El consumidor alemán no cuenta

Como la reequilibración mundial va a ocupar un puesto importante en el programa de las próximas reuniones del G-7 y del G-20, Alemania, con su persistente superávit de exportación, volverá a recibir presiones para que impulse la demanda interna y el consumo de los hogares, pero el consumidor alemán no cuenta. Lo que hace falta es un intenso y rápido aumento de la inversión en Alemania y Europa y un abandono coordinado de las políticas monetarias excesivamente relajadas.

Unos desequilibrios enormes en las cuentas externas desempeñaron un papel importante en la crisis económica y financiera que estalló en 2008, además de en la posterior inestabilidad de la zona del euro. Ahora la economía mundial está reequilibrándose, pero no del modo que muchos habían esperado.

Los enormes superávits externos de Asia en el pasado se han reducido de forma asombrosamente rápida y la balanza comercial del Japón ha acabado siendo incluso deficitaria. El superávit por cuenta corriente de China ha caído hasta el dos por ciento del PIB, frente al 10 por ciento en 2007. La inversión sigue siendo el motor principal de la economía china, pero ha creado una deuda que ha aumentado vertiginosamente y un desmesurado sector bancario sumergido, que las autoridades están intentando frenar.

Sin embargo, la Unión Europea ha acumulado un gran superávit externo, gracias principalmente a unas balanzas comerciales positivas en la zona del euro. El superávit por cuenta corriente de la UE en 2014, de unos 250.000 millones de dólares, será mayor aún que el del Asia en ascenso. Como los precios del petróleo siguen superando los 100 dólares por barril, el superávit combinado de los países exportadores de petróleo es de una magnitud similar. Entretanto, los Estados Unidos siguen teniendo un déficit por cuenta corriente de entre 350.000 y 400.000 millones de dólares, aproximadamente.

Lo sorprendente a ese respecto es el continuo aumento del superávit de la UE. El desplome de las importaciones experimentado por países rescatados –Grecia, Irlanda, Portugal y España– era totalmente predecible, en vista de la profunda reducción de sus economías, pero pocos economistas esperaban que las exportaciones de esos países mejoraran tan rápidamente como lo han hecho, en particular en un ambiente internacional apagado. Mientras que el superávit por cuenta corriente de Alemania es más o menos el de 2007, la balanza de pagos combinada de los beneficiarios de rescates más Italia (que ha formado parte del vuelco comercial) ha pasado de un déficit antes de la crisis de más de 300.000 millones de dólares a un superávir esperado de unos 60.000 millones de dólares en este año.

Con vistas al futuro, el euro, que se está apreciando (otra sorpresa, en particular para los numerosos observadores que dudaban de su supervivencia hace menos de dos años), reducirá en alguna medida el actual superávit por cuenta corriente de la zona del euro. Un  tipo de cambio de casi 1,40 dólares constituye un problema para muchos exportadores europeos, incluidas las empresas alemanas, y el euro se ha revaluado más incluso frente al yen y varias divisas de mercados en ascenso.

Aun así, el superávit europeo es demasiado grande para pasarlo por alto y una vez más se pedirá a Alemania en particular que reequilibre su economía hacia una mayor demanda interna, lo que para muchos entraña la necesidad de un aumento presupuestario, pero el Gobierno no se muestra complaciente al respecto: el ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, acaba de presentar un presupuesto equilibrado para 2015, el primero desde 1969. Y, si bien varios observadores están pidiendo a Alemania que “ponga fin a la limitación de los salarios” y con ello aliente un mayor gasto de los hogares, eso ya ha ocurrido en realidad.

Sin embargo, el Gobierno podría hacer mucho más en materia de inversión, que se ha reducido en casi cuatro puntos porcentuales del PIB desde 2000, hasta tan sólo un poco más del 17 por ciento en 2013: poco  en comparación con los niveles internacionales. El Gobierno podría dedicar más gasto estatal a la inversión en infraestructuras, pero debe mejorar –y esto es aún más importante– las condiciones para la inversión empresarial interna, en lugar de quedarse contemplando a las empresas alemanas trasladar sus gastos de capital al extranjero.

El atractivo de Alemania para los inversores aumentaría con una fiscalidad más sencilla y más propicia para la inversión, unos mayores incentivos para las empresas incipientes y la investigación e innovación, menos burocracia y papeleo y no más aumentos del costo energético. Para lograrlo, hará falta tiempo, pero, dada la favorable situación en materia de beneficios y los grandes saldos de caja del sector empresarial, una reequilibración del sistema tributario podría tener repercusiones rápidas. La inversión con remanentes de ejercicios anteriores ha de ser tan atractiva como la financiación de la deuda y algunos ajustes temporales de los descuentos por depreciación podrían reactivar el gasto de capital.

La necesidad de una mayor inversión en transporte, telecomunicaciones, energía y enseñanza no es, desde luego, exclusivamente alemana. En vista de los problemas de deuda de la mayoría de los gobiernos europeos, el imperativo es el de atraer más capital privado a esos sectores. Unas mejores condiciones reglamentadoras para las inversiones y el ahorro a largo plazo ayudarían, como también la ampliación de los instrumentos financieros para la inversión en infraestructuras: por ejemplo, aumentando en gran medida la oferta de bonos para financiar proyectos apoyados por el Banco Europeo de Inversiones.

De hecho, ¿por qué no crear “bonos para financiar proyectos europeos en materia de infraestructuras”, respaldados por los ingresos producidos por las inversiones o los ingresos tributarios de los países que los emitan? Con ello no sólo se impulsaría la creación de puestos de trabajo y el crecimiento a largo plazo, sino que, además, se frenaría el aumento de los superávits externos de Europa.

Pero el imperativo de reequilibrar la economía mundial está también estrechamente relacionada con las políticas monetarias de los bancos centrales. Con la reaparición lenta, pero segura, de burbujas crediticias y de activos, el objetivo de las autoridades debe ser el de mantener el crecimiento por una via equilibrada y sostenible y, por tanto, disuadir de una excesiva asunción de riesgos.

Eso justifica el abandono gradual por parte de la Reserva Federal de los EE.UU. de las políticas excesivamente relajadas. Resulta algo sorprendente que la reducción por parte de la Reserva Federal de sus compras mensuales de activos haya ido acompañada hasta ahora de una debilidad del dólar frente al euro, lo que está contribuyendo al ajuste exterior. Sin embargo, con vistas al futuro esa situación puede cambiar. Si la Reserva Federal sigue siendo la única que reduzca su estimulo monetario y los rendimientos de los bonos aumentan aún más, el dólar se fortalecerá casi con toda segundad.

Evidentemente, resulta recomendable una coordinación de las medidas para limitar las variaciones de los tipos de cambio. Si todos los países intentan mantener débiles sus divisas, la expansión monetaria a escala mundial será excesiva. La de que la presión inflacionista siga siendo escasa no es una razón para aplazar la planificación del abandono de la política excesivamente relajada; al contrario, el momento para esos debates es cuando la inflación es escasa y los mercados están tranquilos. Hace veinte años, los mercados fueron presa del pánico y los tipos de los bonos se pusieron por las nubes al aumentar los bancos centrales los tipos de interés para abordar el aumento de la inflación. No deberían repetir ese error esperando a que vuelva a haber presiones inflacionistas, impulsadas por el  aumento de los precios del petróleo y de los productos básicos y por la recuperación económica.

Michael Heise is Chief Economist at Allianz SE. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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