El culto a san Simón

Fernando Simón es un hombre al acecho de su divinidad. Nunca un santo laico fue canonizado en menos tiempo y en unas circunstancias tan adversas, que al final sólo llevan a la demolición o al santoral. Han bastado un par de carraspeos por brizas de una almendra por tragar, unas cuantas camisas arrugadas de lino con su rastro de siesta en la pechera, un mapa de sonrisas en plan Joker que deja el maquillaje para volver a la España vaciada y 28.403 muertos oficiales, para que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias se haya convertido más en una aureola que en un rostro, más en una creencia que en un epidemiólogo, mucho más en un santo que en un hombre.

No es la primera vez. Sólo hace falta mirar a un personaje mucho más carismático, y con seguridad menos empático, como Ernesto Guevara. Lo alucinante de su resistencia icónica sigue siendo, entre tantas victorias silenciosas e impúdicas de la propaganda, que quien liderara la creación de cárceles revolucionarias para los homosexuales cubanos sea un emblema en cada Orgullo Gay con su gesto de Cristo guerrillero que ha dejado la cruz enterrada en Bolivia, donde también fueron acribillados Sundance Kid y Butch Cassidy.

Porque el Che tuvo un pasado: exactamente igual que Fernando Simón. Y fue Sundance Kid/Redford quien produjo la película sobre sus mocedades, recorriendo Sudamérica en una motocicleta más moral que la que ha lucido Simón, o San Simón, en su portada Easy rider, sin tristeza ni culpa, y con chupa de cuero, un poco Dennis Hopper nacido en Fraggle Rock. Pero hablando del Che, o del joven Simón, cómo no respetar el retrato del hombre que decide que toda palabra, por científica o lírica que sea, debe convertirse en una acción redentora del mundo. Por eso el Che aparece en canciones buenísimas –Con la frente marchita de Sabina y varias de Ismael Serrano–, y poemas extraordinarios de Pere Gimferrer: porque el mito de la juventud se sobrepone al hombre que acabará siendo.

Aunque claro: luego llega la vida con su baile de cifras, que no siempre nos salvan. Y de nada le sirve a San Simón, por mucho que ahora exhiba su sonrisa de cera en los pectorales de unas camisetas en nuestro largo y cálido verano, su pasado como médico altruista en el corazón de las tinieblas, para justificar nuestro recuerdo de los últimos meses, cuando su sonrisa era la cara inquietante del virus y la improvisación de a ver qué pasa. Ya sé que a los convencidos en el dogma de fe de San Simón de poco sirven los razonamientos, porque el suyo es un culto parecido al del Che. Y cualquier evidencia será considerada, más o menos, una conspiración de la CIA o de la siempre inquieta oposición, porque bastante ha hecho este hombre con salir ahí cada día y darnos explicaciones, y encima con un tono tan moderadito, y con esa cara de buena persona. Dejémoslo en paz.

Doce ministros de Sanidad lo han mantenido en el cargo tras destacar como epidemiólogo en Burundi, Tanzania, Togo, Somalia, Guatemala, Mozambique y Ecuador. Amplió su formación en la London Scholl Hygiene and Tropical Medicine, hasta que lo fichó Ana Pastor. Pero una cosa es que el presente no invalide el pasado, y otra muy distinta que el pasado justifique el presente. Y aquí radica el más disparatado y principal argumento de los fieles de San Simón: con todo lo que ha hecho, ¿quién eres tú para criticarlo? Hombre, para empezar no hace falta ser precisamente un epidemiólogo para analizar unas declaraciones que se contradicen entre sí en cuanto las contrastas. Porque una cosa es la virología y otra muy distinta los giros del lenguaje, la osadía y la temeridad.

27 de enero: «Estamos en temporada de gripe. La probabilidad más alta ante cualquier sintomatología incluso viniendo de Wuhan, es de que sea un cuadro gripal». 29 de enero: «No es excesivamente letal. El problema es que se trasmite más fácilmente de lo que pensábamos». «El Gobierno no recomienda restricciones ni a viajes, ni a comercio con China». 31 de enero: «Parece que la epidemia tiene posibilidades de empezar a remitir. Nosotros creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será transmisión muy limitada y muy controlada… Me sorprende este exceso de preocupación». 9 de febrero: «Tiene una letalidad que no es desdeñable, pero no es tan grave como parecía. En estos momentos, el nivel de riesgo de España es relativamente bajo. No hay ninguna razón para alarmarse, está controlado… El coronavirus es una enfermedad de muy bajo nivel de transmisión». (Recordemos: el 29 de enero ya había dicho lo contrario: «El problema es que se trasmite más fácilmente de lo que pensábamos».) 13 de febrero, tras la suspensión del Mobile World Congress: «No existe un criterio sanitario para suspender el MWC». 16 de febrero: «En España ya no hay casos, y nunca ha habido transmisión del virus. Uno se infectó en Francia y otro en Alemania». 23 de febrero: «España no se plantea el cierre de fronteras». «Sería un poco fuerte hablar ahora mismo de pandemia por coronavirus». 28 de febrero, ya con 45 infectados: «No hay ninguna razón para cambiar de escenario porque el riesgo está perfectamente delimitado, no es un riesgo poblacional». 29 de febrero, con 59: «No hay una gran transmisión a nivel nacional». «La situación no es similar en España a ojos de Sanidad ya que descarta por el momento cancelar grandes eventos como la Fallas, ya que no hay motivos para ello… No debe propagarse el miedo». 4 de marzo, ya con dos muertos y 228 contagiados: «No es necesario cerrar los colegios». 6 de marzo, con tres muertos y 365 contagiados: «No es necesario que la población use mascarillas». (Ahora reconoce que sí era necesario: pero como no había, para qué decirlo.) 8 de marzo: manifestaciones masivas del 8-M en toda España, mitin de Vox en Vistalegre, etcétera, tras asegurarnos que animaría a su hijo a acudir a la manifestación. Al día siguiente, Salvador Illa descubrió que el escenario del coronavirus había cambiado misteriosamente. Y el 14 de marzo, ya con 5.200 contagiados y 130 muertes, llegó el estado de alarma.

Su gestión ha parecido mucho más política que médica, como cuando justificó que Sánchez e Iglesias se saltaran la cuarentena. Por eso ha sido nefasta. Hasta Miguel Sebastián ha afirmado que debería pedir perdón. Con la tasa de mortalidad más alta por 100.000 habitantes y 48.000 muertos según el INE, San Simón tendría que disculparse, dimitir y bajarse de la moto.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor. Su última novela es Atocha 55 (Almuzara).

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