El coste de la mentira

Una mujer protesta frente al The Reichstag alemán contra las medidas de restricción llevando una mascarilla que dice: "No des una oportunidad a Gates", el pasado 16 de mayo.Michael Sohn / AP
Una mujer protesta frente al The Reichstag alemán contra las medidas de restricción llevando una mascarilla que dice: "No des una oportunidad a Gates", el pasado 16 de mayo.Michael Sohn / AP

Hace dos meses, una web llamada Biohackinfo.com publicó que la intención de Bill Gates era aprovechar la vacuna del coronavirus para inyectar a la gente un chip espía que detectara sus movimientos y preferencias. Un vídeo en YouTube que incidía en esa idea extraordinaria logró poco después dos millones de visitas, entre ellas la de un antiguo asesor de Donald Trump, Roger Stone, que la propaló por una emisora de radio. El New York Post, un periódico del magnate australiano Rupert Murdoch, se las arregló para dar pábulo a la historia y, según los indicadores habituales, fascinó a un millón de ciudadanos por Facebook. El lector interesado puede conocer los detalles en un artículo de Philip Ball y Amy Maxmen en Nature.

La propagación de estos bulos guarda un paralelismo curioso con el contagio del propio coronavirus. En ambos casos hay nodos supercontagiosos, sean pacientes virales o informaciones tóxicas. La diferencia es que los primeros son inocentes y los segundos no, o no necesariamente. Habrá gente crédula que está sinceramente preocupada por todo ese veneno desinformativo, pero quienes lo propagan son culpables de un caso de engaño masivo a la población, que algún día estará tipificado en todo código penal. El daño que esos cuentistas infligen a la sociedad es por el momento difícil de cuantificar, pero eso cambiará pronto. La mentira causa muertes, erosiona la confianza de la gente en las instituciones y la echa en brazos del engendro de la irracionalidad. Estimula a los padres a no vacunar a sus hijos, lo que en sí mismo debería ser un delito de salud pública y, ya puestos, de maltrato infantil. La mentira da asco, y necesitamos prepararnos contra ella con nuestras mejoras armas.

Las noticias falsas no son ninguna novedad desde que las redes sociales existen, y habría que remontarse a Mesopotamia para examinar sus precedentes. Pero los analistas de datos han percibido una explosión embustera durante la actual crisis pandémica. “Una tormenta perfecta”, lo llama el científico de datos Walter Quattrociocchi, de la Universidad de Venecia. Mucha gente desocupada en casa significa más tiempo para leer sandeces, sobre todo si son personas asustadas en busca de soluciones imposibles e ideas erróneas que coinciden con sus prejuicios. “Infodemia”, lo llaman los expertos de la OMS. Los ciudadanos se despistan en esa jungla, salvo los más formados que saben orientarse en Internet, un océano tan proceloso y aventurado como el mismo mundo. De nuevo, volvemos a la necesidad de una educación para la ciudadanía.

Pero un aviso para hackers y embusteros: la crisis pandémica supone una oportunidad extraordinaria para los científicos de la computación, que están trabajando duro para averiguar las fuentes últimas de la mentira, los nodos que mejor la propagan y las formas de neutralizarla con información fiable. El mero estallido de los bulos sobre el coronavirus va a acabar por dejar expuestos a los cacos. Se os ve el plumero, muchachos.

Javier Sampedro

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