosas en el extranjero.” Y después el tercero: “Cualquier cosa que se compre en el extranjero con los billetes de $20 deberá ser vendida en nuestro reino por $2.”

“¡Esto hará que todos me quieran!”, pensó. “Los artículos importados serán baratos para todos.”

Pero las cosas no salieron así. Pronto, las colas para comprar los billetes de a veinte eran iguales a las que había en todas las tiendas que vendían bienes importados.

Simpatizantes del Presidente Maduro en un evento con comida gratuita auspiciado por el gobierno de Venezuela. Meridith Kohut para The New York Times
Simpatizantes del Presidente Maduro en un evento con comida gratuita auspiciado por el gobierno de Venezuela

Ya que nadie le veía ningún sentido a comprar algo en el extranjero para venderlo a tan solo $2, la gente básicamente se embolsó los billetes de a veinte y las importaciones nunca llegaron en las repisas de las tiendas. Y si algún artículo llegaba a los anaqueles, ya fuera una caja de pañales o un costal de harina de $2, éste podía venderse a $6 en el mercado negro, así que hacer cola en las tiendas se convirtió en un oficio.

El rey estaba enfurecido. Apareció un nuevo edicto: “Embolsarse los billetes de a veinte o vender artículos importados por más de $2 serán delitos económicos a partir de ahora, que se castigarán con siete años de cárcel”.

La policía secreta merodeaba las colas tratando de detectar la disidencia; se reclutaba a los súbditos como espías. “¡Debe ser una conspiración! ¡Una conjura del extranjero para derrocar la monarquía!”, gritaba el rey furioso.

Si esta fábula le parece absurda, piense en el pueblo de Venezuela. Desde hace doce años, su economía se ha manejado más o menos conforme a estas pautas.

En 2003, Hugo Chávez impuso un control de cambios para tratar de frenar la inflación y evitar un ataque especulativo contra el bolívar venezolano. Con los años, esos controles evolucionaron en un complicado sistema, mediante el cual los dólares que recibe el gobierno por el petróleo se venden a tres tipos de cambio oficiales, mientras que el billete verde alcanza un cuarto precio en el mercado negro, mucho más alto.

Un importador que se comprometa a adquirir bienes básicos para traerlos al país puede comprar un dólar por poco más de seis bolívares. Pero si vamos a un banco, ese mismo dólar nos cuesta 178 bolívares, casi 30 veces más. Con los 264 bolívares que costaba un dólar en el mercado negro al momento de escribir esta nota se podían comprar $42 al tipo de cambio oficial.

Este sistema da origen a una maraña alucinante de distorsiones económicas. Según ciertos cálculos, con un solo billete de $100 vendido en el mercado negro se puede comprar la gasolina subsidiada necesaria para conducir un Hummer 28 veces alrededor del mundo. Un Toyota Corolla nuevo se vende a 1.9 millones de bolívares; eso equivale a unos $300.000 (según una tasa de cambio) o a alrededor de $7.200 (según otra). Usted escoja.

Como en nuestra fábula, el régimen de tasas de cambio crea enormes incentivos para que los importadores se embolsen los dólares baratos en lugar de traer artículos al país. Y eso genera colas. Colas muy largas para todos los artículos básicos.

Y al lado de la escasez ha surgido un nuevo espectro – o mejor dicho un viejo espectro. En las últimas dos semanas, el bolívar ha estado en caída libre, generando el miedo de una devastadora hiperinflación, fenómeno que no se había visto en América Latina desde hace varias decadas.

Venezuela ya no es una economía caracterizada por las distorsiones. Más bien es una enorme distorsión con focos de actividad económica, lo que un conocido bloguero llama Distorsiolandia.

Lo que es extraño es que el caos de Venezuela es totalmente autoinfligido. A diferencia de Grecia, que simplemente no tiene dinero para pagar sus deudas, la solución al desastre venezolano es una reforma muy al alcance del poder del Presidente Nicolás Maduro: dejar de vender a $1 los billetes de $20.

Como ha explicado el economista Francisco R. Rodríguez, esta sencilla medida eliminaría buena parte del enorme déficit fiscal de Venezuela, pues el gobierno obtendría más moneda local por cada barril de petróleo vendido. Eso abatiría la inflación desbocada, pues el gobierno ya no tendría que imprimir los bolívares adicionales que necesita para funcionar. Y le pondría fin a las largas colas, pues los importadores ya no tendrían el incentivo de acumular dólares baratos en lugar de traer productos al país.

Incluso economistas que suelen chocar con Rodríguez, como Ricardo Hausmann, profesor de Harvard, coinciden en que unificar el tipo de cambio sería un paso importante en la reforma. Venezuela “tiene el diferencial cambiario más ridículo en la historia de la humanidad”, observó Hausmann. Normalmente, en países en crisis, las reformas necesarias para enderezar la economía pueden resultar impopulares en el corto plazo. Normalmente, echar por tierra el edicto de los billetes de a veinte que se venden a uno, lo que significa devaluar la moneda, le pega dura en el bolsillo al pueblo pues se eleva el precio de los artículos importados. Normalmente, los dirigentes se encontrarían entre la espada y la pared, entre la suspensión de pagos y las protestas.

Pero Distorsiolandia no es normal. El régimen de divisas no le ofrece nada a los consumidores que solo ven anaqueles vacíos, por lo que la devaluación podría ser bien recibida, incluso en el corto plazo. Venezuela, entre la espada y una silla cómoda, se arrojó contra la espada.

Entonces, ¿por qué Maduro no toma medidas? Quizá porque quienes se están embolsando los billetes de $20 son amigos del gobierno. O porque el gobierno de Maduro simplemente no entiende las consecuencias económicas de dar marcha atrás a sus errores anteriores (sorprendentemente, no hay un solo economista en el gabinete de Venezuela). El caso es que no está haciendo nada.

Lo que está sucediendo más bien es que el enrevesado régimen cambiario está engendrando un estado policiaco. Conforme aumenta el descontento, un gobierno que ya no sabe que hacer se ha vuelto paranoico, reaccionando agresivamente contra la menor expresión de disidencia.

En enero, la policía detuvo a Daniel M. Yabrudy y otros activistas de la oposición por estar repartiendo tazas de agua a quienes estaban en una fila para comprar alimentos afuera de un súpermercado en Caracas. ¿El delito de estos estudiantes activistas? Cada taza llevaba este mensaje: “No te acostumbres; podemos vivir mejor”.

Francisco Toro es fundador del blog CaracasChronicles. Dorothy Kronick es una candidata a doctorado en ciencias políticas en la Universidad de Stanford.

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