El coleccionista de libros dedicados

Era capaz de esperar más dos horas en la cola de una firma de libros para que le dedicaran su ejemplar. Esa espera le parecía a Telesforo Fuentes la cosa más normal del mundo, porque en ese momento el autógrafo del autor del libro que traía en sus manos era su misión más importante en la vida. Le interesaban los libros de cualquier género, y leía de todo, desde los ensayos de la Generación del 98 y los poemas de la Generación del 27 hasta las novelas de sus coetáneos. Pero los libros de su biblioteca personal «tenían que estar todos autografiados y dedicados por sus autores», de modo que, de una u otra manera, había conocido, hablado y tratado con los escritores de su biblioteca. Durante años, anduvo en esa aventura insólita: pensar que los libros que firman sus autores son «diferentes» al resto, tienen un valor añadido que los hace únicos y los convierte en ejemplares para una biblioteca excepcional. «Amigo Armas, no se vaya a creer», me dijo un día en su casa del barrio de Santo Domingo, mientras yo admiraba el tesoro de su biblioteca, «que mi caso es raro. Hay mucha gente que se dedica a este vicio inútil del libro firmado».

Después me enseñó más de diez libros firmados y dedicados por Julio Cortázar; tenía de Cela más de la mitad de su obra, de Francisco Ayala, las memorias y las primeras ediciones de muchos de sus libros de cuentos y relatos; había ejemplares firmados de María Moliner, Nicolás Guillén, Jorge Guillén, Claudio Rodríguez, Ángel González, Caballero Bonald. Y de John dos Passos. Y de Truman Capote. Y ahí, en orden alfabético, estaban también firmados todos los míos. «La firma, amigo Armas, es un bautizo laico del libro y, al mismo tiempo, una legalización del libro para toda la eternidad», me dijo cuando tomé en mis manos la primera edición de El camaleón sobre la alfombra, de 1974.

Telesforo Fuentes había nacido en Las Palmas de Gran Canaria, donde vivió toda su vida dentro de una apariencia gris y honesta. No sé si fue militante del PCE en ciertas épocas, aunque él sugería tal cosa en sus conversaciones, siempre en voz baja y mirando para la esquinas por si aparecía el fantasma de turno a interesarse por los amigos conversadores. A mí me pareció, sea dicho de paso, más anarquista que comunista en nuestras breves pero intensas reuniones, en su casa, en la mía, o cuando nos encontrábamos en plena calle, en la Plaza de la Feria, a la sombra del Galdós de Pablo Serrano, o dando un paseo por la Avenida Marítima, en pleno barrio de Vegueta. Enjuto, delgado, calvo, siempre con su guayabera cubana en verano y su traje gris, camisa blanca y corbata oscura en invierno, Fuentes era un hombre afable cuya pasión por vivir se le salía por sus ojos brillantes, claros, vivos y muy expresivos. Hablábamos del último episodio político para pasar de inmediato a las novedades de los libros.

«¿Cuándo va a venir a Canarias el tal poeta Padilla?». No le importaba que Heberto Padilla hubiera armado el escándalo que lleva hasta ahora su nombre, causando un gran perjuicio al castrismo, del que Fuentes era entonces devoto. Lo que le importaba era la presencia del poeta para que le firmara sus libros. En más de una ocasión, vi a Telesforo Fuentes haciendo cola para que un autor de best-sellers, que yo sé que no le importaba nada como escritor, le autografiara el libro. «Una cosa es el autor, que puede no tener ningún valor literario, y otra cosa el libro de ese autor firmado y dedicado. Entonces es otra cosa», me dijo en una ocasión memorable, a la espera de la firma de Alberto Vázquez-Figueroa.

Fuentes tenía además un humor cáustico que llegaba al sarcasmo y sus comentarios sobre la vanidad de algunos escritores que había tratado eran demoledores. Esa manía de coleccionar libros firmados y dedicados por sus autores a su persona la había comenzado en el año de 1948, y a las alturas en las que nos conocimos, a principios de los 70, ya era un veterano en el who is who de la literatura universal. Se gastaba mucho dinero en viajar a cualquier ciudad del mundo si sabía que allí estaba el escritor del que había adquirido un libro y no tenía su firma. El esfuerzo, económico y físico, siempre le valió la pena. Así obtuvo firmas de libros de Richard Nixon, «el gran ladrón» (así lo llamaba), de Samuelson o de Noam Chomsky, que enriquecían su «biblioteca personal». Lo más curioso de Telesforo Fuentes era verlo un poco antes de que el autor, cualquiera que fuera su autoridad intelectual, fuera a firmarle el libro. Se movía nervioso en la cola de la gente, miraba hacia atrás y hacia delante, como si tuviera prisa cuando lo que tenía era angustia. Sí, se ponía muy ansioso a la hora de pedirle la firma a un escritor, a la hora de hablar con ese escritor al que había admirado mucho o, por el contrario, había rechazado por razones casi siempre arbitrarias. Su estado de ánimo estaba entonces sobrecogido, como quien va a subir a un avión y tiene un miedo insufrible a volar. La piel de su rostro se volvía traslúcida, como si no corriera la sangre por él, se le notaba tenso todo el cuerpo y tragaba saliva una y otra vez. «Tengo miedo a que me diga que no me lo firma», me dijo cuando le pregunté qué le pasaba en el instante de enfrentarse al autor al que le pedía la firma de su libro. «Pero nadie me ha humillado hasta este momento», añadió.

En uno de los viajes que Carlos Barral hizo a las islas, con motivo de la publicación de Usuras y figuraciones (Inventarios Provisionales, 1973), Telesforo Fuentes me llamó por teléfono y me rogó que lo acompañara al Hotel Metropol, donde se hospedaba el poeta catalán. En el bar, y durante los primeros minutos, tuve que servir de «intérprete» de Fuentes ante Barral que, poco a poco y pacientemente, le firmó cada una de las primeras ediciones de sus libros de poemas. «Un tesoro», bromeó Barral. «Sí», contestó muy serio Telesforo Fuentes, «tengo cerca de 8.000 ejemplares firmados por sus autores en mi biblioteca personal». «¡Ocho mil!», exclamó Barral asombrado. Quedaron citados para otro día, para que Barral viera el tesoro de Telesforo Fuentes en el lugar mismo donde lo tenía guardado. Nunca se dio esa cita, pero yo pude ver en una nueva visita cada una de las obras en primeras ediciones mexicanas del polígrafo y sabio Agustín Millares Carlo, lo que por sí solo para mí representaba un gran tesoro intelectual.

Telesforo Fuentes murió en el año 2001, pero yo no me enteré de su muerte hasta finales de este verano. Entonces supe que sus hijos habían sido fieles a la voluntad de su padre y habían regalado su tesoro de más de 8.000 volúmenes a la Biblioteca Insular de Gran Canaria, custodiada bajo el área de Fondos Particulares. Me emocioné con la noticia y recordé al amigo bibliófilo. «No pierda las mañas, amigo Armas, usted entre la playa, la lectura y la escritura tiene la vida garantizada», me dijo hace ya más de cuarenta años.

J. J. Armas Marcelo

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