El ciudadano y la deuda

La victoria de Syriza ha sido saludada como una victoria del Sur, generoso y compasivo, contra un Norte tacaño y vengativo. No sabemos, por falta de datos, si el Sur se hubiera comportado mejor que el Norte de haberse hallado en la posición del acreedor, ni estamos seguros de que la “bofetada a Merkel” de algún titular de prensa vaya a ayudar al primer ministro Tsipras en sus tratos con las autoridades comunitarias; pero esta es una buena ocasión de disipar ciertos malentendidos en torno a las políticas de austeridad y a la naturaleza de la deuda que son de aplicación a Grecia y también, aunque en grado menor, a España.

En el 2009, justo antes del estallido de la crisis, la deuda pública griega equivalía al 137,9% del PIB, un volumen a todas luces impagable para una economía como la suya. Las condiciones de reducción del déficit impuestas para seguir financiándola –las infaustas políticas de austeridad– agravaron el problema, no por su naturaleza sino por el momento en que fueron impuestas, porque si de verdad se hubiera querido ayudar a Grecia la secuencia de las medidas hubiera sido muy distinta. Pero el resultado es que hoy la deuda equivale al 180% del PIB, después de unos años en que el PIB ha caído un 25% y el desempleo alcanza el 27,5%. La cosa no puede seguir así, y la recuperación que parecía atisbar el primer ministro saliente no está a la vista.

El nuevo primer ministro pedirá a las autoridades europeas una reestructuración de la deuda, y tendrá razón, porque es imposible que esa deuda se pague en los plazos convenidos, ya muy generosos. Las autoridades tendrán interés en llegar a un acuerdo para evitar un bloqueo que podría dar un susto en los mercados. En mi opinión, sin embargo, esa negociación deberá llevarse en términos de interés mutuo y no de legitimidad o de justicia: como observa de vez en cuando, con su acostumbrada discreción, el profesor Josep Oliver, la deuda pública griega fue libremente contraída, y por eso llama la atención ver que muchos la consideran injusta, o ilegítima, por usar el término empleado por don Pablo Iglesias, sólo porque es enorme, y consideran el no devolverla como algo perfectamente natural. Pero confieso que los griegos me inspiran simpatía, y sabiendo que un alemán o un danés no estarían nunca de acuerdo en esto conmigo, me pregunto por qué. La respuesta no tarda en llegar: me parece que un ciudadano del Norte se consideraría personalmente responsable de cualquier compromiso adoptado por su Gobierno, ya que siente que este le representa. Entre nosotros, por el contrario, el Gobierno parece participar de una doble naturaleza: tirano cuando manda, chivo expiatorio cuando se equivoca. Si en el Norte se debate cualquier acción que tomar, aquí miramos al Gobierno desde la barrera para criticarlo después por los pasillos, y lo que hace o deja de hacer es cosa suya. En particular, nuestra actitud frente al asunto de la deuda, cuando no es pura demagogia, resulta de nuestros malos hábitos: por una parte, no nos criaron para pensarnos plenamente responsables de nuestros actos; por otra, nuestras democracias aún no marchan como debieran, y no nos identificamos con nuestros representantes. En el caso griego, la disonancia entre el Gobierno y sus ciudadanos ha llegado a extremos, porque el endeudamiento público no ha beneficiado en nada a muchos de los que hoy sufren las terribles consecuencias de la austeridad.

El caso griego difiere del nuestro, no sólo porque nuestras cifras son mejores, y porque nuestra economía es más sólida, sino porque aquí el asunto de la deuda no era, en sus orígenes, un problema de deuda pública: empresas y familias se habían endeudado en exceso, para invertir unos y para consumir otros. Se trataba, pues, de deuda privada, y nuestros acreedores sabían, o debían saber, que sus créditos tenían un componente de riesgo que, en buena ley, hubieran debido asumir. No ha sido así, y esa es una de las causas de la debilidad de nuestra recuperación. En alguna ocasión nuestras autoridades habrán insinuado que una quita nos vendría bien, y les habrán dicho que ni hablar. Sobreviviremos, sin embargo, y quizá hayamos aprendido una lección: por muchos aspavientos que haga, un deudor no puede, en estos tiempos, creerse soberano.

Pese a las diferencias hay puntos en común entre los griegos y nosotros. Aquí también se han hecho tonterías con el dinero público: la segunda red de alta velocidad del mundo, aeropuertos sin aviones, autopistas sin tráfico, museos vacíos, espacios culturales sin cultura… todo eso ya lo sabemos, y les echamos la culpa, naturalmente, a los políticos. Pero ¿alguien preguntó, cuando los políticos de cualquiera de los niveles de la Administración anunciaron esas maravillas, cuánto costarían? ¿Alguien preguntó con qué se iban a pagar? ¿Alguien sugirió que quizá el dinero estaría mejor empleado en otra parte?

Está de sobra decir que lo anterior no justifica que los del Norte quieran exigir hasta el último céntimo de sus créditos, por muy legal que ello sea: han de recordar que queremos ser sus socios. En esta crisis hay lecciones para todas las latitudes.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías emergentes.

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