El “comprometido” andino

El papel del intelectual políticamente comprometido tiene una historia larga y ubicua. El novelista y guionista hispano-francés Jorge Semprún, que murió recientemente, fue durante muchos años miembro del Comité Central del Partido Comunista español, y luego se desempeñó como ministro de Cultura en el primer gobierno socialista post-Franco de España. Disidentes como Václav Havel tuvieron un impacto decisivo en la caída de los regímenes comunistas de Europa del este.

Y, hace apenas unos meses, el activismo de un intelectual francés fue crucial para iniciar el hasta ahora infructuoso intento de derrocar al coronel Muammar Qaddafi de Libia. Ya que fue Bernard-Henri Lévy quien convenció al presidente francés, Nicolas Sarkozy, de reunirse con los líderes rebeldes de Libia -un encuentro que derivó directamente en que Francia asumiera un rol protagónico a la hora de persuadir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y al presidente estadounidense, Barack Obama, de respaldar una intervención militar.

Sin embargo, tal vez nadie ejemplificó mejor la tradición del intelectual comprometido (intellectuel engagé) que Jean-Paul Sartre. Su punto de vista era bastante diferente del de los artistas y pensadores en la tradición liberal, como Octavio Paz e Isaiah Berlin. Para Sartre (y para muchos de sus contemporáneos), los intelectuales no sólo deben expresar posturas políticas, sino que también deben comprometerse activamente en la política y luchar por las causas justas (fuera lo que fuese que esto implicara).

Esto llevó a algunos, como Sartre, a defender a Stalin y al Gulag; otros, como André Malraux, formaron parte del gobierno de Charles de Gaulle; y otros, un poco más tarde, se convirtieron en defensores incondicionales de Israel y sus políticas.

En América Latina, el intelectual comprometido está vivito y coleando. Algunos -entre quienes me incluyo, hasta cierto punto- pueden haber pensado que una vez que la democracia se instalara en la región, el peso político desproporcionado de los pintores, escritores, poetas y músicos comenzaría a declinar; ya no serían la voz de quienes no tenían voz, porque ahora ellos tenían voz propia.

Sin embargo, Octavio Paz y Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, Diego Rivera y la Nueva Trova Cubana y sus sucesores no se esfumaron en el fondo a medida que iba emergiendo la democracia representativa en América Latina. Por el contrario, siguieron conservando una buena dosis de influencia, no sólo para sus lectores, sino también para el público más amplio.

Donde mejor se ve reflejada esta persistencia es en el papel que desempeña el novelista Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel, en su oriundo Perú. Por supuesto, siempre fue un intelectual comprometido: a principios de los años 1960, cuando respaldaba la Revolución Cubana; más tarde cuando se convirtió en uno de los críticos más feroces y efectivos de Fidel Castro; y cuando se presentó como candidato presidencial en Perú en 1989 (y perdió frente a Alberto Fujimori). Y fue un partidario comprometido en la reciente elección presidencial peruana.

En un sentido, Vargas Llosa es una figura comprometida contradictoria: en el significado europeo del término, probablemente sea el más liberal de los intelectuales públicos de América Latina, pero también el que más se hace oír y el más audaz. Actuó de acuerdo con sus convicciones al postularse para la presidencia de Perú y se convirtió prácticamente en un hacedor de reyes al brindarle su apoyo a Ollanta Humala, que aparentemente abandonó el populismo para abrazar los principios de la izquierda democrática moderna de América Latina.

Humala obtuvo más votos que todos sus rivales en la primera ronda de la elección presidencial, pero tuvo que enfrentar a la hija de Fujimori, Keiko, en una segunda vuelta. Vargas Llosa en un principio declaró que la opción era entre el sida y el cáncer, pero luego consiguió un compromiso de parte de Humala respecto de la política económica, el régimen democrático y el gobierno de un solo mandato. Cuando se cumplieron estas condiciones, el novelista apoyó al ex oficial militar con una tendencia a los golpes de estado y a las ideas estrafalarias.

Vargas Llosa sostuvo -de manera elocuente y elegante- que no podía votar por la hija de un corrupto y un ex presidente represor que actualmente cumple una condena a prisión de 25 años por violación de los derechos humanos. Pero tampoco podía abstenerse o pedirle a otros que lo hicieran, ya que esto no sólo beneficiaría a Keiko, sino que también sería una abdicación de facto de la responsabilidad del intelectual comprometido.

Las encuestas a boca de urna no medían el “efecto Vargas Llosa”, de manera que resulta difícil decir si su respaldo resultó decisivo en la victoria de Humala (el margen fue inferior al 2%). Pero la mayoría de los observadores parece creer que su respaldo fue crucial a la hora de otorgarle un manto de legitimidad y disposición democrática a Humala, quien en 2007 se postuló en base a una plataforma descaradamente pro-Hugo Chávez. Y Álvaro Vargas Llosa, hijo de Mario, ayudó a Humala a convencer a los mercados financieros y a la comunidad internacional de que hoy es un verdadero creyente en el capitalismo.

El problema de todo esto reside en el riesgo que corren Vargas Llosa y tantos otros intelectuales públicos latinoamericanos cuando lanzan su considerable reputación y talento a la arena política. Si verdaderamente marcan una diferencia o si se percibe erróneamente que hicieron un aporte menor a una determinada causa (mi propio caso con la elección de Vicente Fox como presidente de México en 2000), se los hace responsables de los resultados, para mejor o para peor.

Si las cosas resultan bien, parecen estadistas y visionarios; si las cosas se echan a perder, fue su culpa por no prever lo obvio e inevitable. Ollanta Humala puede cumplir con sus promesas y complementar el espectacular crecimiento económico de Perú en la última década con políticas sociales sensatas. O no. Ha de admirarse a Vargas Llosa por su coraje al jugarse todo por el todo, sin estar plenamente convencido de que era el riesgo apropiado que había que correr.

Jorge G. Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de México (2000-2003) y profesor global distinguido de Política y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

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