El defecto Rubalcaba

Alfredo Pérez Rubalcaba tiene una bien ganada fama de «inteligente» dentro de la política española de los últimos veinte años. Es leyenda que Felipe González, en los buenos y viejos tiempos de los triunfos inapelables del PSOE, confiaba en Rubalcaba para que «saliera de los embrollos en los que él mismo (Rubalcaba) se metía», y solía meter al gobierno de González con los medios informativos. Siempre en un segundo plano, detrás de los jefes y los líderes, pero dejándose ver con ellos (y en el primer plano), ha manejado con destreza —dentro de la torpeza general que parece ser una característica de nuestros políticos— los hilos ocultos de la intriga, la componenda, el «consenso» y, por supuesto, la división, la pelea con el adversario y el pariente ideológico. No sé yo si finalmente es de los socialistas que todavía siguen creyéndose que la izquierda, y sobre todo la que ellos representan dentro y fuera del PSOE, tiene una superioridad moral histórica sobre la derecha y todos los demás, enemigos ideológicos que los consagra —a los socialistas del PSOE— como los elegidos de los dioses para reinar sobre el paraíso del Estado del Bienestar, que ellos ayudaron en gran medida a instalar en España.

Se atribuye a Rubalcaba una supuesta o real —yo no lo sé, esa es la realidad, pero me inclino a pensar que es verdad— maniobra «móvil» que pudo ayudar a reorganizar el voto socialista en las elecciones inmediatas al atentado de los trenes de Atocha, en la aciaga primavera de 2004. «España», ese fue su lema entonces (insostenible, hoy, como sabemos) «se merece un gobierno que no le mienta». De modo que, si esto es así, el activismo oculto —aunque paradójicamente ante la vista de todo el mundo— de Rubalcaba en aquellas jornadas, el candidato socialista de las próximas elecciones generales fue uno de los grandes responsables políticos de que Zapatero llegara a ser presidente del Gobierno de España. Como portavoz de los socialistas en el Congreso no pasa de ser un parlamentario combativo, con tics y costumbres (y discursos) siempre iguales o muy parecidos (el estilo Rubalcaba, dicen los que lo quieren mucho), que lo único que consigue con precisión es desviar los golpes dirigidos al presidente del gobierno y lanzarlos al firmamento sin que dañe ni al Gobierno ni al partido que lo sustenta… Pero, ¿es esa una característica de la inteligencia en política o es la mezquina condición del zorro que, en cuanto se da su adversario la vuelta, va y le clava la daga en la espalda como si fuera el aguijón de un alacrán?
Cuando el candidato salta al ruedo, evita las primarias (tan cacareadas en el seno del propio PSOE) como mal mayor y se desembaraza de Carme Chacón como hipótesis de enfrentamiento, se habla (se inventan algunos) del llamado «efecto» Rubalcaba. Como casi todo en Rubalcaba, el «efecto» es puro humo: es una fogalera momentánea que no llega en ningún modo a ser una explosión que llame la atención del electorado y lo disponga a replantearse el voto de castigo que ya tenía preparado, y en silencio, desde hace muchos meses, tal vez años. Hasta mayo del año pasado, el tenue Zapatero era visto por sus feligreses como un dios liberador que se merecía el Premio Nobel de la Paz. Un científico relevante, elevado por Zapatero a ministro, Bernat Soria, lo declaró en público: «Zapatero es merecedor del Premio Nobel de la Paz». Más aceite da un ladrillo. El ataque de euforia incontenible del científico elevado a ministro por la gracia del dios tenue presidencial parió un ratón: la realidad es cruel como la vida misma. Y Zapatero cayó de lo alto del caballo como Saulo en Damasco, sometido a los vaivenes que su adanismo cotidiano y su optimismo antropológico no habían ni siquiera podido imaginar. De entre todas esas ruinas, como un método de esperanza ilusoria, crece y se lanza al estrellato el llamado «efecto» Rubalcaba.

Hasta el instante en que queda proclamado públicamente único candidato a la presidencia del Gobierno español en las próximas generales por su partido, el PSOE, Rubalcaba se había empeñado en mantener un perfil medio, un perfil que lo mantuviera a ser posible entre las sombras, el silencio y la líneas ocultas, donde es un genio malabarista que adopta siempre el rostro de la inocencia (y el yo no fui). Un perfil, llamémoslo por su nombre, que lo mantuviera de perfil, siempre de lado, y de este modo librarse de la quema que caía sobre el Gobierno y sobre el PSOE. Porque, como dice el verso de Valente, también aquí sobre las ruinas de aquel dios tenia que fue Zapatero brilla la «inteligencia» superviviente de todos los profanadores. Así, Rubalcaba desdice en cuanto puede y quiere al Gobierno de Zapatero, que lo desdice a él inmediatamente, para que él desdiga al Gobierno. Y así sucesiva y diariamente en esta precampaña indescifrable, donde nadie enseña sus armas secretas y de hipnotización masiva del voto hasta no sé sabe dónde y cuándo.

Ahora el rey Rubalcaba está desnudo: se ven sus costuras y sus defectos por todos lados. Su discurso delata una pedagogía primaria que da un poco de vergüenza incluso a los suyos. Su cotidianidad es grave como los tropezones de sus palabras, la vuelta atrás hoy mismo de lo que dijo ayer, mañana de lo que dijo hoy. Entre sus votantes, hay muchos que ya han decidido, nada más verlo salir de entre las sombras, que no van a repetirle el voto. Entre sus feligreses más fieles, a los que va dedicada cada una de las torpezas de cada uno de sus discursos (como si todos fuéramos niños recién llegados al colegio de primera enseñanza), hay una especie de desconfianza ante la repetición de viejos estereotipos que no ofrenden ninguna garantía de esperanza. ¿Es Rubalcaba inteligente, lo era, lo fue, lo sigue siendo, qué entienden por inteligente los que dicen que Rubalcaba es inteligente? Y, sobre todo, en comparación con quién es Rubalcaba inteligente. ¿En comparación con Rajoy, por ejemplo? ¿Es inteligente decir, como dicen sus acólitos periodísticos, que Rajoy está mucho menos valorado por los votantes que Rubalcaba, al referirse a encuestas a las que luego restan toda credibilidad porque dan al PP de Rajoy quince puntos de ventaja? ¿Se cree Rubalcaba esa distancia o, como es inteligente, ya sabe que lo que le espera es recoger los restos del naufragio en el que los ha metido el dios tenia presidencial, sumido hoy en una depresión nerviosa cada vez que se mira al espejo?

«Yo soy así, como soy», ha contestado Rubalcaba ante las peticiones de sus supuestos asesores de imagen y campaña, con el objetivo de que se colocara una funda en la dentadura para hacer más estética su sonrisa de animal inteligente. Ese, tengo para mí, es otro de los defectos de Rubalcaba: que es así, tal como es, y no más que lo que viene demostrando una vez que salió de la oscuridad y la luz. Como a los vampiros, la luz le dio de frente en su propia frente. Al fondo del cuadro, paciente, sonriendo y cociéndose ansiedades contenidas, espera José Bono los restos del naufragio, ocho años más tarde de su verdadero turno.

Por J. J. Aarmas Marcelo, escritor y director del foro literario “Vargas LLosa”.

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