El contragolpe del Rey

“Todo se ha perdido, incluso el honor”, con esta frase lapidaria comenzaba el artículo que el director de La Vanguardia Agustí Calvet, más conocido por su seudónimo de Gaziel, publicó el 21 de noviembre de 1934 –o sea, mes y medio después de la balconada de Companys- bajo el título La clara lección.

Las palabras que escribió a continuación reflejan cuál era la pérdida: “El desastroso final del primer ensayo autonomista realizado en Cataluña. Las Cortes de la República acaban de rematarlo: el Estatuto queda suspenso sine die”.

Y algunos de los párrafos siguientes resumen bien la lección: “La culpa capital, la causa suprema de nuestra desventura, se debe a nosotros, a los catalanes todos, a Cataluña en peso y muy especial a sus partidos políticos más representativos”.

“En vez de que Cataluña informase una España nueva, al despertar de la estúpida pesadilla nos encontramos con que es lo más viejo de España, quien está otra vez intentando dar su forma a la Cataluña nueva. Justo castigo a nuestra espantosa imbecilidad, a nuestra abominable discordia”.

“No hay en la historia política de la España contemporánea una burla más cruel, un desencanto mayor ni un tan elocuente e instructivo fiasco, como los que acaban de experimentar los dos grandes partidos de Cataluña (Esquerra Republicana y la Lliga)”.

“La historia puso en nuestras manos un gran momento, como un bloque de mármol para que labráramos en él nuestra estatua, y lo hemos pulverizado miserablemente. No busquemos, pues, ninguna explicación absurda a nuestro infortunio, ya que la única y principal es muy clara. Los culpables de cuánto le ocurre a Cataluña, somos los catalanes”.

“Que nos sirva ésta clara lección: sólo podremos triunfar en España yendo todos los catalanes fuertemente unidos… y además sólidamente abrazados con el mayor número posible de españoles hermanos”.

Más le hubiera valido a Cataluña que un texto así se enseñara en sus escuelas y se leyera cada 11 de septiembre en TV3. Tendría que pasar medio siglo de la muerte de Gaziel para que la antología que concluía con este artículo se editara, prologada en catalán, bajo el título de Tot s’ha perdut. Sus opiniones sobre lo ocurrido en la Segunda República vuelven a adquirir hoy máxima relevancia, pues vivimos un órdago que deberá tener un desenlace equivalente. Aunque no sabemos si mimético u opuesto.

De hecho, si alguien me hubiera pedido un diagnóstico a lo largo de la tarde del martes 3 de octubre, yo habría contestado: “Todo se ha perdido”, refiriéndome no a la autonomía catalana, sino a la viabilidad de España como Estado constitucional.

Así de lúgubre era el panorama después de que Rajoy y su gobierno hubieran hecho el mayor alarde de cobardía moral, incompetencia operativa y autismo político que recuerdan los anales. Primero dejaron pasar el tiempo creyendo que los golpistas se rendirían solos, ante la mera conminación del Tribunal Constitucional. Luego confiaron en que los Mossos ejecutarían las órdenes judiciales, cuando ya tenían constancia de su actitud de brazos caídos durante los asedios a la consejería de Economía y al Tribunal Superior de Justicia. Después se dispararon un tiro en el pie, recurriendo atolondradamente a las cargas policiales contra quienes defendían las urnas.

Fueron cuatro porrazos de más ante los ojos del mundo. El gran regalo de un necio con corbata a los separatistas. Nada le podía convenir tanto a Puigdemont para internacionalizar el “conflicto” a través del victimismo. Y encima, controlando los partes de “heridos” desde el Sistema de Salud de la Generalitat y la manipulación informativa desde TV3.

Pero lo más bochornoso estaba por llegar, en esa comparecencia en la que Rajoy dijo aquello de “hoy no ha habido ningún referéndum en Cataluña”. Todos habíamos visto las largas colas de votantes, una vez que los antidisturbios recibieron la orden de aflojar. Era como escuchar a un lenguado; qué digo a un lenguado: era como escuchar a un besugo ojiplático o a un esturión desovado.

Verán que el “segundo sobre” me quema ya entre las manos; pero es que todos mis negros pronósticos de la víspera se cumplieron. Quienes no se habían atrevido a golpear con precisión quirúrgica a la cúpula separatista, repartían en la calle zafios escobazos contra las bases y se instalaban en un patético negacionismo. Al día siguiente también miraron para otro lado cuando policías y guardias civiles eran escracheados, humillados y expulsados de los hoteles como perros sarnosos. El balance de la Moncloa en su boletín interno inducía directamente a la desolación: “La jornada transcurrió sin ningún incidente reseñable”.

Los fantasmas de Luis XVI y Nicolás II, incapaces de percibir en medio de su trivial rutina los estallidos revolucionarios que los liquidaron, paseaban por la Villa y Corte. Pablo Iglesias se frotaba las manos ante el previsible efecto dominó que provocaría la implosión del “régimen del 78”. Órganos de la ONU y la UE incitaban al “diálogo” y el Vaticano -cómo no- se aprestaba a la hipocresía de la mediación pastoral entre ovejas igualmente descarriadas. A esas alturas del martes no podía haber otra sensación entre los defensores del orden constitucional: “Todo se ha perdido”.

Pero entonces habló el Rey. O, mejor dicho, se la jugó el Rey. Invirtiendo las tornas, dejando la inanidad trémula para el presidente del Gobierno que le ha tocado padecer y asumiendo todos los riesgos del ejercicio del liderazgo, Felipe VI se puso a la cabeza de la resistencia institucional y, sobre todo, de la respuesta cívica frente al golpe de Puigdemont. La inesperada claridad de sus palabras dividió a los españoles entre una minoría entreguista, más o menos podemita, y una rotunda mayoría en orden de combate.

El desgaste para la institución era evidente. Nuestra encuesta lo ha reflejado bien, sobre todo en la propia Cataluña. Si Rajoy hubiera estado a la altura de las circunstancias, Felipe VI no habría tenido que entrar, de esa manera, en una lid poco propia de un rey constitucional. Pero más evidente aun era el desgaste para los partidarios de la rendición ante la profecía autocumplida de la destrucción del Estado. Por eso Iglesias se lanzó como una pantera a la yugular del joven monarca que estaba reanimando a la narcotizada presa.

Nunca he sido felipista -tampoco en modo borbónico- pero siempre hay que descubrirse ante el coraje con causa. La transfiguración de Felipe VI en la sombra de su padre durante el 23-F fue como un chute de adrenalina colectivo. Los policías y guardias civiles se sintieron por fin respaldados. Los jueces y fiscales entendieron todo lo que está en sus manos. Aznar evacuó por fin su esperado y bien cascarillado huevo. Los barones socialistas movieron a Sánchez hacia una mayor beligerancia. Hasta Rajoy se dio cuenta de que, como el médico a palos, antes o después se vería arrastrado a hacer algo. Pero, sobre todo, los ciudadanos de a pie se pusieron manos a la obra.

Si hasta entonces se habían limitado a sacar las banderas españolas a los balcones de sus casas y a tragarse la frustración y la rabia, de repente comprendieron que podían hacer mucho más en un terreno decisivo. Fue un impulso contagioso. Lo que en los días anteriores había sido un movimiento tímido, se transformó el miércoles en el germen de un motín y el jueves en una declaración de guerra económica en toda regla contra Puigdemont y Junqueras.

Unos se cambiaron de banco, otros cancelaron reservas de hotel o pedidos a proveedores. Los más dieron a entender que no comprarían nunca productos provenientes de la república rebelde. Inconscientemente o no, Ana Rosa Quintana, se convirtió en la “alcaldesa de Móstoles” de un nuevo 2 de Mayo financiero y comercial cuando dijo, en su programa, que había cancelado su cuenta en uno de los bancos catalanes emblemáticos.

La retirada de depósitos y el temor a un fuerte castigo en la Bolsa precipitó los acontecimientos. Fainé y Oliú ya tenían bien pegada la oreja a la hierba para escuchar a tiempo los cascos del caballo de la Historia. Su primera patria son sus clientes. Sabadell y CaixaBank sacaron bandera blanca en veinticuatro horas, poniendo en marcha el cambio de sede.

Gas Natural, Criteria, Agbar, Freixenet y Abertis serán las siguientes. Hasta Codorniu habla de sumarse al éxodo, a ver si se olvidan sus pecados. Un sinfín de empresas grandes, pequeñas y medianas se plantean ya abandonar Cataluña para preservar sus cuotas en el mercado español. Está en juego el 40% de sus ventas; el 80% si contamos también la UE.

De repente el bastión separatista, insensible a todos los demás argumentos de la razón y la lógica, sintió el vértigo de verse sitiado por el bolsillo y Cataluña fue fiel a los tópicos. El propio jueves por la noche el consejero de Empresa Santi Vila dio la voz de alarma y abrió la brecha de la disidencia. El viernes por la mañana La Vanguardia llamaba con angustia a contener la hemorragia. Por la tarde Artur Mas apuntaba en el FT la falta de “realismo” de su sucesor.

Como en aquel artículo que glosé de 1917, este fin de semana se recrudecerá el pulso entre la “blusa” de la CUP y la “levita” del PDECat, con la “chaqueta” de la Esquerra medrando en intención de voto a costa de ambas. Veremos si los ‘indepes’ llegan unidos al pleno del martes. Pronto sabremos en cualquier caso quién ha ganado. La partida no puede terminar en tablas.

El ex conseller Mas Colell propone astutamente una “suspensión activa y temporal de la unilateralidad”, pero eso sería inaceptable. Sánchez se equivoca al apostar por el buenismo; debería leer la “sabatina intempestiva” con la que ha reaparecido Gregorio Morán. Los golpistas no pueden conservar las riendas y resortes de la autonomía. O ellos vuelven a entonar pronto la palinodia del “tot s’ha perdut”, o se reavivará el riesgo de que todo se pierda para nosotros.

Los golpes de Estado siempre tienen consecuencias. Incluso con Rajoy en el Gobierno. Hubo un tiempo en el que a los alzados contra la legalidad se les pasaba expeditivamente por las armas. Por fortuna, nuestro Código Penal afronta los delitos que están cometiendo Puigdemont, Junqueras, Forcadell y compañía con penas de prisión e inhabilitación. Por eso huyen ya hacia adelante con la desesperación del “o llevarás luto por mí”: sólo la puerta grande les salvará de la cornada. Saben que lo mínimo que les puede ocurrir es que paguen el inmenso daño que están causando con la pérdida de su patrimonio y la exclusión perpetua de la vida pública.

Al margen de lo que les pase a los golpistas son imprescindibles las rectificaciones políticas. Recuperar la enseñanza y acabar con una TV3 capaz de contar a los niños el 1-O como si fuera “una peli” de buenos y malos. De mantenerse las mismas causas, pronto se reproducirán idénticos efectos.

En otro de sus artículos de aquel funesto otoño del 34, Gaziel alegaba que lo que había ocurrido en Cataluña era la “crónica de una enfermedad moral”, propia de “un pueblo freudiano que tiene sueños terribles”. Para el director de La Vanguardia, la clave radicaba en que “Cataluña es un alma sin cuerpo” y por lo tanto “un alma en pena”.

Durante la República se le había dado “un vestido corporal”, que era el Estatuto, y “la primera prueba” había sido “desastrosa”, pues había terminado en un par de años “con la ropa hecha trizas”. La segunda experiencia va por el mismo camino, pese a haber durado ya casi cuatro décadas. Pero nada debe hacer vacilar a los poderes públicos, ni siquiera el riesgo de que al artículo 155 le siga el 116, toda vez que ha vuelto a demostrarse que la única forma que tienen los nacionalistas de encontrar un “cuerpo” a su gusto, implica despojar a España del suyo.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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