El crepúsculo de las luciérnagas

Lo que más le gusta a esta izquierda nuestra que es un discurso ambiguo, histriónico y cenizo es lo que menos le conviene. Para ser eficaz precisaría valores que detesta. No digo esto para reconvertirlos, apostolado innecesario, sino para que el bipartidismo no languidezca. Que sobreviva la mejor izquierda debería ser un propósito de la derecha.

Ésta siempre quiso aprender de ella y practicó el intrusismo: subidas de impuestos, preocupación por los débiles, sostenibilidad… La izquierda, por el contrario, desde su narcisismo ideológico ha creído que era luminiscente, como los gusanos de luz, requiriendo poco esfuerzo gracias a una eficiente energía innata: cultura sin estudios, progreso por derecho, inteligencia por subvención. Su mesianismo les ha llevado a idealizar que brillarían siempre como las luciérnagas. Pero, desde Felipe González, no se han aclimatado a su nuevo biotopo y sus luces son mortecinas. El cierre de la Fundación Ideas ratifica el apagón.

La inadaptación al medio se percibe también en su pobre sentido económico, cuando la economía lo abarca todo. Una de las razones del deterioro de la Unión Soviética fue no vigilar la productividad del capital. En la izquierda subsiste esa costumbre. Debajo del anuncio del Plan E decía Economía Sostenible. Todo un sarcasmo. ¿Quién era el responsable de decir aquí si las inversiones tenían sentido? La respuesta es que nadie. La izquierda, empero, no siempre fue así. Un ministro de economía socialista, Carlos Solchaga, manifestó que España era el país en el que en menos tiempo se podía uno enriquecer. Pocas veces una frase como ésta habrá creado más empleo. Pero a ellos el que se cree empleo ahora les mortifica y, cuando lo logran otros, objetan que es estacional o precario. Sin exagerar: se sienten más cómodos hablando de Bárcenas o de Franco que de la prima de riesgo. Así tal vez venderán más periódicos, pero no están en el negocio editorial.

Otra necesidad medioambiental de la izquierda es abrirse a manejar los drivers de la capilaridad social y el desarrollo: mérito en el trabajo y exigencia en la formación. Sin embargo, se han conjurado contra la ley Wert para protegerse de una cultura que les beneficiaría. Deberían aceptar que las nuevas demandas globales chocan con sus tabúes más acreditados: centros de excelencia, elitismo en los accesos a la universidad, ambición por patentar. Son estas y no otras las condiciones que proporcionarán los puestos de trabajo. Harían bien asumiendo estos conceptos si quieren crear progreso y no sólo hablar de él. Con la crisis, la gente ha comprendido por fin algo tan revolucionario como que un tonto y su dinero están poco tiempo juntos. Pues bien, a la izquierda parece no interesarle este hallazgo social.

La inadaptación reverbera también en su formación, más orientada a explotar el incidente de ayer que las oportunidades de mañana. Sabemos que a la nueva presidenta de la Junta de Andalucía le costó diez años terminar la carrera de derecho; aún así es de agradecer porque una fracción importante del PSOE e Izquierda Plural –después de treinta años de igualdad de oportunidades– no están siquiera a su altura: sus currículums serían impresentables en el mundo de la empresa privada y, pese a ello, algunos, en la mente de todos, esperan adquirir sus conocimientos al llegar al poder. Es cierto que cuatro años en el gobierno valen por un master de Columbia, pero, reconozcámoslo, educación tan privilegiada resulta ruinosa para el país.

Cuando atacan la ley Wert están condenando a sus hijos a ser como ellos. No reparan en que sus planteamientos van más dirigidos a crear estímulos en los que por tradición y economía no los tienen, que en convencer a un nieto de Botín de que la competitividad es buena. Olvidan que la industria más importante de Estados Unidos es la universidad (dos de cada tres universidades del mundo están allí) y que sus accesos son restrictivos: el porcentaje de aceptación de alumnos en Princeton es del 8%. Así luego ocurre que la mayoría de los Premios Nobel en algún momento han estudiado en Estados Unidos, o que el número de extranjeros que buscan matricularse, a pesar de sus precios y exigencias, cada vez sea mayor. No les importa. Uno de los libros más vendidos en China en la última década es: Cómo conseguí que mi hijo entrara en Harvard, escrito por una comunista. Si en España tuviéramos una universidad exigente, siendo los segundos en turismo después de los Estados Unidos, las probabilidades de que vinieran extranjeros buscando excelencia sería alta. Nos daría empleo, visibilidad y poder. No hay turismo de mayor valor añadido que el universitario (Salamanca y Santiago pueden asegurarlo). Pero a personas que están en otra onda, identificar oportunidades se les escapa.

Muchos ciudadanos anhelan que la izquierda se actualice con su Conferencia Política. Saben que evitar impactar gratuitamente contra los valores de la mayoría de los españoles en la actualidad (patriotismo, víctimas, desmanes, concordato…) les haría repuntar en los sondeos. Expresarse con el idioma de los negocios les daría orla de modernidad. Asegurarse antes de actuar si los nacionalistas aceptarían su propuesta federalista, evitaría situaciones bochornosas. Decir si están a favor de la unidad de España en menos de dos segundos, como hace el exministro Corcuera, aseguraría su supervivencia. No es extraño pues que algunos de sus potenciales votantes sientan que la izquierda les sonroja. Este descender un escalón social cuando la ciudadanía quiere subirlo no favorece el encuentro, más bien facilita el encontronazo.

Les ha ocurrido como a las luciérnagas, que por la pérdida de su hábitat son difíciles de ver. Su salida es aplicar conceptos de utilidad contrastada en nuevos espacios (como empiezan a hacer estos coleópteros para sobrevivir). Había una esperanza en el análisis dirigido por Ramón Jáuregui sobre qué hicieron mal en la crisis. Pero el estudio, aunque excelente, tácitamente refleja que no se atrevieron a discrepar. Tenían miedo. Su casi generalizada falta de competitividad (aún más pronunciada que en los políticos de derechas), les impedía trabajar en otra atmósfera que no fuera la mullida del partido o el sindicato. Recordaban así los tiempos en que para sobrevivir los españoles precisábamos aranceles como respiración asistida. Tal vez este punto les aconseje reflexionar sobre su obsolescencia. Para recuperar visibilidad, necesitan algo más que anhelos y aspiraciones colectivas, necesitan acertar con un líder: una persona solvente que los ilumine. ¿Cómo saber quien es? Se le identificará por su claridad. Ante la duda, es que no la tiene.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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