El circo de las Naciones Unidas

Por Inocencio Arias, diplomático (EL PERIÓDICO, 06/10/07):

En las novelas decimonónicas, hay muchos personajes que acuden a la ópera para ver y ser vistos. Que la pieza del escenario sea de Verdi, Wagner o Puccini les deja indiferentes. El interés principal de su desplazamiento no es degustar la música.
Un escéptico pensaría que en la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas ocurre algo parecido. No pocos dirigentes acuden para pronunciar un discurso para su galería o para ver a una serie de colegas. La concentración de estadistas en la sede de la ONU en esa semana es impresionante, pero no aparentan estar demasiado concentrados en los problemas urgentes del mundo, pese a que la búsqueda de soluciones para ellos es el motivo por el que se creó la organización.
El show en que se convierten las Naciones Unidas tiene cada año una estrella que barre mediáticamente. Nikita Kruschev fue en una sesión el artista indiscutible, con los zapatazos en su bancada y el barrigazo a nuestro embajador Jaime de Piniés, en los sesenta. Fidel Castro dio titulares fustigando a Estados Unidos y alanceando a los dos candidatos presidenciales del momento, John F. Kennedy (“es un millonario ignorante y analfabeto”) y Richard Nixon (“le falta seso político”). George Bush acaparó la atención en el 2002 al anunciar, sin tapujos, que o la ONU metía en cintura a Sadam Husein o su país intervendría.

LOS ORADORES pueden tener tres objetivos: a) Explicar su posición sobre la problemática internacional. El más razonable. b) Hacer política interior alimentando a su opinión pública con mensajes atractivos (con frecuencia no lo son), y c) Tener eco en los medios de información estadounidenses y otros. Método garantizado para lograr lo último es atacar a Washington. Lo consiguió el año pasado Hugo Chávez cuando dijo que el podio aún olía a azufre por el paso del demonio Bush. Gracieta noticiosa, pero que le pasó una pesada factura política: al poco, Venezuela cayó en la elección para el Consejo de Seguridad, algo que no debería haber perdido. Aclaremos que Estados Unidos no puede oponerse a que vengan a zarandearlo en su propia casa porque el Acuerdo de Sede de 1946 con la ONU le obliga a conceder visados para los dirigentes políticos.
La vedet de este año ha sido el iraní Mahmud Ahmadineyad. Calentó el ambiente acudiendo con coraje la víspera a programas televisivos y a la Universidad de Columbia. (Al calor del cónclave onusiano, bastantes instituciones organizan eventos. Bill Clinton, por ejemplo, viene montando un foro sobre la pobreza al que asisten políticos –Recep Tayyip Erdogan, Tony Blair–, magnates –Rupert Murdoch–, premios Nobel… y en el que las personalidades hispanas escasean). En Columbia, Ahmadineyad, en un ambiente hostil y ante 200 periodistas, después de lanzar verdades sobre el sufrimiento palestino, esquivó pronunciarse sobre el derecho de Israel a existir, mostró dudas sobre la existencia del Holocausto y soltó la ya inmortal afirmación de que no hay homosexuales en Irán. En la ONU se mostró desafiante. Decretó, por sí y ante sí, que no va a acatar las resoluciones del Consejo de Seguridad porque son imposiciones de “potencias arrogantes”. Ignoró que el Consejo no es una sucursal de Estados Unidos: estos no lo controlan, es la ONU quien ordena que pare su programa nuclear.

CONSIGUIÓ, con todo, dos objetivos. Impacto mediático y, probablemente, ante la animosidad ambiental, la solidaridad de bastantes de sus compatriotas. En contraste con un superstar, coyuntural pero llamativo por su carácter provocativo, otros europeos –como los representantes italiano y sueco, José Luis Rodríguez Zapatero, etcétera– son escasamente notados. Nicolas Sarkozy, en cambio, sí lo fue: está en el Consejo y tiene pegada informativa.
¿Qué hubo sobre los temas de fondo? Discursos. Algo que, según resumen los críticos de la ONU, a menudo injustamente, no es más que una caja de charletas inoperantes y bastante división. Dos ejemplos iluminadores: Irán. Cuando hasta el ministro de Exteriores francés, un socialista, ha deslizado que la guerra es una opción, tal vez no deseable, pero opción al fin y al cabo, Ahmadineyad decide, sin admitir que parará su programa nuclear, que es un “tema cerrado” y el Consejo –¿cómo no?– se escinde. Rusia y China piden más tiempo. Estados Unidos, Gran Bretaña y –novedad– Francia, con un Sarkozy que considera “insoportable que Irán tenga la bomba”, dicen que ya se ha tenido bastante paciencia con Teherán.

BIRMANIA. El régimen militar birmano, al que la ONU denuncia por violar los derechos humanos –no hay que olvidar que la principal opositora política a la junta y premio Nobel de la Paz ha pasado 12 años en la cárcel– reprime a la población que protesta por el endurecimiento de sus condiciones de vida con violencia. Resultado, el Consejo de Seguridad, tímidamente, le pide “contención”. Rusia y China se oponen a hacer llegar a la junta militar algo más co- activo. La indignación por los abusos birmanos es generalizada, pero la ONU es lo que es. Cuentan los egoísmos de las potencias. Como dice el estudioso Brian Urquart, “las diferencias y los intereses nacionales priman sobre la responsabilidad internacional”.