El cuerpo de san Isidro

En la madrileña Colegiata de San Isidro, en la calle de Toledo, se conserva el cuerpo incorrupto de san Isidro Labrador. El Santo murió hace unos novecientos años. No hay nada semejante en Madrid ni en toda España. Del 21 al 29 de mayo de este Año jubilar será expuesto allí a la veneración de los fieles y a la contemplación de todo el que quiera acercarse a la colegiata.

Desde luego, se trata de una curiosidad muy destacable e interesante para cualquiera. Con motivo de esta exposición pública, el cuerpo incorrupto del santo patrono de Madrid y de los agricultores ha sido examinado con las técnicas más recientes por especialistas de la Escuela de Medicina Legal y Forense de la Universidad Complutense.

No tardando mucho se darán a conocer los resultados de este estudio, realizado con todos los requisitos canónicos y científicos. Podemos adelantar que serán muy interesantes. Las personas que han intervenido en el examen no dejan de admirarse de las condiciones extraordinarias en las que se encuentra un cuerpo tan único.

Pero ¿cuál es la relevancia teológica y religiosa de una reliquia insigne como esta? ¿Se trata de un milagro en el que sería necesario creer para ser un buen católico? ¿Por qué custodia la Iglesia este cuerpo sagrado y lo pone a la veneración de los fieles?

La Iglesia venera desde siempre con reverencia los cuerpos de todos los bautizados, también de los difuntos. Según la antropología católica, el cuerpo no es un algo accidental. El cuerpo no es una cosa a disposición de un supuesto sujeto titular de su propiedad. El cuerpo es la persona misma en su dimensión espacial y temporal. Un alma o un espíritu sin cuerpo no sería una persona humana. Tampoco hay cuerpo humano que no sea elemento sustancial de una persona humana. Los cuerpos de los difuntos esperan la resurrección y no carecen de algún tipo de relación con el otro elemento sustancial de la persona que sobrevive a la corrupción corporal, es decir, del alma.

Los restos corporales no son ya la persona misma, pero siguen siendo signo de una realidad personal que, lejos de extinguirse con la muerte, puede iniciar ya el gozo de la plenitud de su vida, que es divina e inmortal. Por eso, la Iglesia prefiere que el cuerpo del difunto no sea destruido, sino inhumado en un cementerio, que significa dormitorio, donde espera la resurrección. Se trata de una preferencia que no excluye del todo otras prácticas, con tal de que éstas no impliquen la negación del destino glorioso de los cuerpos resucitados.

En el caso de los mártires y de los santos confesores de la fe, como san Isidro, la custodia y veneración de sus reliquias tiene además otro motivo. Ellos han vivido a fondo la gracia del bautismo. Han muerto muy de veras con Cristo para vivir con él. Por eso, en sus vidas y muertes Dios se ha hecho presente para sus contemporáneos de un modo especial. Cuando san Isidro llevaba con paciencia la mortificación de las envidias y persecuciones de su tiempo y vivía desprendido de su propio ‘yo’, entregado al amor de Dios, de su esposa, de su hijo y de sus vecinos, en especial de los más necesitados, él era para los madrileños de entonces como otro Cristo, en el que el Padre les mostraba su rostro misericordioso y su presencia providente.

La Iglesia venera las reliquias de los cuerpos de mártires y santos, porque son un signo llamativo de la presencia del Resucitado en la historia y, por tanto, un estímulo para la esperanza en la resurrección de la carne. En particular, cuando el cuerpo entero se mantiene incorrupto, como es el caso de san Isidro. El cuerpo del santo patrono de Madrid sigue visible para los madrileños de hoy, una señal potente de que san Isidro, estando en el Cielo, gozando ya del Amor infinito de Dios, está muy cerca de quienes todavía peregrinamos aquí hacia la Gloria. Es un signo elocuente de la comunión de los santos, esa unidad de la familia de los cristianos en Cristo que no se rompe ni siquiera con la muerte.

Ninguna determinada reliquia es necesaria para la fe. Creemos que Cristo ha resucitado y que nosotros resucitaremos con él. Es una fe avalada no sólo por la Tradición viva de la Iglesia, sino también por razones antropológicas de lo más convincentes. La veneración del cuerpo de los hermanos difuntos y, en particular, la veneración de las reliquias de los santos se basa en la fe en la resurrección y, a la vez, contribuye a sostenerla.

Quienes han querido acabar con la fe y la esperanza cristianas sabían que profanando las tumbas de los santos y destruyendo sus reliquias o sus cuerpos golpeaban un apoyo de la fe del pueblo cristiano. Pero ignoraban que esta fe tiene cimientos mucho más sólidos. Los bolcheviques quemaron muchas reliquias de santos. Lo hicieron sistemáticamente creyendo poder así acabar con la fe. A los revolucionarios españoles de 1936 no les bastó tampoco con incendiar la colegiata; quisieron cerciorarse de que, con ella, quemaban el cuerpo de san Isidro. Pero quienes lo custodiaban conocían lo que había sucedido en Rusia años atrás y se adelantaron a emparedar en un lugar secreto la insigne reliquia. Timoteo Rojo Orcajo prefirió morir a revelar el escondite. Este benemérito canónigo archivero de San Isidro encabeza la causa de beatificación por martirio de 61 sacerdotes que, si Dios quiere, se clausurará el próximo mes de diciembre en Madrid.

Es probable que la ciencia carezca de razones concluyentes que expliquen por qué se encuentra incorrupto el cuerpo de san Isidro, dadas las circunstancias en las que permaneció durante cuarenta años en la tierra muy húmeda del cementerio de la parroquia de san Andrés, en los arrabales madrileños. En todo caso, el hecho no deja de ser muy extraordinario. Y no menos extraordinaria es la historia de fe, de esperanza y de caridad que viene sucediendo en Madrid en torno al cuerpo del santo desde hace casi un milenio. Sin excluir curaciones y conversiones llamativas.

La exposición del cuerpo incorrupto de san Isidro en este Año jubilar, con motivo de los cuatrocientos años de su canonización en 1622, pretende ayudar a quienes lo veneren o contemplen a cultivar la verdadera esperanza; la que brota de la fe en el poder de Dios, que nos ha creado para él, para compartir en el Cielo sin límites su amor infinito, en cuerpo y alma, junto con toda su hermosa creación transfigurada.

Juan Antonio Martínez Camino es obispo auxiliar de Madrid.

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