El Consenso de Nueva Delhi

Uno de los desenvolvimientos más notables (a pesar de pasar mayormente inadvertido) en la reciente política de la India ha sido el sorprendente cambio en el discurso del país sobre el capitalismo. Al igual que en muchos países en vías de desarrollo, la “confianza en sí mismos” y la autosuficiencia económica fueron los mantras nacionales de la India después de su independencia – y, en el caso de la India, permanecieron como tales durante más de cuatro décadas. Mientras que la mayoría de los occidentales relacionan axiomáticamente al capitalismo con la libertad, los nacionalistas de la India lo asociaban con la esclavitud. Después de todo, la “British East India Company”, la empresa que actuó como el heraldo del capitalismo, llegó a realizar actividades comerciales y se quedó a gobernar.

Una de las lecciones que la historia nos enseña es que la historia a menudo nos enseña lecciones equivocadas. Para los líderes nacionalistas de la India, esto llevó a la creencia de que todo extranjero con un maletín debía ser visto como el filo de un hacha neo-imperial.

Esto tuvo serias implicaciones con relación al papel de la India en la economía mundial. En lugar de optar por integrar a la India en el sistema capitalista mundial, tal como sólo un puñado de países poscoloniales optó – por ejemplo, Singapur – los líderes de la India (y los líderes de mayoría de las antiguas colonias) estaban convencidos de que la independencia política por la que habían luchado podría garantizarse únicamente a través de la independencia económica.

Como resultado, la confianza en sí mismos se convirtió en el credo oficial, se erigieron barreras proteccionistas, y la India pasó 45 años divorciada en gran medida del comercio mundial y de los flujos de inversión. Los burócratas, no los hombres de negocios, fueron quienes controlaban los “altos comandos” de la economía, y la India se encadenó a los controles estatistas que pusieron más énfasis en la justicia distributiva en lugar de enfatizar el crecimiento económico, reprimieron la libertad empresarial y desanimaron la inversión extranjera. Mientras que los “tigres asiáticos” rugieron y adelantaron, la economía de la India balbuceó a lo largo del camino, creciendo a un ritmo anual que se encontraba entre el 2 y el 3% anual. Los economistas hablaban en tono de burla de una “tasa de crecimiento al estilo de la India”.

La “confianza en sí mismos” garantizó tanto libertad política como libertad frente a la explotación económica. El resultado fue que durante la mayor parte de las primeras cinco décadas posteriores a su independencia, la India, a pesar de tener las mejores intenciones, siguió una política económica de improductividad subsidiada, estancamiento regulador y redistribución de la pobreza. Llamamos a esto socialismo.

El socialismo al estilo de la India era una mezcla de nacionalismo e idealismo. Encarnaba la convicción de que los bienes y servicios vitales para el bienestar económico de los ciudadanos de la India debían permanecer en manos de este país – y no en las manos de los ciudadanos de la India que desean lucrar de la producción y venta de bienes y servicios, sino mas bien en las manos desinteresadas ​​del Estado, que se conceptualizaba como el padre y la madre de todos los ciudadanos de la India.

Dada esta forma de pensar, el nivel de desempeño no fue un criterio relevante para juzgar la utilidad del sector público. Las ineficiencias estaban enmascaradas por generosos subsidios del tesoro nacional y por una combinación de intereses creados – de ideólogos socialistas, administradores burocráticos, sindicatos, y monopolios – quienes mantuvieron dichas ineficiencias alejadas de la crítica política.

La cultura del “permiso – licencia –cuota” del socialismo estatista permitió que los políticos y burócratas hiciesen uso del servicio público como un vehículo para la satisfacción privada, dando origen a una cultura de corrupción que aún persiste. Según el famoso aforismo del economista Jagdish Bhagwati, el infortunio de la India es que este país se encontraba atribulado por economistas brillantes. Añada a este escenario una dosis de clamorosos políticos y crecientes demandas sobre un “pastel” económico nacional al que décadas de proteccionismo impidió crecer.

Es imposible cuantificar las pérdidas económicas que sufrió la India durante las cuatro décadas en las que los empresarios malgastaron su tiempo y energía en procesos de solicitud de licencias en lugar de invertirlos en la fabricación de productos, en el pago de sobornos en lugar de contratar trabajadores, en atraer el interés de los políticos en lugar de entender a los consumidores, y en lograr que “las cosas se hagan” a través de burócratas en lugar de hacerlas ellos mismos.

Fue sólo después de una masiva crisis de la balanza de pagos en el año 1991 –durante la cual el gobierno de la India literalmente tuvo que enviar sus reservas de oro a Londres para que se constituyesen como garantía para un préstamo del Fondo Monetario Internacional – que la India liberalizó su economía bajo la guía de Manmohan Singh quien era en aquel entonces ministro de finanzas (y quien ahora es el primer ministro). En la cultura de la India, el oro que poseen las mujeres de una familia a menudo se conceptualiza como una garantía del honor de la familia; entregar el oro de la nación a los extranjeros fue una humillación nacional a la cual el antiguo proteccionismo no pudo sobrevivir.

Desde ese entonces, la India se ha convertido en un emblema para la globalización. Un país cuya participación en el comercio mundial había caído del 2% en 1947 al 0,2% en 1987 decidió abrirse a la economía mundial. La inversión extranjera, una vez vista como una amenaza, ahora se veía como una tabla de salvación.

La revolución en el ámbito de las tecnologías de la información conectó a jóvenes y brillantes trabajadores de cuello blanco de la India con empresarios y clientes occidentales; los servicios de tecnologías de la información y los servicios que se pueden ofrecer gracias a dichas tecnologías, como por ejemplo los que ofrecen los centros de llamadas y las operaciones de externalización de procesos empresariales, se convirtieron en los sellos distintivos de la nueva economía de la India. La tasa de crecimiento del PIB se ha más que triplicado, alcanzando un promedio superior al 9% anual desde el año 2005 hasta el 2007. Ahora se acepta de manera amplia, a lo largo y ancho del espectro político, que el crecimiento y la prosperidad de la India serían imposibles sin el resto del mundo.

La generación joven ha crecido con la liberalización, y no aceptará un retroceso de la misma. Hoy en día los ciudadanos jóvenes de la India tienden a pasar una gran parte de sus vidas adultas interactuando con personas que no lucen, hablan, visten o comen como ellos. A diferencia de sus padres, ellos bien podrían trabajar para una empresa con orientación internacional que tenga clientes, colegas o inversionistas en todo el mundo; además, estos jóvenes tienen una creciente propensión a vacacionar en destinos remotos.

En la actualidad el cambio se encuentra profundamente internalizado. Tres distintas coaliciones estuvieron a cargo del gobierno de la India desde el año 1991, entre ellas una (del 1996 al 1998) que incluyó a los comunistas, y ninguna de las mismas se apartó del nuevo Consenso de Nueva Delhi. Singh dijo, en el histórico discurso sobre el presupuesto que dio ante el Parlamento en el año 1991, citando a Víctor Hugo que “ningún poder sobre la tierra puede detener una idea cuyo tiempo ha llegado”. Sus palabras fueron proféticas. Se ha comprobado que la liberalización de la economía de la India y la liberación del pensamiento político de este país son irreversibles. Su tiempo ha llegado, y no va a pasar.

Shashi Tharoor is India’s Minister of State for Human Resource Development. His most recent book is Pax Indica: India and the World of the 21st Century. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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