El crepúsculo del socialismo

El hecho de que el libro de memorias de un ex presidente de gobierno de España se haya presentado en Madrid por un ex primer ministro socialista de Gran Bretaña, debe provocar muchas preguntas. ¿Qué tienen los dos hombres en común? Fui miembro durante muchos años del Partido Laborista de Gran Bretaña, y creo que puedo ofrecer una respuesta. Ambos hombres fallaron a sus partidos. Ambos condenaron su partido a la derrota e hicieron posible el triunfo de la derecha. Si Rodríguez Zapatero hablara inglés, descubriría al conversar con Tony Blair que ambos tienen más en común de lo que piensan. El Partido Laborista desde los días de Blair ha fracasado por completo para recuperar la confianza del electorado. Lo mismo puede decirse del partido que una vez lideró Zapatero, cuyo libro está muy apropiadamente titulado El dilema: 600 días de vértigo.

Abran cualquier periódico de Europa o los Estados Unidos, y si hablan de España también aludirán al hundimiento del PSOE. Un periódico europeo, incluso se refirió a los socialistas españoles como zombis. Se trata de un lamentable estado de cosas, porque todo país se merece una buena, honesta oposición. Sin embargo, eso es algo que España no tiene.

El socialismo español ha sido siempre el más débil de los muchos socialismos que solían existir en Europa. En sus primeros días, nunca ganó el apoyo de destacados intelectuales, tuvo una base débil en la clase trabajadora y tiene la distinción única de no haber aportado ningún escrito teórico al corpus del socialismo europeo. El breve período en el poder durante la década de 1930 fue un desastre. Afortunadamente, el PSOE logró recuperarse durante la primera época de la España democrática, en la década de 1970, pero pronto se destruyó a sí mismo revelando una asombrosa capacidad para la codicia y la corrupción. Desde entonces, nunca se ha recuperado.

Dos períodos decisivos en el gobierno destruyeron la credibilidad del PSOE. En primer lugar, se hizo cargo del gobierno de Cataluña en el marco del denominado tripartito en 2006, cuando el PSC, ERC e ICV repitieron su alianza del año 2003, pero esta vez con José Montilla como presidente. Poco se puede decir acerca de la época de Montilla que no se pueda leer en las cinco líneas de la pregunta que La Vanguardia puso a sus lectores en febrero de 2010: «¿Considera que Cataluña está fatigada del actual Gobierno tripartito?» La reacción de los lectores fue contundente: No menos del 93% respondió «sí». Ese fue un mal invierno: cayó mucha nieve y enterró para siempre el futuro del tripartito. Un periódico informaba: «Las carreteras cortadas, los transportes públicos cancelados, y la sensación de desamparo de los ciudadanos cayó como una losa sobre el tripartito, criticado una vez más por su ineficacia y descoordinación». Sin embargo, el desamparo de los catalanes no era nada comparado con el desamparo de los españoles durante el último ministerio de Zapatero en Madrid.

No hay necesidad de repetir lo que todo el mundo sabe acerca del desplome de España bajo Zapatero. En sus memorias recientemente publicadas, Zapatero afirma que no tenía la culpa de nada, y que fue la crisis la responsable. Al menos acepta que hubo una crisis. Durante su mandato, se negó a usar la palabra. En una entrevista con un periódico nacional afirmó que la idea de que España estaba realmente en problemas era «opinable» y dijo que «todo depende de lo que entendemos por crisis». Dijo que hablar de una crisis económica estaba siendo «antipatriótico» y que hablar como tal era «catastrofismo puro.» Afortunadamente, ahora tenemos las memorias de Pedro Solbes, quien renunció al cargo de ministro de finanzas de Zapatero en 2009 porque Zapatero se negó a reconocer que existía una crisis. En sus memorias, publicadas también en los últimos días, Solbes señala que Zapatero fue responsable de que la crisis empeorara por no haber tenido más coraje y haber efectuado las políticas neoliberales antes y con más profundidad. Una catástrofe barrió a Zapatero del poder, y los votantes creyeron que el PSOE viraría hacia un líder joven con nuevas ideas. En lugar de ello, el partido prefirió cometer harakiri, al optar por un hombre mayor sin ideas en absoluto.

En 2013, la única esperanza que le quedaba al partido en decadencia para salvar su salud y destino era la renovación de sí mismo en un congreso nacional. Esto, como todo el mundo sabe, no pasó. Sólo una semana antes del congreso, los votantes socialistas dejaron claro en las encuestas nacionales que deseaban un cambio total de liderazgo en el partido. La cifra fue, si no me equivoco, que más del 90% querían que Rubalcaba dimitiera. Podemos imaginar cómo reaccionaron los barones del partido. Dieron todo su apoyo a Rubalcaba, que apareció con una mirada de triunfo en su rostro para declarar que había sido reelegido y que, por tanto, el partido estaba renovado. Para aquellos que habitualmente votan socialista, aquel debe haber sido un momento de vergüenza suprema.

El Gobierno del PP ha demostrado que de momento es incapaz de sacar a España de la confusión, y ha demostrado que tiene tanta corrupción en sus filas como el PSOE ha tenido. El PSOE, que al igual que todos los partidos políticos está lleno de apparatchiki (una palabra rusa que significa el personal del aparato del partido) que se detestan mutuamente, tiene que resolver tres simples cuestiones si se propone sobrevivir. En primer lugar, es un sinsentido del partido declararse socialista, cuando ni un solo punto de su programa guarda relación con las aspiraciones de la gente trabajadora de España. No hay socialismo teórico en el PSOE, y desde luego no existe una política socialista. Por tanto, el partido necesita renovar sus ideas por completo, tanto en lo económico como en la política social. Por el momento, no tiene ideas, lo que da libertad perfecta a otros partidos para seguir su propio camino en la política. Cuando el último gobierno de Zapatero llegó al poder, Zapatero emitió una larga lista de cerca de 30 promesas que juró cumplir. No es ninguna sorpresa saber que no cumplió ni una sola de ellas. El aspecto triste, sin embargo, era que ninguna de las promesas contenía ideas o aspiraciones que despertaran entusiasmo. El PSOE estaba intelectualmente en bancarrota.

En segundo lugar, el partido se está condenando a la extinción al negarse a renovar su liderazgo. Algunos miembros del partido creen que pueden escapar del régimen de los antiguos haciendo una búsqueda desesperada de mujeres jóvenes como candidatos. Eso es absurdo. Las mujeres jóvenes cuyos nombres aparecen en la prensa, tienen poca experiencia en la política nacional o internacional, y no tienen ningún recurso fuera de sus bases en Andalucía y en Cataluña. ¿Está la vida pública en España tan carente de talento?

Por último, el partido tiene que decidir dónde se encuentra frente al nacionalismo. Hasta ahora, ha dado un apoyo generoso a los nacionalistas en el País Vasco y Cataluña, porque los nacionalistas les apoyaron contra la derecha de España. Pero el desastre de Montilla en Cataluña muestra que el nacionalismo es una espada de dos filos, y la deserción de Ernest Maragall del partido es de mal agüero. ¿Qué decisión puede tomar el partido? La opción de un Estado federal, sugerida por algunos como Navarro en Cataluña, es una idea desacreditada que murió hace mucho tiempo y no puede ser resucitada.

Nuestra conclusión no puede ser más que la de la respetada revista The Economist. «El partido», informó recientemente, «está cavando su propia tumba». A pesar de que el desempleo tiene la tasa más alta de cualquier país de Europa, la mitad de los jóvenes están desempleados, y la corrupción visible en todos los niveles de la política, el PSOE no ha podido ganar ningún apoyo popular y, de hecho, tiene menos apoyo hoy que cuando perdió las elecciones generales. Fernando López Aguilar describió recientemente la situación del partido como «la peor en 35 años». Este fue una vez un buen partido, pero hoy es una sombra de sí mismo.

Henry Kamen es historiador británico.

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