El debate sobre la inmigración

Por Nicolas Sarkozy, ministro de Interior de Francia (EL MUNDO, 08/09/05):

Leí con suma atención la tribuna escrita por varios responsables del Partido Socialista (Faouzi Lamdaoui, François Rebsamen, Bruno Leroux y Kader Arif) sobre la cuestión de la inmigración y publicada en Liberation el pasado día 25 de agosto. Dado que en ella se abordan algunas propuestas que yo mismo formulé sobre esta materia, desearía aportar algunas precisiones.

En primer lugar, es falso decir que «después del mito de la inmigración cero (…) la derecha se ha visto atrapada por el déficit demográfico anunciado». Porque la derecha estudia a fondo los temas y no comete el error científico que consiste en creer que la inmigración va a resolver el problema del déficit demográfico.

La inmigración no puede ser una solución al déficit demográfico sencillamente porque, en Francia, la causa de nuestros problemas demográficos no es la baja natalidad, sino el aumento de la esperanza de vida. Hoy, la jubilación dura dos o tres veces más que antes.Es esta diferencia la que pone en peligro la financiación de nuestro sistema social.

La inmigración no arregla nada en esta materia, porque los inmigrantes que vienen también envejecen y tienen derecho, como es lógico, a las mismas prestaciones que los ciudadanos franceses. Hacer venir inmigrantes para solucionar la cuestión del envejecimiento es hacer lo que, en el ámbito económico, se designa con el nombre de letras de cambio ficticias.

En un informe del año 2000, que sigue siendo muy conocido aunque mal entendido, el departamento de población de la ONU estimaba que a Francia deberían llegar 1.800.000 inmigrantes al año, es decir 18 millones de personas en 10 años (¡), si quisiese mantener en el mismo nivel la ratio entre la población activa y la población jubilada. Evidentemente, se trata de una absurda recomendación y, como es lógico, la propia ONU rechazó esta perspectiva.

En realidad, la solución a la cuestión del envejecimiento de la población pasa principalmente por la ampliación de la vida laboral y por la puesta en marcha (y perdón por volver sobre esta cuestión) de un nuevo modelo social que proporcione trabajo a todas las personas en edad laboral, aumente el potencial de crecimiento de nuestro país, adecúe los servicios a las personas y genere los recursos públicos necesarios para hacerse cargo, en buenas condiciones, de las inmensas necesidades procedentes del ámbito de los servicios y de los cuidados de las personas mayores.

Es cierto, en cambio, que no soy ni nunca he sido partidario del concepto de inmigración cero, por razones prácticas y de principios a la vez. Pienso que una gran nación como la nuestra debe permanecer abierta, dentro de unos límites controlados, al enriquecimiento y a la renovación que implica la inmigración.Lo sé por propia experiencia, como precisan los autores de la citada tribuna.

En segundo lugar, no es exacto decir que el «remedio milagroso (propuesto) ya ha sido testado en Estados Unidos, en Italia y en España, produciendo el efecto inverso al esperado». El método que preconizo no se parece en absoluto al de Estados Unidos, un país que no lucha realmente contra la inmigración clandestina que se alimenta de las importantísimas necesidades de su mercado de trabajo. Tampoco se parece en nada al método de España y de Italia, mucho más burocrático e inadaptado en relación con el funcionamiento de la vida económica.

El método que propongo es el de Canadá y el del Reino Unido, dos países que consiguieron situar la cuota del flujo de la inmigración económica en más de un 50% del total de la inmigración, frente al 5% actual en Francia.

Hay que precisar que el interés de esta fórmula no es sólo adecuar la inmigración a las necesidades económicas reales de nuestro país, sino también hacer venir a personas que tengan un puesto de trabajo asegurado cuando entren en nuestro territorio. Ahí reside la diferencia esencial entre el sistema actual y el que yo preconizo.

En el sistema actual, el 80% de los inmigrantes legales entra por la vía de la reagrupación familiar, busca un puesto de trabajo una vez que está en Francia y se ve obligado a vivir de las prestaciones sociales durante muchos meses. ¿Es ésta una acogida digna por parte de nuestro país? En el sistema que preconizo, más del 50% de los inmigrantes entrarían para responder a las necesidades identificadas del mercado laboral, tendrían inmediatamente un trabajo y se integrarían con mucha mayor facilidad.

En tercer lugar, sorprende cuando menos leer que «es de temer que se torne irreversible el derecho de asilo y de reagrupación familiar, así como la tarjeta de residencia única y renovable».Lo que parece irreversible en nuestro país son más bien las reglas de la inmigración tal y como fueron previstas en los años 70.Porque, desde los años 70, el mundo ha cambiado y mucho. La globalización, el aumento del tráfico aéreo, el desarrollo de los medios de comunicación y el perfeccionamiento de las técnicas de falsificación han hecho más atractivos a los países de acogida, han facilitado los flujos migratorios, así como a las mafias que se benefician de ellos. Y eso es algo que hay que tener muy en cuenta.

Soy abiertamente partidario de una eventual asociación con los países de origen de la inmigración, porque fui yo el que propuso, en el año 2002, la creación de redes positivas de inmigración, y el que firmó acuerdos en este sentido con Rumanía, Afganistán, Bulgaria y Mali.

Contratar el personal que necesitamos en los países de origen, no quedarnos con los cerebros de los países en vías de desarrollo e implicar a los países de origen en la lucha contra las mafias criminales, así como la devolución de los clandestinos a través de los consulados son los puntos esenciales de la propuesta política que hice y sigo haciendo.

Eso supone, como es lógico, consensuar una serie de contrapartidas a los países de origen. Porque lo que quieren estos países es que les entreguen un cierto número de visados de corta estancia y un cierto número de permisos de residencia para sus ciudadanos.Eso es lo que se llama cuotas.