El deber de la OTAN, en su 70.º aniversario

La OTAN tiene dos aniversarios este año: el 70.º aniversario de su fundación y el 20.º aniversario de su primera ampliación al otro lado de la antigua Cortina de Hierro. En retrospectiva, el hecho de que la OTAN sea el proyecto de paz más exitoso de la historia es reflejo no sólo de su poderío militar, sino también de su capacidad para ofrecer esperanza a países aspirantes a ingresar en ella. No hay duda de que la perspectiva de pertenencia a la OTAN (y a la Unión Europea) ha sido una fuerza motora para la democratización y la liberalización en los países excomunistas de Europa central y del este.

La OTAN mantiene una “política de puertas abiertas”, y sigue aceptando nuevos aliados. Y aunque el entusiasmo de hace veinte años por la ampliación cedió paso al temor de enfrentarse a Rusia, esa reticencia es errada. La historia reciente muestra que cada vez que la OTAN vaciló, Rusia ocupó el vacío.

Por ejemplo, en abril de 2008, los miembros de la OTAN se reunieron en Bucarest para analizar la posibilidad de ofrecer un “plan de acción para la membresía” (MAP) a Georgia y Ucrania. Pero por insistencia de Alemania y Francia, decidimos posponer la decisión hasta fin de año. En mi opinión fue un error. Pocos meses después de nuestra reunión, el presidente ruso Dmitry Medvedev ordenó la invasión de Georgia, y Rusia ocupó Abjasia y Osetia del Sur desde entonces.

Desde abril de 1999, a través del programa MAP, la OTAN provee un proceso formal por el que los estados aspirantes a ingresar pueden recibir asesoramiento y apoyo. Pero los criterios de admisión hacen prácticamente imposible el ingreso de un país que tenga una disputa territorial abierta. El Kremlin lo entiende muy bien, y por eso ha fomentado una serie de “conflictos congelados”, disputas por soberanía que comienzan con violencia para luego caer en un estado de indefinición prolongado; de ese modo, ejerce en la práctica un poder de veto a la expansión de la OTAN.

Un ejemplo perfecto de esta estrategia cínica puede hallarse en Ucrania. En 2014, protestas callejeras masivas en Kiev obligaron al entonces presidente ucraniano Viktor Yanukovych a huir del país. Ante el claro giro de Ucrania en dirección a Occidente, Putin volvió a las andadas, con el despliegue de fuerzas especiales que anexaron ilegalmente Crimea. Al poco tiempo siguieron las incursiones rusas en la región de Donbas en el este de Ucrania, donde el conflicto continúa.

Hace poco releí mis notas de la reunión de 2008 entre la OTAN y Rusia en Bucarest, y hallé que entonces Putin hizo declaraciones que luego repetiría tras la anexión de Crimea; por ejemplo, que la población de Ucrania es en su tercera parte rusa, o que sólo existía en su forma actual por una decisión de la Unión Soviética. Además, en el momento de la invasión a Georgia, el entonces presidente polaco Lech Kaczyński avisó que la próxima era Ucrania. Pero nadie prestó atención a estas señales de alarma tempranas.

A pesar de ello, Georgia y Ucrania siguen haciendo importantes avances hacia el cumplimiento de los requisitos para el ingreso a la OTAN, bajo el supuesto de que algún día se unirán efectivamente a la alianza. La perspectiva de una relación más estrecha con la OTAN sirvió de aliciente a cruciales reformas democráticas y militares, y ambos países ahora contribuyen habitualmente a las misiones de la OTAN, incluso más que muchos estados miembros. Pero Georgia y Ucrania todavía necesitan más reformas para reunir los requisitos de una pertenencia plena a la OTAN.

Ucrania está en campaña para la segunda ronda de su elección presidencial, y Georgia va camino de celebrar una elección parlamentaria el año entrante. En ambos casos, lo que decidan estos países determinará su destino en los años venideros.

En vista de lo que hay en juego, los estados miembros de la OTAN deben hacer algo más que elogiar la voluntad democrática de los pueblos georgiano y ucraniano, y reconocer la influencia disruptiva de la paranoia del Kremlin en el proceso de ingreso a la alianza. Debemos seguir extendiendo una mano de paz a la Rusia de Putin, siempre que cambie su conducta. Pero no debemos condenar a los países aspirantes a un estado de indefinición permanente sólo para apaciguar a un adversario estratégico. El objetivo del Kremlin es frenar a estos países hasta que empiecen a perder el ímpetu reformista; permitirlo sería incumplir nuestro deber.

En el 70.º aniversario de su fundación, es hora de que la OTAN ponga plazos claros para una mayor integración. Una primera medida podría ser ofrecer a Ucrania un “programa de oportunidades mejoradas”, como el que ya tienen Suecia, Finlandia e incluso Georgia. Esto daría a la relación de Ucrania con la alianza un carácter formal, y sería un paso intermedio hacia un MAP y el pleno ingreso.

Al mismo tiempo, los miembros de la OTAN deben aumentar la presión sobre Rusia (sanciones) para que ponga fin al conflicto en la región de Donbas, según detalla el Protocolo de Minsk (2014), y se retire de Abjasia y Osetia del Sur. La Alianza debe dejar claro que las capturas territoriales de Rusia ya no se considerarán impedimento para ofrecer a estados aspirantes una vía al ingreso formal.

En esto, la OTAN puede seguir el modelo del ingreso de Chipre a la UE. Este país es un miembro pleno de la UE y de la eurozona, pero la aplicación de la legislación europea está suspendida en las partes de la isla no controladas por el gobierno chipriota. Del mismo modo, la OTAN podría proveer garantías de seguridad para todo el territorio que todavía controlan los gobiernos georgiano y ucraniano.

¿Por qué es esto importante? Durante una reciente visita a la “línea de contacto” en Donbas (la línea de frente en Ucrania entre las fuerzas ucranianas y las milicias con apoyo ruso) los soldados ucranianos me dijeron que estaban orgullosos de luchar por la libertad y la democracia, no sólo para su país, sino para toda Europa. Para seguir cumpliendo su misión política ahora que ingresa a su octava década, la OTAN debe honrar el sacrificio de estos soldados dando a su país una ruta clara hacia la membresía.

Ampliar la OTAN con la inclusión de Ucrania y, en algún momento, Georgia no fue jamás una decisión fácil. Pero es una decisión que debe depender de los estados miembros actuales y de los aspirantes, no de Rusia. Mientras más permitamos a Putin sacar rédito de sus interferencias, más intentará debilitar la soberanía de los estados democráticos.

Anders Fogh Rasmussen, a former NATO secretary general and former Prime Minister of Denmark, is a foreign policy adviser to Ukrainian President Petro Poroshenko and Chairman of Rasmussen Global, a consultancy. Traducción: Esteban Flamini.

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