El controvertido legado nuclear de Obama

El debate nuclear está que arde desde que el presidente Obama contempla la posibilidad de declarar un “no first use” (NFU) del arsenal nuclear norteamericano. La política NFU consiste en renunciar a la opción de llevar a cabo un primer ataque con este tipo de armas (first strike) y, al mismo tiempo, salvaguardar la capacidad de réplica (second strike) ante un posible ataque nuclear enemigo. En otras palabras, supone la renuncia explícita a utilizar el arma nuclear en cualquier caso, excepto como respuesta a otro ataque nuclear.

La anterior medida, junto con otras como la prohibición de los ensayos o la extensión del nuevo tratado START con la Federación Rusa, constituyen un paquete de reformas que el presidente norteamericano está considerando aprobar antes de finalizar su mandato. Para buscar los antecedentes de este giro en cuanto a política nuclear hay que remontarse a la cumbre Unión Europea-EEUU de 2009, en Praga, donde el presidente Obama anunció su compromiso con un mundo libre de armas nucleares. Desde entonces, en el ámbito nuclear se han sucedido una serie de hitos, como la publicación de la 2010 Nuclear Posture Review, el mencionado tratado START, las cuatro ediciones de la Cumbre de seguridad nuclear, o el acuerdo con Irán. En caso de implantarse finalmente las anteriores medidas –y para ello no es necesaria la aprobación formal del Congreso- ello supondría un cambio histórico en la postura estratégica de los EEUU.

Las críticas están servidas, tanto dentro como fuera del país. En particular, y según relata el Washington Post, los Gobiernos de Japón, Corea del Sur, Francia y Gran Bretaña habrían expresado en privado su preocupación por una posible declaración de NFU.[1] Los motivos son varios, pero existe una coincidencia generalizada en que la renuncia a la opción de primer ataque por parte de los EEUU incrementaría el riesgo de conflicto armado convencional -es decir, sin armas nucleares- con países como Corea del Norte, China o Rusia. Además, siguiendo con los argumentos expresados por representantes de países aliados, una renuncia unilateral al primer uso no constituye una garantía de que el resto de las potencias nucleares harán lo propio.

Pero al presidente Obama tampoco le faltan los apoyos. Entre ellos cabe destacar la carta enviada por ocho senadores, el pasado 20 de julio, en la que piden abiertamente la renuncia a la opción de primer ataque.[2] Los motivos aducidos para ello son que mantener dicha opción exacerba el temor a ataques por sorpresa, que presiona a otros Estados para mantener en estado de alerta sus arsenales nucleares y, finalmente, que incrementa el riesgo de intercambio nuclear no intencionado. Otro argumento a favor de la renuncia, quizá más riguroso que los anteriores, es que la doctrina del first strike es una reliquia de los años 50, en plena Guerra Fría, creada ante el temor de que el Pacto de Varsovia superara a la OTAN en capacidades militares convencionales. De hecho –y siguiendo con el razonamiento- si la OTAN hubiera rechazado la opción NFU tras la caída de la URSS, ahora no existirían carencias importantes en cuanto a capacidades militares convencionales.[3]

El debate nuclear, en general, es extremadamente paradójico e ilustra perfectamente las diferencias entre la situación final deseada y la estrategia necesaria para alcanzarla. En este contexto, ambos aspectos a veces aparecen como contradictorios, cuando no opuestos, y de ahí las paradojas. Así, el objetivo final del presidente Obama –un mundo sin armas nucleares- es algo perfectamente lógico, moralmente deseable y, en cualquier caso, implicaría beneficios para todos, especialmente cuando nos encontramos en un escenario de proliferación como es el caso actual. Sin embargo, una declaración unilateral de NFU no es el camino adecuado para ello. Por muy romántico, evidente, e incluso valiente que parezca el gesto.

En primer lugar –y como se ha mencionado anteriormente- una declaración de NFU podría incrementar considerablemente el umbral de empleo de capacidades militares convencionales a partir del cual se espera una respuesta nuclear. Dicho con otras palabras, sin la amenaza tácita de una posible reacción nuclear, algunas potencias en situación de superioridad local podrían sentirse tentadas a emplear la guerra para alcanzar objetivos políticos. Este es un argumento que puede ser tan cierto (o tan falso) como los esgrimidos por los 20 senadores en la carta al presidente Obama. La diferencia entre ambas posturas es que el actual status quo no ha provocado ningún intercambio nuclear, intencionado o no, y sobre todo que Europa ha disfrutado de su mayor periodo de paz en siglos, al menos hasta la crisis de Ucrania. Por su parte, un cambio en la política nuclear todavía tendría que pasar el filtro de la historia para demostrar sus bondades. En definitiva; que aquí sería de aplicación aquello de “si funciona, no lo toques”.

En segundo lugar, existe un amplio consenso en que una postura semejante no es creíble. Simple y llanamente es difícil creer que un gobierno renunciara a usar todos los medios a su alcance para evitar un ataque nuclear, incluido el empleo preventivo de armas nucleares, si existiera una amenaza de tal magnitud debidamente contrastada. Y aun en el caso hipotético de que alguno lo hiciera, probablemente sería el último.

Y en tercer lugar –también se ha mencionado antes- una declaración unilateral por parte de los EEUU no implica que se convierta en multilateral automáticamente. Por muchas razones, pero centrémonos en el caso de la Federación Rusa. Como es sabido, existe una controversia importante acerca del escudo antimisiles norteamericano. El principal argumento del gobierno ruso hasta la fecha es que dicho escudo, tal y como están desplegados sus componentes en los países de la OTAN, priva a Rusia de la capacidad de réplica en caso de un ataque nuclear por sorpresa. Por tanto, el escudo antimisil estaría alterando el balance estratégico entre Rusia y los EEUU, lo que ya de por sí resulta inadmisible para los primeros. En el caso de que el gobierno de la Federación fuera invitado a renunciar al primer uso, siguiendo con esta lógica, no sólo se le estaría negando la posibilidad de defenderse, sino que se le estaría pidiendo que se comprometiera a no atacar. En fin, que no parece razonable esperar una respuesta entusiasta a semejante propuesta.

Para finalizar, es necesario insistir en que la agenda de no proliferación del presidente Obama tiene unos objetivos loables, sin duda, pero no hay que olvidar los absurdos del tema nuclear. La clave del equilibrio nuclear y de los posteriores tratados de reducción de armas nucleares –paradojas de la disuasión- ha sido mantener intacta la capacidad de represalia del adversario. Ésta ya quedó tocada con la introducción del escudo antimisiles, aunque bien es cierto que se trata de un mal menor cuando se está inmerso en escenarios de proliferación. En cualquier caso, es necesario evitar introducir nuevas variables y, al mismo tiempo, continuar con los esfuerzos tradicionales en cuanto a desarme. De momento hay margen suficiente hasta alcanzar una capacidad disuasoria mínima, esto es, la renuncia al primer uso de las armas nucleares por la vía de los hechos consumados, de una manera progresiva y con posibilidad de supervisión mutua. Sin duda que es una vía mucho más controlable y segura que una incierta declaración unilateral. Además, no hace falta creerse nada; basta con verificarlo.

Miguel Peco Yeste, Doctor en Seguridad Internacional.


[1] Rogin, J. (2016). “U.S. allies unite to block Obama’s nuclear ‘legacy’”. The Washington Post, 14 de Agosto.

[2] Markey, E., et al. Letter to the Honorable Barack Obama. 20 de Julio 2016.

[3] Krepon, M. “Alliances and not first use”. www.armscontrolwonk.com. Julio de 2006

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