El círculo cuadrado

Quienes piensan que el valiente intento de Pedro Sánchez de formar un gobierno del cambio es misión imposible consideran que, en las actuales circunstancias políticas, sería como resolver la cuadratura del círculo. Bueno, en geometría esa cuadratura podría resolverse si el espacio de referencia se hace multidimensional, escapando a los límites de nuestra percepción inmediata. Trasladar esa metáfora a la búsqueda política que obsesiona al país requiere distinguir cuatro dimensiones de la decisión política: la investidura de Sánchez como presidente del gobierno, su programa de gobierno, la composición de ese gobierno y la acción de ese gobierno. No necesariamente coinciden todas esas dimensiones. De hecho esa no coincidencia es práctica común en Europa. Y en España, país del bipartidismo entre bloques monolíticos, tampoco coincidían plenamente. En particular la relación entre programa y acción de gobierno era frecuentemente caracterizada por una disonancia cognitiva. Los programas eran (y son) instrumentos de propaganda electoral, modificados e incluso contradichos en función del pragmatismo político una vez pasado el escollo de las elecciones. Y la composición de los gobiernos se decidía/decide en función de intrigas intrapartidos a escondidas de los ciudadanos y por razones no siempre confesables. Esto era uno de los inconvenientes del bipartidismo: encerrar el debate de los asuntos públicos dentro de los límites de una discusión reglada entre políticos profesionales y partidos establecidos.

Eso se acabó: la fragmentación política, la diversidad ideológica (más allá del izquierda/derecha) y la variación territorial/nacional de las alianzas y oposiciones entre actores políticos conducen a una complejidad en la que negociación y compromisos puntuales según temas y momentos constituyen la regla más que la excepción. Muchos tienen nostalgia de la estabilidad de ese mundo político sin ciudadanos salvo en periodos electorales. Pero tendrán que acostumbrarse, porque ya estamos más allá de la democracia restringida. ¿La prueba? El último sondeo del CIS sobre posibles nuevas elecciones arroja resultados semejantes al 20-D aunque con el cambio significativo de un porcentaje de voto para Podemos superior al del PSOE, acentuando el fin del bipartidismo. ¿Cómo en ese contexto puede Sánchez llegar a gobernar bajo el fuego cruzado de los poderes fácticos y su insuficiente representación parlamentaria? Negociando con todos menos con el PP (negación que une a casi todos los actores políticos, excepto Ciudadanos, en un rechazo definitivo a un partido corroído por la corrupción sistémica) y fraccionando medidas de programa en las que puede haber convergencias puntuales entre distintas fuerzas.

En realidad la insistencia de Ciudadanos en incluir al PP en un acuerdo bloquea cualquier alianza de gobierno con Sánchez. Aun así, podría conseguir la investidura como un gesto de confianza condicional que tendría el efecto de desfondar al PP, jubilar a Rajoy y abrir el juego político. Votos los hay si las negociaciones funcionan previsiblemente. Como mínimo 167 (PSOE, Podemos, IU, PNV) contra los 123 del PP e incluso contra los 163 de un voto negativo de Ciudadanos. Con los partidos independentistas en abstención porque sus electores no les perdonarían coincidir con el PP. ¿Y el programa? Pues no sería el programa del PSOE, sino un programa hecho de retazos que puedan expresar confluencias de opinión de diversos sectores (como lucha contra la corrupción, reforma electoral, abolición de las leyes mordaza, de liberalización del despido o regresión educativa), amén de blindar el Estado de bienestar.

Sin excesivo énfasis en la cuestión catalana, más allá de la retórica sobre la unidad de España. ¿Pueden vetarse mutuamente Podemos y Ciudadanos en apoyos puntuales en los que coincidan? Difícilmente. Otra cosa muy distinta sería la participación en un gobierno de coalición. Ahí sí son incompatibles Podemos y Ciudadanos, pero Sánchez no necesita a Ciudadanos en el gobierno salvo para cubrirse con respecto a los barones socialistas y como imagen de apertura. Pero ¿y Podemos e IU? Sánchez siempre ha manifestado su preferencia por la solución portuguesa: coalición parlamentaria pero no de gobierno. Ese esquema podría funcionar, aun con desacuerdos puntuales y constante negociación. Pero tiene un grave obstáculo. Podemos no apoyará en el Parlamento si no está en el gobierno. Al menos es lo que dicen y creo que tiene sentido porque ahora tienen una oportunidad única de gobernar que no tendrían tras unas nuevas elecciones en las que una derrota del PSOE liquidaría a Sánchez y entronizaría la “gran coalición” con PP (sin Rajoy) y Ciudadanos. Pero difícilmente puede Podemos imponer a Sánchez su visión de un gobierno proporcional a los votos de cada uno. La audacia de Sánchez de llamar a las bases (que quieren una alianza de izquierda) le da margen de maniobra pero no total libertad. Y por otro lado, si Podemos extrema su exigencia, frustrará las esperanzas de buena parte de sus votantes de que se empiecen a aplicar ya políticas diferentes. Sánchez e Iglesias están condenados a entenderse, a menos que a los dos les seduzca la estética del harakiri. De modo que Sánchez tendría que aceptar a Iglesias y otros en el gobierno, acordar inmediatamente la puesta en práctica de un programa de urgencia económica y social y dejar aparcado el referéndum catalán al que de ninguna forma puede renunciar Podemos. Refrendar el acuerdo con las bases socialistas (eso es lo más fácil) al tiempo que Podemos e IU hacen lo propio, mantener puentes con Ciudadanos y generar una atmósfera de consenso político y cambio social que podría relanzar la democracia española. Con un enemigo: la caverna mediática madrileña. Y con una condición: abrir vías de participación ciudadana y autonomía municipal. Porque una vez que la gente entendió que pueden cambiar la política, ya no van a salir de la escena. Y esta es la última y definitiva dimensión que cuadraría el círculo de una nueva política. Tal vez.

Manuel Castells

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