El coronavirus no es un show, es real. Por eso el diagnóstico de Trump es tan angustiante

No importa cuán en serio te tomes el COVID-19 del presidente de Estados Unidos, Donald Trump —yo lo hago, pues ya pasé por esto con mi padre— era inevitable que los chistes de “¡giro inesperado (en la historia)!” comenzaran a circular en Twitter apenas se supo la noticia. Criticar la realidad como si fuera una serie dramática de televisión ha sido un chiste recurrente por años, prácticamente cada vez que hay una noticia importante. Mi amigo Julian Sanchez, del Instituto Cato reaccionó a la noticia del diagnóstico de Trump con un: “Es el giro obvio de la trama, pero yo lo hubiera guardado para el final de temporada”. A lo que Damon Linker, columnista de The Week, respondió: “Es demasiado obvio. Eso es lo que me pone nervioso”.

De verdad, nunca había estado tan nerviosa ni tan dispuesta a creer que vivimos en una simulación, la cual le proporciona entretenimiento en vivo a alguna civilización avanzada imposible de comprender. Los últimos cuatro años han transcurrido de manera inquietante como si hubieran sido escritos por un guionista de HBO, con un antihéroe como protagonista, un deus-ex-machina en forma de pandemia y el obligatorio vuelo en helicóptero sobre el horizonte de Washington, D. C. mientras anochece, todo aparentemente diseñado para reavivar el entusiasmo de los espectadores que ya se habían cansado de las vulgares payasadas de las primeras temporadas.

O quizás esto —todo esto— es exactamente lo que obtienes cuando eliges a una estrella de un reality show para la presidencia. Hay dos verdades acerca de Donald Trump: tiene un instinto agudo para saber cómo hacer un buen drama televisivo, y no piensa casi en ninguna otra cosa. Desafortunadamente, como seguimos descubriendo con este presidente, si bien el drama en dosis controladas es un descanso necesario de la rutina, no es nada divertido cuando se trata de toda tu vida.

Por supuesto, Trump fue elegido precisamente porque difumina esas líneas. Mejor dicho, las borra. Al menos un estudio ha sugerido que a muchos votantes les agradaba al principio por el papel que le habían visto desempeñar en televisión. Sin duda, los medios le dieron cobertura por eso, tanto porque ya era famoso como porque, en cualquier momento dado, hizo de manera confiable lo que con mayor probabilidad aumentaba el drama y lo mantuviera en el centro de nuestras pantallas.

Si hablaste con sus fanáticos, escuchaste que les gustaba su disposición a decir las cosas llamativas que la mayoría de los políticos evitarían. Podría ser lo que fuera, pero nunca aburrido. Incluso muchos de sus enemigos parecían (seamos honestos) disfrutar la fantasía de verse a sí mismos como combatientes de una resistencia emergente contra una dictadura que todavía no se ha materializado, aunque es cierto que Trump ha debilitado las normas cívicas esenciales de manera salvaje, más recientemente al hablar sobre perdedores que conceden elecciones.

Pero incluso a algunos de los que lo consideraban insolente pero inofensivo también les resultó agotador tener un presidente que nunca, ni siquiera por un momento, hiciera algo que fuera ordinaria y aburridamente cuerdo. Por tres años y medio, no podías alejarte de él; si la atención del público decaía, Trump de inmediato se embarcaba en nuevas atrocidades hasta lograr provocar que la gente respondiera. Luego vino el COVID-19, y el “animador en jefe” nos enseñó cómo realmente odiar ser un extra en el programa de otra persona.

Desde el principio, Trump nunca pareció comprender que el coronavirus iba ser real y no un show. Obsesionado con la óptica y una posible reelección que pensó dependía de una economía en auge, Trump primero negó y después manejó mal la pandemia, y convirtió las medidas de protección en una declaración política en vez de un deber cívico bipartidista. Eso ayudó a que la primera oleada de infecciones en Estados Unidos continuara cocinándose a fuego lento durante todo el verano, en vez de consumirse como en Europa.

El desdén desafiante por el distanciamiento social y los cubrebocas que Trump ha alimentado en sus partidarios, combinado con nuestro elevado “nivel de fondo” de la enfermedad, ciertamente incrementó el riesgo de que el mismo presidente pudiera al final contraer el virus. El hecho de que finalmente sucediera, en lo que podría resultar ser el momento más inconveniente posible para su campaña, también parece un punto de giro en la trama de un guión, aunque uno quizás demasiado obvio: casi te puedes imaginar pausando el episodio para decirle a tu pareja, “las cosas nunca se alinean así en la vida real”.

Eso no significa que Trump mereciera contraer el COVID-19. Los personajes ficticios podrían “merecer” un virus o una catástrofe similar para compensar su arrogancia, pero un ser humano real nunca lo merece. Más bien, esto es solo una forma más en la que Trump nos ha mostrado lo poco que cualquiera de nosotros realmente quiere vivir en una serie de televisión.

El dramatismo proporciona un gran descanso de las vidas cotidianas que pueden ser, en contraste, frustrantes o tristes. Pero una hora a la semana es suficiente. Y Trump nunca ha entendido el concepto de “suficiente”.

Lo que Trump merece por ese fracaso no es una venganza viral, sino exactamente lo que parecía estar recibiendo antes de contagiarse de COVID-19: perder la presidencia en una elección. Hasta que el presidente se recupere, estaré rezando para que recobre la buena salud lo más pronto posible… justo a tiempo para que sea cancelado por un electorado exhausto, que finalmente pareciera estar harto de verlo en la pantalla.

Megan McArdle is a Washington Post columnist and the author of "The Up Side of Down: Why Failing Well Is the Key to Success."

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