El coraje y la verdad

Una placa en el 146 de la rue Montmartre, a menos de quince minutos andando desde la Ópera Garnier, advierte al paseante: “Ici le 31 juillet 1914 Jean Jaurès fut assassiné”. El Café du Croissant, como se llamaba entonces el local donde se vivió este trágico episodio, se ha transformado en La Taverne du Croissant y se parece muy poco al establecimiento que visitó Lev Trotski al año de la muerte de Jaurès, en señal de admiración a quien calificó como el más genial de los hijos de Francia de aquella época. La nueva brasserie se ha adaptado a los tiempos, sobre todo tras la profunda reforma llevada a cabo en el 2011, y ya nada es igual a aquel local que Trotski definió como un típico café parisino, suelo sucio de serrín, banquetas de cuero, sillas usadas, mesas de mármol, techo bajo, vinos y platos especiales. En aquel tiempo, el café era muy frecuentado por periodistas ya que no lejos de allí había varias redacciones de diarios.

Hoy las mesas y las sillas son de madera, dominan los grandes ventanales y las paredes son de obra vista. Preside la sala una gran barra de bar y, estratégicamente situados, se encuentran unos cómodos bancos forrados con telas de tonalidades marrones. El propietario también quiere recordar el centenario de la muerte de Jaurès y de paso, como todo buen comerciante, hacer negocio. El político murió mientras cenaba, abatido por un fanático extremista que le disparó a quemarropa dos tiros con un revólver. Francia se estremeció al conocer la noticia. El actual café evoca aquel episodio incluso en su oferta gastronómica, desde el menú Jean Jaurès, a 45 euros, que empieza con un cóctel jaurès a base de champán hasta la carta del centenario del asesinato. Un recordatorio en el suelo con la fecha -31/7/1914- en el lugar exacto en que cayó muerto y una vitrina con un busto, así como varios recuerdos y documentos de aquel trágico día, crean un ambiente mitad histórico y mitad simplemente turístico.

Más allá de la anécdota, lo cierto es que siempre impresiona el sentido ritual con que Francia guarda la memoria de sus hombres y mujeres más ilustres. También el consenso que la gran mayoría de las veces acompaña las efemérides. El caso de Jaurès confirma la tradición. Fundador y director del periódico L’Humanité, político de una oratoria desbordante, defensor de un socialismo de corte humanista, indiscutible líder de la izquierda. Desde 1924 sus cenizas reposan junto a otros franceses ilustres en la cripta del Panteón. Precisamente estos días se puede visitar en el Panteón una exposición dedicada a su figura. La sencillez de la muestra no disimula la nostalgia que Francia siente al evocar los líderes que han forjado el país. También aquí se recuerda y conmemora a aquellos grandes hombres y mujeres que han sabido ofrecer respuestas a los retos que les ha planteado la historia. Es la nostalgia de Francia y la nostalgia de Europa.

Jaurès protagoniza igualmente una serie de conferencias, diferentes actos de homenaje en la Asamblea Nacional e incluso la emisión de dos sellos de 40 céntimos con su efigie. No obstante, por encima de una trayectoria pública extraordinariamente relevante, este político ha pasado a la historia por la crueldad de su asesinato. Fue el primer muerto de la Gran Guerra después de que se opuso a ella con vehemencia, llegando incluso a lanzar en su desesperación una consigna de huelga general de los trabajadores de diferentes países en caso de conflicto bélico. Su activo pacifismo le ocasionó numerosos problemas y fue la razón última de su asesinato, en medio de una ola de chovinismo exacerbado, atizada por el fanatismo más absurdo. Tres días después de su muerte, Francia entró en una guerra que nadie parecía querer. Aquel terrible conflicto devoraría un millón y medio de franceses, la mayoría muy jóvenes, y dejaría tras de sí cuatro millones de mutilados de guerra. El país tenía entonces 41,5 millones de habitantes, lejos de los más de 65 millones que tiene hoy.

¿Podrían encontrar en el pensamiento, en el discurso y, sobre todo, en la fuerza de las convicciones de Jaurès una parte de la solución a sus problemas el PSOE o el PSC, que a partir del domingo deben elegir a sus nuevos máximos responsables? ¿Serán Pedro Sánchez -el diputado por Madrid al que se le otorga una ventaja sobre Eduardo Madina- y Miquel Iceta capaces de reflotar respectivamente el socialismo español y catalán? François Mitterrand, el primer socialista que llegó a la presidencia de la V República -y, también, hasta hoy el único, junto al vapuleado Hollande, que ha alcanzado el Elíseo- no dudó en apelar a la herencia de Jaurès el día en que tomó posesión de la jefatura del Estado, en un ya lejano 1981. Al acercarse a su tumba del Panteón, Mitterrand con el sencillo gesto de depositar una rosa reclamó el legado de Jaurès y reivindicó su figura. PSOE y PSC no lo tienen fácil. Continúan subidos al carro de una política que una parte de los electores de izquierda no respalda por moderada y otro segmento de votantes no comparte por ambigua. Por no hablar de un tercer espacio aún furioso que atribuye a Zapatero el origen de todos los males económicos y la responsabilidad como pionero de los recortes sociales. La gran paradoja es que todo ello sucede en unos momentos en que es fácilmente perceptible la inclinación del electorado hacia la izquierda -sobre todo en las grandes ciudades- y un cierto retorno de los jóvenes al interés por la política. Situaciones ambas que en otro momento ya habrían colocado a los socialistas en una ventajosa posición electoral.

Hoy, los votantes de centroizquierda y de izquierda pasan de largo ante estas siglas y en cambio buscan reubicarse con inusitado interés entre las nuevas opciones. Se atribuye a Felipe González, en fecha reciente y ante un auditorio relevante, un análisis muy pesimista sobre el futuro del PSOE, tanto por lo que respecta a sus expectativas electorales en unas próximas generales como por el imparable retroceso -más bien un desplome- del bipartidismo que hemos conocido desde el inicio de la transición.

En la exposición del Panteón sobre Jaurès se evoca la profunda huella que este contundente político dejó en la historia reciente de Francia y la extraordinaria clarividencia de algunos de su más destacados discursos. “El coraje consiste en buscar la verdad y en decirla; no en seguir la ley de la mentira triunfante que pasa”, aseguraba en 1903 al poco tiempo de ser escogido vicepresidente de la Cámara legislativa. Tres años más tarde, en el Parlamento y ante la ambigüedad de muchos de sus pares, dictó otra de sus sentencias que más a menudo se ha recordado: “Hay momentos de la historia en que los hombres están obligados a tomar partido”.

José Antich

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