El creyente, el opositor y la nación

En el duelo donde Zapatero serviría de pasto para los leones y Rajoy entusiasmaría a la plebe a lo Gladiator, bajo la arrebolada mirada de una Esperanza Aguirre presente en la tribuna para bendecir la masacre, resultó que el muerto se escapó vivo y el cazador terminó cazado. ¿Y por qué pasó lo que pasó? Porque no era la economía, estúpido, seguramente diría Clinton. Es la credibilidad. Ganar o perder un debate no es cuestión de chisteras ni conejos, de medidas o contramedidas. Los debates operan en el sector de la confianza. Son un negocio donde triunfa quien administra mejor su credibilidad, no tanto su tiempo, su destreza dialéctica, sus chistes o sus propuestas. Todas las medidas del mundo no valen nada si quien las propone es alguien con quien la mayoría no iría hasta la esquina.

Para entenderlo mejor, conviene mirar estos espectáculos sin los prejuicios o el exceso de información del analista. El ciudadano medio presta una atención limitada a estos acontecimientos. Su experiencia le dice que la mayor parte del tiempo se ocupan de cosas muy importantes para sus señorías y menos para sus votantes. Presta atención a lo que le interesa y maneja percepciones globales, no literalidades. Y lo que pudo ver fue a un señor que, contrariamente a cuanto auguraban muchos, ejercía de presidente y proponía cosas que a lo mejor permiten que esa vivienda que no fue tan gran inversión como parecía frene su caída de valor, se reactiven sectores donde hay mucho empleo, como el automóvil o el turismo, o que haya cierto alivio fiscal para la pequeña empresa donde trabaja, si no es autónomo. También le hablaba de la importancia de la educación y las nuevas tecnologías, o de más compromiso con la dependencia y un nuevo paquete de derechos civiles.

En frente se presentó un señor bastante irritado por lo mucho que va a gastar el otro y a quien le parece mal incluso cuando le dan la razón, que mencionó a los cuatro millones de parados solo para arrojarlos contra el Gobierno, anunció una especie de reforma sorpresa del mercado laboral cuyo contenido desvelará cuando mande y dijo que nos explicaría con detalle sus propuestas, pero no tiene tiempo. La preferencia por el primer orador es puro instinto de supervivencia.

Zapatero ganó porque probó la confianza de un creyente y Rajoy perdió porque exhibió el fastidio de un opositor a notarías. El presidente conserva por el momento un mayor capital de credibilidad y lo administra mejor. No está tan claro si ha ganado socios para sacar adelante su programa o ha convencido lo suficiente al hombre de la calle. Los datos del CIS acreditan que la mayoría le ve como el menos malo, no que haya recuperado su confianza. Un problema inexistente si hubiera desgranado un discurso igual de activo y realista no solo en el debate del estado de la nación, sino todo del año. En cuanto a la soledad parlamentaria del Gobierno, supone una dificultad relativa. El PSOE ha probado su elasticidad pactando con la izquierda nacionalista en Catalunya y Galicia y con la derecha española en Euskadi. Tiene donde escoger y abiertas todas las puertas, incluso la del PNV cuando rematen la terapia para asumir el haber perdido de golpe tanto poder. Sus cuitas no vienen de la falta de pretendientes, sino de la mayor debilidad de su posición negociadora. Aunque la nutrida legión de grupos minoritarios, que tanto le fustigaron desde la tribuna, tampoco anda sobrada de opciones más allá de votar con el PP cuanto reste de legislatura. Zapatero estará solo, pero Rajoy no camina precisamente rodeado de una multitud. ¿O alguien sabe con quién está dispuesto a pactar el PP y quién aceptaría tal oferta?

El problema de Rajoy es de mayor calibre. Tras la liberación del triunfo en Galicia, parece volver a ser víctima de su propio personaje y el guión que se empeñan en escribirle en Madrid. De acuerdo con ese libreto, todo el mundo sabe que Zapatero es un pobre hombre que ocupa la Moncloa por casualidad. Por supuesto, no puede competir con un opositor tan brillante como el registrador Rajoy y contempla paralizado y acorralado cómo España se hunde mientras los separatistas pitan al Rey. “No le zurres demasiado, no vaya a ser que acabe dando pena de lo sonado que va”, seguramente le habrán aconsejado.

El uso proporcionado del sentido común ha sido siempre una de las grandes virtudes de Rajoy. No aplicarlo ahora es su error y su desgracia. Si lo hubiera manejado como sabe y suele, habría construido su discurso sobre otra lectura, como hizo Zapatero, sobre la interpretación de la realidad que hace el votante medio. Y en esa realidad, el presidente acusa desgaste y ha perdido credibilidad con sus errores en la gestión de la crisis y cierta desconexión con la calle, pero Rajoy ni convence ni vence. Zapatero diseñó su intervención para recuperar esa credibilidad y en parte lo consiguió. Rajoy se empeñó en presentarnos otro remake de la penosa historia del malvado ZP, sin añadir nada nuevo capaz de convencernos. Incluso, peor: el duelo deja sobre Rajoy la sospecha creciente de que estaría haciendo más o menos lo mismo que intenta el actual Gobierno porque carece de alternativas. O, si las tiene, prefiere no contarlas porque no nos van a gustar.

Antón Losada, periodista.