El crepúsculo de la clase media

Nos han contado que somos distintos. Que tú tienes unos intereses, que eres "la España que madruga", la del IVA trimestral y la cuota de autónomos, la que no descansa ni en fin de semana, la que sabe lo que verdaderamente ocurre en la calle.

Según el relato diseñado para dividirnos, yo, que sólo soy un funcionario público, un asalariado del Estado, soy tu enemigo, tu adversario, tu némesis insaciable que devora el resultado de tu esfuerzo. Un vago sin ambición ni provecho, un pequeñoburgués acomodado cuya principal misión vital pasa por el trienio, el sofá y el partido del domingo.

Esa historia es la que nos han contado. Es un relato interesado y repetido durante mucho tiempo porque ellos saben, y tú y yo también, que la victoria política, en tiempos de escasez, sólo es posible previa división de la opinión pública. Sólo si tú y yo somos distintos, si pensamos de manera diferente, si nos sentimos humillados recíprocamente, ellos, los otros, los que mandan, podrán sacar crédito político, seguir un rato más en el templo del poder, decidir sobre nosotros.

De eso va el relato, o, mejor dicho, el cuento que nos han contado. Dos Españas divididas, lo fueron antes y lo son ahora. Pura y completa mentira al servicio de la arbitrariedad del poderoso, del dedo sentenciador del césar.

Yo, que al igual que tú no soy imbécil, me doy cuenta y comprendo cuáles son las razones por las que el precio de la luz sube y nadie (o casi nadie) hace nada.

Yo, que al igual que tú no soy estúpido, estoy harto de la autocomplacencia del Gobierno con su gestión errática en casi todas las áreas, con esa forma mezquina de mentir a la cámara entre una media sonrisa y un ojo que guiña.

Yo, que al igual que tú no soy un borrego, me siento estafado cuando conozco los datos del IPC y contemplo la escena de mi propia pobreza, cada vez más acentuada, cada vez más prolongada, asentándose entre las facturas de los suministros y la guillotina fiscal que, cada año, vuelve a recordarnos la fragilidad y delgadez de nuestro pescuezo.

¿Cuánto vale la dignidad? Eso mismo se pregunta un paisano en televisión, en el telediario del mediodía, mientras desespera y apenas aguanta cinco segundos en plano. Él, igual que tú, y también igual que yo, no puede más. Su hartazgo, que es igual que el mío, que es igual que el tuyo, es el que atraviesa como una flecha punzante el corazón de la clase media española.

Te admitiré una cosa. Sé que debo ser honesto, me lo impone mi moral. Yo gozo de una estabilidad laboral que tú no tienes. Consecuencias de una oposición pública, de hincar los codos algún tiempo y de tener suerte. Sí, la fortuna siempre influye. Pero no creas, ni por un segundo, que esa estabilidad no conlleva peajes, tiene algunos. Déjame que te cuente.

La relación que impone el servicio público es con la Administración, con los entes administrativos, con esas organizaciones burocráticas, grises y tantas veces inhumanas. Lo hemos leído en Fiódor Dostoievski y también en Max Weber. Esa Administración es implacable, lenta como un galápago, pero inexorable como el último aliento que anticipa la muerte.

A ella me debo yo, y también tú, y por esa relación estatutaria que un día proclamó un boletín oficial, yo, parece, debo obediencia y sumisión, respeto a la jerarquía, subordinación al interés general. ¿Al interés general? Sí, al interés general.

¿Qué es el interés general? No sabría decirte. Quizá lo que los juristas llamamos "un concepto jurídico determinado", pero eso seguro que no te dice nada. En realidad, a mí tampoco.

El interés general algún día fue algo. Hoy, en manos de una Administración cuyo único propósito es ejecutar sin piedad los mandatos de un Gobierno obsesionado con su perpetuidad a cualquier precio, supongo que ha dejado de ser, al menos, "general".

Será un interés, con mucha seguridad. Pero a mí ya no se me ocurre ver el reflejo de la generalidad a la que sirve porque yo, igual que tú, no me siento representado por casi nadie.

Yo, que al igual que tú no soy un idiota, ya he comprendido que la expresión "interés general" sólo es una excusa formal para dar legitimidad a la inmoralidad, ya se oculte esta bajo la silente pasividad de un ministro o sobre el papel mojado de una norma presupuestaria.

Dicen en el periódico que el precio de la gasolina os obliga a parar, que os sale más rentable parar el negocio que levantar la persiana. Se habla incluso de "desabastecimiento" y no deja de ser algo cómico que la más notable importación del bolivarianismo en España haya venido precedida de la insuficiencia de un bien tan abundante en la república de Nicolás Maduro. Paradojas crueles del destino.

Quizá Pablo Iglesias tenga que volver a su vicepresidencia para poder pagar el gas de la casa de Galapagar. Quizá no haga falta y en realidad esto que te ocurre, esto que nos ocurre ahora, sea la transformación en hechos de sus sueños de infante filosoviético. El petróleo siempre es fuente de deseo y por ello también de traición. Baste el recuerdo de esa fantástica película, Pozos de ambición, en la que un brillante Daniel Day-Lewis abrazaba la locura por el oro negro en la Texas de principios de siglo XX.

Nos han contado que somos distintos. Pero no es verdad. Tú pagas la gasolina a casi dos euros el litro y yo también. Tú te levantas cada mañana para trabajar (si te dejan) y yo también. Tú miras la factura de la luz y del gas a final de mes y yo también. Tú ves el telediario por la noche y te sientes estúpido porque admites la posibilidad de estar siendo tratado como un menor de edad, como un impúber caprichoso e irresponsable, y yo también.

El relato de la división, de las dos Españas, de los autónomos contra los funcionarios, es sólo eso: un relato. Es una ficción, falsa y aparente, como todas las narrativas que escribe el poderoso para convencer al súbdito de la bondad que acompaña a su condición social.

Nada ha cambiado desde el feudalismo. Los grandes señores costean la quimera del bienestar con el tributo de la libertad. Hemos regalado nuestros sueños a cambio de la comodidad, del sillón, la cerveza y la suscripción a la plataforma televisiva. Pero cada día que pasa todo eso se evapora entre aspiraciones infundadas de una mayor prosperidad intergeneracional y el incremento exponencial de la tributación a los carburantes.

Y ya no queda nada. Ni para ti, ni para mí. Salvo una cosa. Sólo una cosa. La historia, el relato, el cuento escrito por otros en el que tú y yo somos protagonistas enfrentados, divididos, encarados. Y entretanto, en ese combate letal, la clase media, a la que tú y yo pertenecemos, la que construyeron nuestros padres y abuelos, se diluye.

Todo esto, todo lo que te escribo, es una historia. Una historia de clases medias que comienzan a dejar de serlo.

Álvaro Perea González es letrado de la Administración de Justicia.

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