El crimen fue en Dallas, hace cincuenta años

Pareciera como si el tiempo se hubiera detenido: ha pasado medio siglo desde que John Fitzgerald Kennedy, el 35 presidente de los Estados Unidos, fuera asesinado en Dallas, y el interés que despierta su figura y los nunca bien aclarados extremos de las circunstancias que rodearon su muerte se manifiestan en una abrumadora muestra de libros, películas, series de televisión y toda suerte de formatos visuales y auditivos. Como si hubiera sido ayer. Como si nada hubiera ocurrido entretanto. Y la mística redentora kennedyana, la del héroe sin mácula que vino a este mundo para establecer una atmósfera definitiva de paz y concordia antes de ser vilmente muerto por la oscura conspiración de los malos de esta Tierra, pervive casi en su integridad. No hay presidente de los Estados Unidos que no quiera situarse bajo el legado del joven e inacabado predecesor. No hay americano que no escrudiñe con atención quién y cuándo, proviniendo de la famosa y tumultuosa familia, podría reclamar la antorcha del fallecido en tan trágicas condiciones. No hay medianamente ilustrado ciudadano del mundo que no sepa repetir aquello de «no te preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país». Y no hay persona que, contando con la edad suficiente, no sepa recordar con exactitud dónde se encontraba en el momento de conocer la terrible noticia y en qué hombro derramó las incontenibles lágrimas de desesperación que la pérdida del prometedor político le hizo derramar.

Tuvo poco tiempo –los recordados mil días, apenas tres años– para llevar a cabo el programa de ilusionantes reformas que las gentes esperaban más de su presencia que de sus palabras, y el balance que los historiadores han establecido está lleno tanto de promesas que no pasaron de serlas como de tempranos y sonados errores. Entre estos últimos, la desastrosa invasión de Bahía Cochinos, en Cuba (abril de 1961), un plan ideado por la CIA para acabar con Fidel Castro y que terminó en una sonora derrota de los invasores y en una bofetada al prestigio de la presidencia de los Estados Unidos. O la primera cumbre bilateral con el líder soviético Nikita Kruschev, en Viena ( junio de 1961), donde el viejo zorro moscovita le tomó la medida a su joven e inexperto colega norteamericano y le encontró falto de reflejos, ayuno de información y sobrado de indecisiones. Es cierto que Kennedy supo aprender de la amarga experiencia y su manejo de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba (octubre de 1962), seguramente enviados a la isla caribeña por Kruschev en la errónea convicción de que el vacilante Kennedy de Viena acabaría por acomodarse al desafío, mostró firmeza y habilidad para, frente a los halcones de uno y otro lado, conseguir la retirada de los artefactos y con ella evitar los peligros de un enfrentamiento nuclear.

Se rodeó de un excelente equipo de colaboradores –los «mejores y más inteligentes», que diría David Halberstam–, pero no siempre recibió de ellos los consejos adecuados y, en la práctica, lo que algunos entonces o más tarde estimaron iban a ser las líneas definitorias de su presidencia se quedaron en simples diseños. Muchos creen saber que en el segundo mandato cuatrienal –y en Dallas estaba iniciando la campaña electoral– hubiera retirado las tropas americanas de Vietnam, pero en la práctica fue bajo su primer mandato cuando empezaron a proliferar en la península asiática los «asesores» militares enviados por Washington. Llegó a la Casa Blanca sin un claro programa de integración racial, que solo empezó a desarrollarse tras la marcha por los derechos civi l esque Martin Luther King J r. había organizado en Washington en agosto del año 1963, pocas semanas antes del magnicidio. Habría de ser su sucesor, Lyndon B. Johnson, el que realmente pusiera en marcha el programa más ambicioso de integración racial desde los tiempos de Lincoln y su abolición de la esclavitud. Pero, qué duda cabe, supo combinar unas ciertas aproximaciones al deshielo con la URSS al tiempo que mantenía con firmeza la confrontación frente al expansionismo comunista en Berlín. ¿Quién no ha evocado alguna vez el «Ich bin ein Berliner» pronunciado gallardamente ante el infame muro y enfrente de la Puerta de Brandemburgo? Hace todavía pocos meses Barack Obama intentó la misma faena en parecido lugar y los resultados quedaron muy lejos de la versión original.

Ycincuenta años de investigación y progresiva transparencia han propinado un duro golpe a la inmaculada imagen del que fuera primer, y hasta ahora único, presidente católico de los Estados Unidos. Aquejado de una sexualidad compulsiva, convirtió la Casa Blanca en un abigarrado y atiborrado «picadero» que haría parecer las andanzas de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky como juegos adolescentes de jovencitos en celo. Por no mencionar los confusos orígenes de la fortuna familiar, las proclividades proalemanas del padre del presidente, Joseph P. Kennedy, en sus tiempos como embajador en Londres (1938-1940), o las relaciones del futuro presidente con una danesa de la que el FBI temiera fuera agente nazi (1941-42). Cualquiera de esos elementos, traducido en referencias contemporáneas, habría supuesto hoy obstáculo insalvable en el camino hacia la Casa Blanca.

Pero el misterio y la brutalidad de su muerte dieron consistencia marmórea al mito. Nunca sabremos exactamente quién estuvo detrás de Lee Har vey Oswald, porque ni la familia –empeñada en evitar que la verdadera y deteriorada condición física del presidente saliera a la luz–, ni el «establishment» –preocupado por evitar que una supuesta implicación de los cubanos y de los soviéticos en el asesinato pudiera conducir a una conflagración generalizada–, ni Lyndon B. Johnson –deseoso de evitar las salpicaduras de la investigación en la campaña electoral de 1964– querían otra cosa que no fuera un rápido y lineal carpetazo al tema. Eso es lo que hizo la Comisión Warren.

Poco importa. Porque Kennedy y su corte de «Camelot» fueron lo que las gentes del común quisieron ver en ellos: la encarnación de un mundo bello donde primaban la justicia y la razón. De esa materia están zurcidos los sueños.

Javier Rupérez, miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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