El debate que los catalanes merecen

Cuando los economistas independentistas argumentan que sin España estarán mejor, hablan invariablemente de ahorrarse el sueldo del Rey y el coste del Museo del Prado. No les oirán hablar de los muchos ejemplos de cooperación exitosa que hacen que desintegrar un país suponga romper lazos difíciles de recuperar. Pero las ganancias de la integración (“juntos es mejor”), frente a la falacia de la economía de suma cero (“si no estamos juntos nos llevamos lo que ‘nos roban'”) son evidentes para los economistas, y para cualquier seguidor del Barça que pare un minuto a reflexionar cuanto se beneficia el Barça de su rivalidad con el Madrid y viceversa.

Como ejemplo de la falacia del juego de suma cero, y las ganancias de la integración, consideren los trasplantes, un caso del que podemos enorgullecernos con justicia: España tiene el mejor sistema de trasplantes del mundo. Tenemos la mayor tasa de donantes del mundo, 36 por millón, comparado con 25 en EEUU, 21 en el Reino Unido, 19 en la UE en su conjunto o 10 en Alemania. También la ventaja en calidad es espectacular. Los receptores de un riñón tienen una supervivencia a 10 años, 20 puntos superior a los de Estados Unidos. Obviamente, estos éxitos suponen muchas vidas humanas salvadas.

SANTIAGO SEQUEIROS
SANTIAGO SEQUEIROS

Pues bien, los trasplantes funcionan de una manera completamente nacional: aproximadamente entre un 20% y un 25% de los órganos que se trasplantan vienen de otra comunidad. Un corazón aragonés puede acabar en un catalán o un asturiano, dependiendo simplemente de la necesidad. Si el sistema fuera estrictamente autonómico, el corazón aragonés, si no existe un aragonés en ese momento con necesidad de trasplante, se echaría a perder y el receptor catalán o asturiano moriría. ¿Cómo, en nuestro fragmentado sistema autonómico, con la sanidad transferida, se pueden producir tales ganancias?

La artífice principal del éxito es la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), creada en 1989 por el nefrólogo Rafael Matesanz, un dedicado y visionario emprendedor que está aún al mando -con una interrupción- de ella. A pesar de no tener competencias por estar transferidas, esta organización decide por consenso junto a los representantes autonómicos la política de trasplantes, y establece prioridades estrictamente en función de la necesidad, sin amiguismos, enchufes, ni regionalismos trasnochados. La solidaridad entre ciudadanos españoles no es aquí una palabra vacía, sino un sistema que funciona para bien de todos.

La escisión de Cataluña sería, para ese sistema (como para la liga de fútbol o el sistema financiero) simplemente catastrófica, y sus consecuencias se medirían en decenas de muertes adicionales en uno y otro lado de la nueva frontera.

Son muchos los ejemplos de cooperación exitosa, desde las becas Severo Ochoa en las que los centros catalanes suelen arrasar, hasta la defensa y seguridad nacional. El sistema de pensiones asegura la vejez de los españoles de forma integrada. Cuando los independentistas hablan con alegría de separar la Seguridad Social, nunca se discute las muchas personas que han cotizado en un sitio unos años, luego en otro, luego se retiran en un tercero. ¿Quién se encarga de ellos? ¿De quién dependen los extremeños que han vivido su vida laboral en Cataluña?

¿Por qué estos casos no entran en la discusión en Cataluña? Durante los últimos meses, muchos tratamos, con dudoso éxito, de introducir algo de racionalidad en el debate. Son muchos mitos los que constituyeron el “España nos roba” que han ido cayendo. Tras haber descubierto Borrell y Llorach que la mera existencia de tales balanzas en EEUU, Bélgica, Alemania o Australia (repetida hasta la saciedad) era falsa, ningún economista independentista habla ya de balanzas fiscales. Las fantasías sobre la fácil entrada en la UE y el enorme apoyo internacional también se han desintegrado. El cuento de la lechera de la superioridad de la gobernanza en una hipotética futura Cataluña independiente murió con la confesión de Pujol, como le apuntó con dureza un entrevistador de la BBC a Raül Romeva.

Finalmente, estamos intentando luchar, con ejemplos como el de los trasplantes, contra la falacia más insidiosa, y más fácil de inculcar: que la economía es un juego de suma cero en el que lo que uno gana, otro lo pierde.

Y, sin embargo, desgraciadamente, los mitos, tan eficientemente y trabajosamente construidos y diseminados, perduran. Muchos catalanes están irremediablemente convencidos de que España no les trata bien (y hay casos, sin duda: el Gobierno del PP ha enfocado toda la inversión en obra pública a un AVE que no pasa por Cataluña, pero tampoco por la Comunidad Valenciana o Andalucía) y de que los problemas que tienen se resolverían con la independencia.

Solo un debate sobre las consecuencias económicas de la secesión puede servir para contrastar estas visiones y permitir a los votantes elegir su mejor opción. Desgraciadamente, los economistas que han apoyado estos argumentos y ayudado a construir estos mitos se niegan firmemente a debatir antes de las elecciones, y nadie de la lista del Sí acepta el reto. ¿Para qué, pensarán, si el debate sobre “nos roban” está ganado por el simple método de repetir hasta la saciedad el mito hasta que se convierte en realidad? Un reconocido economista catalán nos llamaba públicamente “matón de barrio” por insistir en la necesidad de este debate.

Y, sin embargo, seguimos convencidos de que los votantes catalanes necesitan este debate. No se pueden embarcar en esta aventura sin haber contrastado si los mitos que les contaron tienen alguna base o no. Nosotros nos hemos ofrecido a debatir con quien sea y cuando sea antes de las elecciones del 27 de septiembre. Espero que, en esta última semana, alguien acepte nuestro reto, por el bien de la transparencia. ¿No deseamos todos que las decisiones graves se tomen con suficiente información?

Luis Garicano es catedrático de la London School of Economics y coordinador del programa económico de Ciudadanos.

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