El coste de los biocombustibles

Por Ramón Folch, socioecólogo (EL PERIÓDICO, 19/06/07):

El primer motor diésel iba con aceites vegetales, en 1900. El prototipo de Ford T iba con etanol, en 1907. La idea de los biocombustibles no es nueva, pues. Pero Ford acabó optando por la gasolina y así empezó la era del automovilismo de consumo: coches fabricados en serie, movidos con gasolina. Tras un siglo justo, se han mejorado los rendimientos (aquel Ford T no superaba los 70 km/h y consumía 20 litros cada 100 km), pero el planteamiento básico del automóvil es el mismo. Sin embargo, al declinar el petróleo, volvemos de nuevo la vista hacia los biocombustibles.
Habría que hablar de agrocombustibles, tal vez, dado su origen agrícola. Los principales son el bioetanol (de hecho, etanol tout court), obtenido de la fermentación alcohó- lica de cereales, caña de azúcar o remolacha (o uva), y el biodiésel, fabricado a partir de aceite de soja, colza o girasol, o a partir de aceites vegetales reciclados. Brasil y EEUU producen el 90% del etanol mundial, en tanto que Alemania y Francia fabrican el 80% del biodiesel.

LOS MOTORES de explosión funcionan con cualquier cosa que se comporte como la gasolina o el gasoil. A los brasileños les sobraba alcohol etílico, por lo que sus estaciones de servicio tiempo ha que huelen a taberna. El bioetanol se puede mezclar con gasolina (E5 y E10, 5% y 10% de etanol) sin que motor alguno se resienta, o puede usarse en porcentajes más altos (E85, E95, E100) en motores adaptados, que es el caso de los coches brasileños. El biodiésel mezclado con gasoil (B5, B20) o puro (B100) funciona con cualquier motor diésel, salvo los muy antiguos. Suena bien, porque los biocombustibles son renovables y en su producción biológica se fija tanto carbono atmosférico como su combustión manda a la atmósfera en forma de dióxido de carbono. El problema es el trastorno que introducen en los mercados agroalimentarios y la mediocridad del balance energético de su proceso productivo.
El tema del balance energético es básico. La energía contenida en un kilo de pescado es muy inferior a la energía consumida para pescarlo. Por eso la pesca actual presenta un balance energético negativo, disimulado por el precio final del pescado. El pescado se valora mucho en la mesa y el petróleo en absoluto, de modo que seguimos pescando. Pero si primáramos el balance energético, tiempo haría que habríamos dejado de hacerlo.
Con la agricultura es distinto. El esfuerzo agrícola se ha visto secularmente compensado por cosechas más o menos generosas, lo que explica el éxito de la agricultura y su papel históricamente capital. Hoy ya no es del todo así: el rendimiento por hectárea es muy superior que antes, pero la energía aplicada al cultivo ha crecido aún más (tractores, abonos, plaguicidas, irrigación). Como quiera que sea, precisamos alimentos y no vacilamos en gastar mucha energía para lograrlos.
El balance entre alimento obtenido (energía solar fijada en enlaces bioquímicos) y energía consumida en el cultivo (energía básicamente fósil invertida en los procesos agronómicos) no es determinante, porque el petróleo no se come. Pero lo sería si decidiéramos transformar la cosecha en leña. Pues eso, sofisticadamente, son los biocombustibles. Con suelo fértil, lluvia abundante y alta temperatura todo marcha, pero ese no es el caso de gran parte del planeta, donde es necesario labrar a fondo, abonar, regar y fumigar. Habría que sacar muy bien las cuentas, no vaya a pasar como con la pesca, pero sin pescado en la mesa: gastaríamos mucho para producir poco de lo mismo, un pésimo negocio.
Sin pescado en la mesa y, según donde, sin pan. En efecto, una demanda desbocada de cereales para producir etanol perjudicaría a los menos favorecidos. Ya pasó en México, donde el precio del maíz se dobló: en el Chicago Board of Trade, el principal mercado de futuros del mundo en materias primas, el bushel de maíz (25 kg) pasó de 2 a 3,5 dólares entre febrero y diciembre del 2006. Por otra parte, la creciente demanda de soja estimula nuevas rompidas en países tropicales o subtropicales aún forestados: lo que respetó la ganadería para hamburguesas puede destruirlo la soja para bioetanol.

EN EUROPA es distinto. La directiva 2003/30 de la Comisión Europea preveía que los biocombustibles representaran el 5,75% de la oferta comunitaria en el 2010. No se logrará (apenas alcanzamos el 2%, de momento), pero el Consejo Europeo ya ha aprobado que llegue al 10% en el 2020. Solo Alemania con el biodiésel y Suecia con el bioetanol han hecho hasta ahora los deberes. Dice la Comisión que los biocombustibles crearán 180.000 empleos netos. Sin embargo, no dice qué balance energético ha de considerarse limitante.
En Catalunya, el Pla de l’Energia (2005) prevé que el 18% de gasóleo de automoción sea biodiésel en el 2015. Puede ser una buena oportunidad para la reconversión de parte de nuestra agricultura, si los balances energéticos son favorables o si se combinan políticas productivas con inversiones estabilizadoras del territorio. En vez de subvencionar productos excedentarios podría favorecerse una nueva payesía celadora del paisaje y generadora de productos con mercado real. Habrá que afilar mucho el lápiz. Y también reducir la demanda: hoy por hoy, ahorro y eficiencia siguen siendo la principal alternativa.