El decenio de las sombras

Es la aniquilación de Osama Bin Laden un hito histórico que, con el gran angular de la historia, podría señalar el fin definitivo de la primera década del nuevo milenio? Este acontecimiento, que puede marcar un antes y un después, sería el idóneo para cerrar un círculo que se inició en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Es muy pronto para sacar tal conclusión, pero no para hacer un repaso de un decenio cuya historia produce un gran abatimiento.

La guerra antiterrorista, iniciada a partir del 11-S, y la crisis financiera y económica que se desató a finales de 2007 con la explosión de las hipotecas basura son los dos acontecimientos emblemáticos que han condicionado este decenio negro. Durante el primer lustro se ha impuesto la lucha contra el terrorismo y durante el segundo, el rescate de la banca y el saneamiento de las finanzas públicas. En ambos casos las recetas han supuesto retrocesos de gran calibre para la ciudadanía: recorte de libertades a favor de la seguridad y recortes sociales a favor de la estructura financiera. Pero el daño infligido por ambas crisis a las democracias de los países más desarrollados es de un alcance mayor y más perverso.

La guerra contra el terrorismo frente a un correoso y desarticulado enemigo que multiplica la devastación de sus acciones con ataques suicidas produjo un desarme moral de la primera potencia mundial, otrora estandarte de la democracia y los derechos cívicos. Y ello contagió al resto del mundo.

En ese nuevo escenario y también en Estados Unidos germinó la crisis financiera y económica, que se ha saldado con el mayor retroceso político de nuestras democracias, ahora arrodilladas ante un poder difuso, en modo alguno democrático, que acalla cualquier conato de disidencia. El poder ha quedado en manos de patronales, organismos financieros, agencias de calificación y banqueros cuyos valores distan de los que alimentaron a las grandes democracias del siglo XX.

En nombre del contraterrorismo y de la sospecha infundada de que Sadam Husein poseía “armas de destrucción masiva” se invadió un país, arrastrando en la locura a Reino Unido, una de las democracias más veteranas del mundo, se construyeron cárceles secretas, se creó Guantánamo y se torturó en Abu Ghraib. Rusia utilizó la misma coartada del antiterrorismo para sofocar a sangre y fuego los movimientos separatistas, y China, para perseguir a las minorías étnicas. “Es preocupante el énfasis con el que ahora se coloca la etiqueta de terrorismo a cualquier tipo de oposición”, dijo en febrero de 2003 Sergio Vieira de Mello, alto comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, seis meses antes de que una bomba acabara con su vida en Irak. El terrorismo islamista, más armado ideológicamente que nunca, redoblaba mientras tanto su cruel estrategia en Irak (antes libre de este tipo de atentados), pero también en Madrid, en Londres, en Moscú, en Bali…

Ante la nueva amenaza terrorista, la Administración de George W. Bush desató guerras y no dudó en vulnerar sus propias normas y los convenios internacionales. Tras el 11-S multitud de países acometieron cambios legales que supusieron, entre otros, recortes de las garantías procesales de los detenidos y restricciones a la inmigración y el derecho de asilo. La violencia liderada por Washington generó más violencia y en todo el mundo cundió la islamofobia. Los derechos humanos, como muchos había alertado, fueron una víctima más del terrorismo.

Por aquel entonces, la mayoría de nosotros no sabía que bajo el ruido de las bombas se estaba gestando la crisis financiera que marcaría el segundo tramo de este oscuro decenio. “Cuando se produce la masacre del 11-S el mundo ya estaba en recesión”, decía Joaquín Estefanía en septiembre de 2003 en un artículo en EL PAÍS titulado Las torres gemelas del capitalismo. El escándalo Enron estalló en 2001. Esta colosal firma energética había maquillado sus cuentas, con la inestimable ayuda de Arthur Andersen, para engañar a ciudadanos, inversores y trabajadores y alimentar la avaricia de sus gestores.

Lo que no sabíamos tampoco entonces es que tales prácticas no eran una estrategia excepcional; que otras grandes corporaciones la usaron para mantener los bonus y los estratosféricos salarios de sus directivos y que la banca, gracias a la desregulación promovida por la Administración de Bush, había ideado paquetes financieros de alto riesgo que les estallarían entre las manos. En un primer estadio pareció que esa crisis limitaría sus efectos devastadores a las grandes fortunas. Pronto se comprobó que las víctimas eran las clases medias y populares.

De esta crisis, el capitalismo, lejos de refundarse, ha salido extremadamente fortalecido. Los llamamientos de los gobernantes hacia una mayor regulación y el fin de los paraísos fiscales quedaron aparcados. En su lugar, el poder de los mercados ha impuesto su ley y ha convertido a los políticos en gestores de sus designios. El nuevo tótem es el rescate (con dinero de todos) de las entidades que pusieron en riesgo el sistema, la competitividad de las empresas (solo posible con contención salarial; lo que no incluye a directivos y accionistas), la fusión de entidades (con sus consecuentes reducciones de plantillas) y el equilibrio de las finanzas públicas (imposible, marcan las nuevas normas, sin reducir gastos sociales y recortar derechos para el futuro).

Al desarme moral que sirvió en bandeja la lucha contra el terror se ha sumado un desarme ideológico. Solo así se entiende que merezca el aplauso europeo un país que está logrando frenar el déficit público y los ataques especulativos a costa de recortar derechos sociales y laborales, aunque tales políticas no hayan sido capaces de evitar convertirlo en el campeón europeo del desempleo. Hoy, la confianza de los inversores es un valor supremo y el paro, un indicador preocupante porque desequilibra las finanzas públicas y repercute en el consumo.

El valor de las opiniones públicas y, por consiguiente, de sus representantes políticos está en declive. Una reunión de empresarios con el presidente del Gobierno se parece demasiado a un Consejo de Administración. Solo Islandia ha tenido el coraje de exigir responsabilidades a los banqueros, si bien tendrá que afrontar con dinero público las deudas contraídas por sus bancos con los inversores británicos y holandeses. Portugal tendrá que adoptar las políticas de austeridad que rechazó su Parlamento gane quien gane las elecciones si quiere acogerse a la ayuda europea. Es la tiranía del pensamiento único. Por primera vez en mucho tiempo, las jóvenes generaciones del mundo avanzado perciben que nunca dispondrán de las bondades de que disfrutaron sus mayores, pero ni siquiera tienen alternativas a las que agarrarse ni culpables contra los cuales indignarse como les propone el nonagenario Stèphane Hessel.

Este cuadro se ha completado durante esta década con un preocupante cambio de liderazgo a nivel mundial. En el año 2000, China era la séptima economía mundial, después de Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Este año se ha colocado ya en el segundo puesto. China se ha adaptado a la economía de mercado sin renunciar a su dictadura de corte comunista. Entre las grandes potencias democráticas se ha colado un gigante que poco puede hacer por recuperar la autoridad moral perdida a favor de los derechos humanos y los principios democráticos.

En este tenebroso contexto con el que hemos iniciado el milenio, solo las rebeliones árabes que reclaman libertad y democracia, además de la estabilización de las democracias latinoamericanas, ofrecen una tenue luz de esperanza. Pues tampoco aquel cambio de ciclo que marcó la salida de Bush de la Casa Blanca y la victoria de Barack Obama ha supuesto todavía el revulsivo esperado. La muerte de Bin Laden, que bien puede inscribirse en la lógica antiterrorista iniciada por Bush, puede ser, efectivamente, el fin de ese negro decenio, pero lo cierto es que a día de hoy hay más elementos para sospechar que solo nos espera más de lo mismo.

Por Gabriela Cañas.

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