El crepúsculo democrático de Turquía

Cuando lo interrogaron recientemente sobre un profesor de derecho constitucional que fue arrestado por dar cátedra en un instituto dirigido por el principal partido político pro-kurdo del país, el ministro del Interior de Turquía, Idris Naim Sahin, no pudo ocultar su irritación: “Me está costando mucho entender a aquellos que dicen que un profesor no debería ser arrestado mientras se arrestan a miles de otras personas en Turquía”.

Supuestamente, Sahin quiso decir que un profesor no puede exigir un trato especial bajo el régimen de la ley. Pero, sin darse cuenta, su comentario subrayó la nueva realidad de Turquía, en la que cualquiera a quien se percibe como opositor del actual régimen puede ser enviado a prisión, con o sin pruebas, por terrorismo u otros actos violentos.

Tribunales especiales, encargados de condenar el terrorismo y los delitos contra el estado, han estado trabajando fuera de horario para generar cargos que, muchas veces, son tan absurdos como infundados. Por ejemplo, se encarceló a periodistas por escribir artículos y libros a instancias de una supuesta organización terrorista llamada “Ergenekon”, cuya existencia todavía no ha sido confirmada, a pesar de años de investigación.

De la misma manera, oficiales militares han sido acusados en base a documentos abiertamente fraudulentos -y, de hecho, generados de manera poco profesional- que contienen anacronismos obvios. Un alto comisionado policial actualmente se está pudriendo en la cárcel supuestamente por colaborar con militantes de extrema izquierda a los que se pasó persiguiendo toda su carrera. Estos procesos judiciales han generado una red cada vez mayor en la que quedaron atrapados decenas de periodistas, escritores y académicos, centenares de oficiales militares y miles de políticos y activistas kurdos, entre otros.

La autocensura se ha vuelto moneda corriente. Los directores de los medios, ansiosos por conservar los favores del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan, han despedido a muchos de los periodistas que siguen criticando su régimen. Y el control del gobierno hoy se extiende más allá de los medios, el poder judicial y el ámbito académico al mundo de los negocios y el deporte. Organismos regulatorios que antes eran autónomos (como la autoridad de la competencia) han sido subordinados silenciosamente al gobierno, sin debate ni discusión.

Hasta la Academia de Ciencias de Turquía se vio afectada. Un decreto reciente, ampliamente condenado en el exterior, permite al gobierno nombrar a las dos terceras partes de los miembros de la Academia, poniendo así fin incluso a la apariencia de independencia científica.

Erdoğan parece inmune a las críticas. Su éxito a la hora de expandir el acceso a la salud, la educación y la vivienda le permitió ganar tres elecciones generales -cada una de ellas con un porcentaje cada vez mayor del voto popular que la anterior-. Quebrantó el poder de la vieja guardia militar y el predominio de su rancia ideología kemalista -el nacionalismo secular introducido por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk- alterando con esto para siempre la conformación de la política turca. Presidió el surgimiento de una nueva clase vibrante de empresarios anatolianos. Y, en su mandato, Turquía se convirtió en una potencial regional.

Sin embargo, si bien Erdoğan puede parecer estar en el pináculo del poder, son los aliados “gülenistas” de su gobierno los que se han vuelto cada vez más poderosos. Miembros del movimiento transnacional Gülen -inspirados por los seguidores de Fethullah Gülen, un teólogo musulmán radicado en Pensilvania- están ocupando puestos en la policía, el poder judicial, la burocracia y las universidades de Turquía. Los medios gülenistas hoy marcan el nuevo tono ideológico del país, generando una corriente continua de desinformación en su abierto respaldo de los juicios que se llevan a cabo en el país como demostración de poderío.

Por cierto, estos juicios son montados normalmente para satisfacer fines específicamente gülenistas. Detenidos prominentes, como el periodista Nedim Sener y el comisionado policial Hanefi Avci, aterrizaron en la cárcel después de exponer los delitos de la policía y los fiscales gülenistas. Los editoriales en Zaman, el periódico en idioma turco de la red Gülen, ya no andan con rodeos: se está creando una nueva Turquía; los que se interpongan en el camino reciben lo que merecen.

Erdoğan se ha beneficiado enormemente del respaldo gülenista, pero detesta compartir el poder y sigue sospechando del movimiento. En un primer momento, supo explotar los juicios políticos respaldados por los gülenistas para demonizar a la oposición. Pero, a medida que las acusaciones crecieron en alcance e inverosimilitud, los juicios complicaron sus relaciones con los militares, los liberales domésticos y actores externos como los medios extranjeros y la Unión Europea. Es más, individuos cercanos a él y a su administración recientemente quedaron atrapados en la red de manipulación judicial, lo que sugiere que puede estar perdiendo control de la policía y los tribunales especiales.

Dado que la lucha contra el enemigo común, la vieja guardia secularista, ya está definitivamente ganada, un eventual quiebre entre Erdoğan y los gülenistas tal vez resulte inevitable. Desafortunadamente, más allá de cuál sea el lado que surja victorioso, el resultado no será una buena noticia para la democracia turca.

Para los amigos de Turquía en el exterior, es hora de algo de mano dura. Hasta ahora, la Unión Europea y Estados Unidos reaccionaron ante la caída de Turquía en el autoritarismo con declaraciones de preocupación bastante imprecisas. Ningún funcionario pronunció críticas análogas a la condena por parte del secretario de Relaciones Exteriores sueco, Carl Bildt, del juicio montado a la ex primera ministra ucraniana Yuliva Tymoshenko en ese país, o los comentarios francos de la secretaria de Estado norteamericana, Hilary Clinton, sobre la erosión del régimen de derecho del primer ministro ruso, Vladimir Putin. Curiosamente, los informes de progreso de la UE sobre Turquía siguieron calificando a los juicios de Ergenekon, que son fuertemente respaldados por los gülenistas, como una oportunidad para fortalecer el régimen de derecho.

No fue hace mucho tiempo que Turquía parecía ser un faro brillante de democracia y moderación en una región acostumbrada a la autocracia y el radicalismo. Ahora se parece más a un país encaminado hacia el autoritarismo fronteras adentro y que abraza el aventurismo en el exterior.

Es comprensible que los europeos y los norteamericanos no quieran ofender a una potencia regional. Pero jugar el juego de Erdoğan no hace más que reforzar su sensación de invencibilidad. No fomenta la causa de la democracia en Turquía; tampoco hace de Turquía un aliado más confiable.

Por Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional en la Universidad de Harvard y autor de The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy.

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