El cuento de hadas de Beauvoir y Sartre

¿Simone de Beauvoir?: ¡Castor! No a causa del roedor semiacuático, sino de su apellido «Beaver».

En 1929 Castor tenía 21 años y Sartre tenía 23. Ambos, por cierto, se trataron siempre de usted. Para algunos fueron los Romeo y Julieta del Saint-Germain de París. Y para los más entusiastas, ¿la pareja más anticonformista del siglo XX? Para ella, él era «el más feo, el más horroroso». Y para él, ella vestía «pésimamente mal, con su chichonera». ¡Chapeau!

Los dos se presentaron al examen más enrevesado y largo de la Sorbona: «L’agrégation de philosophie». Castor consiguió el segundo puesto. Y Sartre el primero. Sus opciones nunca fueron «deterministas», sino «probabilistas».

«No podía vivir uno sin el otro. No se podían separar. Era una relación sentimental, sexual, intelectual». Como en las películas mudas solo vestían de negro y blanco. Iban a ser el prototipo y el ejemplo de la relación «moderna». Obviamente, Castor y Sartre nada sabían del genio de Tirso de Molina/Claramonte. Ni del prodigioso mito de don Juan. Y, sin embargo, iban a convertir su relación en la ilustración más significativa del primer mito (o por lo menos el segundo) de nuestra civilización.

El concepto de aquella «nueva relación» se decidió en un banco del jardín de las Tullerías cuando Sartre le propuso a Castor un pacto de dos años. Un convenio renovable. Para sellar el «amor necesario». Hay épocas en las que la amante parece una especie en vías de desaparición como la «fiel esposa».

Sí. Castor reconoció que Sartre era el primer hombre de su vida, que su inteligencia la fascinaba, que su lógica era implacable, que su amor por él era, por lo menos, «necesario». Sartre le detalló la rareza del proyecto:

–Conviene que vivamos un amor «necesario» y que gocemos, al mismo tiempo, con amores «contingentes». Los amores contingentes son una manera de conocer el mundo cuando se es un hombre, con las mujeres. Y cuando se es una mujer, con los hombres. Sin trasgredir la condición esencial: no mentirnos nunca. Vamos a reinventar la pareja. Porque los dos sentimos una ternura y una confianza recíprocas. Procederemos con la estrategia de la verdad. Sin adoptar la de los burgueses. La de ¡los cerdos!

Castor pensaba que celos y razonamiento eran como tuberculosis y pulmones. Estaba convencida de que nunca le disimularía nada. Por ello escribiría unos años después: «Siempre supe que estaba gordo. Pero ahora que le veo de tan lejos me doy cuenta: no está gordo; es obeso». Prosiguió observándole de lejos, mientras le esperaba en una estación de tren parisiense, casi sorprendida: «Ahora me percato de que Sartre no es bajo; es un enano». Y aún más escudriñadora: «De pronto noto que tiene un poco de saliva en la comisura de sus labios. Babea. Con semejante viaje en ferrocarril se habrá cansado. Seguro que no habrá podido retener sus esfínteres. Se habrá orinado y defecado encima». Pero finaliza su comentario con esta declaración: «Nunca le amé tanto».

Sin reparo alguno Sartre, al final de su vida, responde al enigma que le plantea un íntimo, aceptando que el corazón de la hiena reside en sus colmillos: «¿Cómo hace usted para navegar con tanta felicidad y destreza sobre las aguas polígamas?», con esta confesión: «Les miento; es más simple y más honesto». Incrédulo, su amigo le insta: «Usted ¿les miente a todas?». Sartre sonríe: «A todas». «¿Incluso a Castor?». «Sobre todo a Castor».

Sin atreverse a hacerle reproche alguno, su amigo admite: «Usted es el filósofo de la transparencia». Sartre se defiende: «Hay situaciones donde uno se ve precisado a inventar una moral provisional». Ocultando la ética se identifica con la bonanza.

Cuando Castor conoce, excepcionalmente, un amor «contingente» de Sartre, le pregunta a este: «¿Qué hace con su amante en la cama?». Inmutable, él responde: «Ya sabe que incluso nuestras relaciones “físicas” cesaron al final de los años treinta. Nada debe obscurecerme». Castor se rememora, con recuerdos tartamudos: «Es verdad que usted se retuvo siempre. ¿No quiso nunca perder su conciencia?». Sartre precisa: «Yo solo soy un masturbador de clítoris» [o: m. de cl.].

Las «contingencias» de ella hoy ya son conocidas sin buzz ni maremotos: los amores «profundos» de Castor con sus alumnas; su romance con el joven Claude Lanzmann; sus visitas al Chicago de Nelson Algren; Castor vivirá con el americano –¿very bad trip?– una luna de miel méjico-guatemalteca; pero terminará con el anillo de su falso matrimonio con el gran novelista en su tumba. Solo hubo apuntadores en tiempos de comediógrafos. Las «contingencias» de él también ya son públicas: desde la apasionada con Lena Zonina, ¿agente soviética?; o con la poetisa Dolorès Vanetti, con la que creyó vivir de vacaciones; o con Bianca (prima de Georges Pérec), con la que desató un pasaje nauseabundo; o con la incontrolable y caprichosa Olga, por la que Sartre, «esquelético y rechazado», estuvo a punto de morir de amor.

Los dos existencialistas fueron ¿la reencarnación del don Juan sin haber leído «El burlador de Sevilla»? Capaces, en sus diversas facetas, de intentar seducir a todos y cada uno de los aspirantes. Cuatro, en el caso de Tirso, incluso haciéndose pasar el «seductor», en la obscuridad, por uno de los prometidos.

Castor, quien tampoco conoció las aventuras de las heroínas de los libros de caballería, al morir Sartre, intentó cumplir su propia quimera: «Quise tumbarme cerca de él bajo la sábana…» («cuidado… ¡la gangrena!», me gritan).

Y Castor concluye: «Hay preguntas que en verdad nunca me hice: mi lector se las hará quizás». Mientras que las hadas ya no leen cuentos de hadas, ni en tableta.

Fernando Arrabal, dramaturgo y escritor.

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