El decenio portentoso

Exactamente dentro de tres semanas, el 11 de septiembre, el mundo conmemorará los diez años del ataque terrorista al World Trade Center y el Pentágono. Algunos verán en la inmensa tragedia la expresión maniquea de la eterna lucha de las fuerzas del mal contra los inocentes, potenciada ahora por una panoplia tecnológica incontrolablemente mortífera. Si solo un dios podía derribar la Torre de Babel, cualquier satánico iluminado puede hoy pulverizar las Torres Gemelas o cualquier otro símbolo sacro de nuestro mundo.

El cataclismo abrió un decenio que empezó con aquella conflagración provocada por suicidas asesinos, poseídos por sus certidumbres religiosas. Las más temibles. Hicieron colisionar los frutos más emblemáticos de la civilización contemporánea: el avión y el rascacielos. El decenio está acabando con una revuelta de anhelos democráticos y sueños de civilidad en las tierras del islam, aunque en un par de lugares -Libia y Siria- agonicen aún ignominiosamente dos de las últimas tiranías. Al mismo tiempo, frente a los rebeldes con causa de aquellos países muere la década en la Inglaterra estival con las explosiones de los que ni son rebeldes ni tienen causa alguna. Mientras los árabes -desde Túnez a la plaza cairota de Tahrir y las calles de Damasco- piden libertad, respeto y algo de justicia social, los mozalbetes ingleses, desorientados y confusos, solo querían apoderarse, tras los cristales que rompían, de un teléfono móvil o un par de bambas.

Dos extremos, pues. De un lado, la revuelta preñada de sentido, infinitamente lejana de la furia talibanesca de los terroristas. De otro, la explosión de ira inútil de la juventud de uno de los países más avanzados del mundo. En medio de estos extremos, al final de esa misma década, se yerguen señales esperanzadoras de que, mediante una combinación inteligente de indignación moral y de proyecto realizable, estamos en condiciones de estrenar una manera más sensata de hacer las cosas. Movimientos tales como los promovidos durante estos mismos años por las iniciativas de Porto Alegre y las que les siguieron enviaron ese mensaje. Naturalmente, la idea de un mundo alternativo a la barbarie del capitalismo financiero quedaba abierta a una pregunta: si otro mundo es posible, decidnos pronto cuál y cómo es. Una pregunta que debe extenderse a los indignados que han manifestado su desasosiego en varias plazas españolas. Y ahora, hasta en Israel. También ellos deberían ayudarnos a responderla.

En diez años es como si hubiera transcurrido un siglo. Aunque algunas cosas no han sufrido mudanza o han empeorado. Véanse, por ejemplo, las réplicas de las elegantes torres de Manhattan; esos altísimos edificios, monumentos a la zafiedad, que han encargado los nuevos ricos del golfo Pérsico o de Singapur. Nuestra incapacidad para habérnoslas con las grandes hambrunas sigue campando por sus respetos, a pesar de tantos planes -bendecidos por la ONU- que podrían poner remedio a estas calamidades o, como dice la frase hecha, tragedias humanitarias. También podríamos ser más eficaces frente al alud de desesperados que cruzan el mar (demasiados mueren) cada día para venir a una irritada Europa. El continente que más ha emigrado e inundado el mundo con sus gentes, Europa, no sabe qué hacer cuando ella misma es el destino de esos viajes existenciales, sin retorno.

Mientras culmina la portentosa década iniciada con el humo, el hollín, el súbito fuego y los muertos de Nueva York, la red mundial de intereses y hábitos viciosos que condujo a aquella conflagración no cesa. Crece. La India, China y Brasil entrelazan su actividad económica con la de Estados Unidos y Europa. Colaboran con nosotros para consolidar este orden y no otro. Cada día que pasa se hace más patente la inutilidad de las aspiraciones demenciales de los terroristas de ayer y sus discípulos de hoy, siempre con el seso comido por la superstición. Pero se hace asimismo patente la tozudez de quienes confían en una vía que ha demostrado, en la crisis financiera y económica en que estamos sumidos, ser equivocada y maligna.

Dos meses antes del ataque a las Torres Gemelas, estando en Nueva York, se me antojó subir en el ascensor hasta la azotea de una de ellas. El conserje me advirtió de que a aquella hora de la tarde aún podía atrapar el último. Dispondría solo de un cuarto de hora arriba, pues bajaba también el último del día. Subí y tuve la suerte de ver cómo se ponía un sol rojizo por el oeste mientras se iban iluminando todos los ras­cacielos, uno tras otro. Vi al final cómo lucía incandescente toda la isla de Manhattan en el ocaso. Embargado por lo visto, pensé: nunca volverás a tener tan buena fortuna. No, nunca volveremos a contemplar aquello, ni tampoco el mundo que la década que expira ha dejado atrás.

Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.

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